
Una alegoría sobre la alegría vital
El hacedor de mundos / Dirección: Mariana Sánchez y Mariángeles Gagliano / Música: Nicolás Diab / Vestuario: Carolina Espíndola / Escenografía: Pablo Cordero Jaure / Intérpretes: Diego Gómez y Antonella Muruaga / Sala: Club de trapecistas Estrella del Centenario, Ferrari 252 / Funciones: domingos a las 19 / Nuestra opinión: muy buena

Ella descansa en las alturas. Abajo, él se despereza sin despegarse del suelo. Un duende y una elfa, cada uno en su mundo. Ella teme tocar el piso. Él, levantar vuelo. Poco a poco van entrecruzando sus universos. De la conjunción de los espacios y los personajes surge una danza etérea en la que ya no hay distinción entre la altura y la pista: se puede caminar por los aires, se puede volar e invertir las nociones de arriba y abajo a ras del suelo. El impulso está dado por la relación que se entabla entre el duende y la elfa, que amplía los horizontes mucho más allá de la suma de uno más uno.
Detrás está, es claro, la estupenda destreza técnica de Diego Gómez y Antonella Muruaga, los protagonistas de El hacedor de mundos, y un concepto de puesta en escena inteligente de Mariana Sánchez y Mariángeles Gagliano. Tampoco aquí se trata de una suma aritmética. El espectáculo, definido como acrobático-circense, se potencia hacia una alegoría sobre la alegría vital. Los pequeños pero valiosos detalles escenográficos, el vestuario y la música aportan lo suyo: colores y sonidos que se fusionan con el movimiento, vericuetos del espacio que ofrecen escondrijos para asomar nuevas formas de los cuerpos.
Las caídas a lo largo de los pliegues de la tela colgante y girando enlazada en las cintas aéreas adquieren en la destreza desplegada por Muruaga un ritmo sincopado sorprendente. El soporte que le presta sobre el trapecio el empeine del pie u otro ángulo corpóreo inesperado de su partenaire desafía toda noción lógica de la mecánica del movimiento. El cuerpo se vuelve ligero, pluma en el aire, pero con trayectoria precisa. Encuentra en la fuerza de Gómez, que sostiene, impulsa y ataja sin denotar esfuerzo, un complemento que termina fusionando a ambos en figuras de gran belleza. Se unen y separan en desplazamientos sorprendentes, que llegan a poner el corazón en vilo, pero devuelven pronto la sonrisa.
Hay algunas dificultades en el pasaje a la palabra desde el lenguaje gutural que por momentos expresa a los seres feéricos. Los breves textos irrumpen como un corte demasiado abrupto, no sólo con respecto a esos parloteos ininteligibles de criaturas fantásticas, sino también en relación con la poética del movimiento acrobático. Antonella Muruaga logra, en algunos pasajes de sus parlamentos, reencauzar las palabras hacia la dinámica lúdica que es impronta de toda la obra. No ocurre lo mismo con Diego Gómez. Le pesa también que esos textos no alcanzan el vuelo de los cuerpos en movimiento, no aportan magia, sino apenas un eco de redundancia sobre la lectura que se hace del relato acrobático. De todos modos es un aspecto menor, que apenas hace una grieta en la perfección del juego que lleva desde la existencia en dos esferas escindidas hacia un bello pas de deux aéreo.
El Club de Trapecistas vuelve a reafirmarse de este modo como uno de esos espacios un tanto escondidos de la ciudad en los que se viven momentos de intensa felicidad como espectador. El galpón de altura en Caballito, con sus platea vintage de sofás, sillones y almohadones, es el ámbito en el que convergen las miradas de un público de edades de lo más diversas, con foco sobre la acrobacia no como técnica deslumbrante, sino como escritura poética en el aire.




