
Una luz en los pasillos del teatro
Muchos acomodadores se sienten parte de la función y algunos hasta llegan a cumplir el sueño de la actuación propia
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En la Argentina, los acomodados sobran. Según rumores generalizados, muchos legisladores tienen los suyos, lo mismo que los sindicalistas y -¿por qué no?- los empresarios.
Claro está que para que existan los acomodados deben existir los acomodadores. O sea, aquellas personas que moviendo los hilos del poder facilitan la vida de sus amigos o familiares. Pero a no desesperar, que no siempre es así. La Argentina también es un país generoso y hay acomodadores de buena fama y costumbres. Entre ellos están esos señores o señoritas uniformados que nos ubican en las butacas de los teatros y que, como los mozos de oficio, llevan años dejándonos quietitos y en silencio hasta que se levante el telón.
" Debuté a los 18 años con Luis Sandrini en «Así es la vida»", dice, por ejemplo, Baldomero Gómez. A 34 veranos de aquel estreno, posee un raro privilegio: siempre estuvo entre los pasillos del teatro Astral. Así es la vida de este señor tímido que piensa que su oficio no guarda ninguna historia oculta digna de ser escrita en papel de diario.
Osvaldo Pantanali entró al Teatro San Martín en 1982 y, actualmente, es uno de los 41 empleados del Complejo Teatral de Buenos Aires, que conforman el equipo de acomodadores y gente de sala más numeroso del teatro argentino. ¿Una especie de seleccionado nacional con Batistuta a la cabeza? Vaya a saber uno.
Eduardo García, alias Chichín, sí sabe del tema: por las noches es uno de los acomodadores del Teatro Alvear y, el resto del día laboral, se la pasa en el club de sus amores, San Telmo. Allí se encarga del contacto con la AFA, vende entradas antes de los partidos, hace relaciones públicas y -por si fuera poco- en 1997 dirigió al equipo de fútbol femenino (que, dicho sea de paso, debutó frente a las chicas de Boca con un marcador aplastante: perdieron 11 a 0). O sea, Chichín se mueve entre los pasillos del mundo del espectáculo y los pasillos que dan al campo de juego. "Esa es mi vida...", dice sonriendo.
Entre esta pequeña muestra, el plantel de los acomodadores del teatro Maipo parece ser el más creativo y zafado. Desde hace casi ocho años, cuando "la catedral" quedó en manos de Lino Patalano, el encargado de sala es Horacio Cortés, un morochón alto y flaco cuya experiencia previa fue haber sido gerente de un local del desaparecido Pumper. Pero todo indica que apenas pisó el teatro se olvidó rápidamente de las hamburguesas. Tanto que, junto al resto de sus compañeros, conformaron Maipo Subterráneo.
Este grupo, luego de la función de despedida de un espectáculo, realiza su correspondiente parodia en el escenario con el vestuario y la escenografía originales. Y como desparpajo parece no faltarles, se animaron con textos clásicos, con las plumas de las vedettes, con la velocidad de los monólogos de Enrique Pinti y hasta parodiaron las piruetas que Julio Bocca hacía arriba de una escalera. Con el paso del tiempo esas funciones se transformaron en todo un rito que ninguno de la familia del Maipo se pierde.
¡Al escenario!
Así se toman revancha del perfil bajo y sacan a relucir todo su delirio creativo. Entre anécdotas, Horacio Cortés cuenta que una vez uno de ellos reemplazó a un fortachón que secundaba a una diosa pulposa y, en otra oportunidad, una de las acomodadoras salió a reemplazar a María José Gabin en "Viva la revista".
¿Cómo fue eso? Lo cuenta la misma María Boggiano, que, si bien hace años ya no trabaja en el Maipo, todavía se ríe de aquel accidentando debut.
"Una tarde llego al Maipo y me dicen que María José no iba a hacer la función porque estaba enferma. Como yo había trabajado en el grupo Caviar, me propusieron subir al escenario. Cuando lo escuché, me quedé paralizada. De todas formas me mandé y aparecí en el escenario haciendo el número de los gordos que protagonizaba la Gabin. Con el tiempo me di cuenta de que haber llegado al Maipo de esa forma tiene algo de novelesco. Era grosso estar ahí."
Parece ser que entre ese mundo de butacas alumbradas con linternas y el escenario hay atajos interesantes. La historia del hombre del club San Telmo tiene lo suyo: "Tuve uno de los primeros cafés concert de Buenos Aires, que se llamaba La Rueda Cuadrada. Ahí actuó gente como Moris, y otros que vos no debés conocer, porque sos muy pibe. Pero una tarde me pusieron una bomba y me tuve que ir. Me acuerdo de memoria: eso fue el 13 de junio de 1976. No me dejaron nada".
Pero la cosa no quedó ahí. De regreso en Buenos Aires, pasó por la Comisión de Cultura del Club Atlético Boca Juniors ("Llevé a Lolita Torres y a Ramona Galarza para que trabajaran gratis, antes de que llegara Macri"), fue el primer empresario de Mabel Manzotti, ("Preguntale, vas a ver") y, en 1998, hasta llevó a la troupe de Titanes en el Ring a Bahía Blanca. "Ojo, que eran los auténticos, ¿eh?", aclara, con orgullo.
Entre tantos vericuetos, ingresó en el Teatro Alvear como encargado de los camarines, "pero al tiempo le pedí a Daniel Ríos, un tipazo, director de la sala, que me pasara como acomodador, porque había más guita ".
Benditas propinas
Había, es cierto. Los acomodadores tienen un salario fijo. Pero, como los mozos, dependen de la propina que cada noche juntan, cuentan y dividen en partes iguales entre todo el personal de sala.
"Por determinadas circunstancias se cuenta el dinero sobre una mesa de mármol, y el que hace el recuento lo hace acompañado -por lo menos- por otra persona", aclara Osvaldo Pantanali, del San Martín, evitando suspicacias de cualquier tipo.
Pero volvamos a lo dicho: había dinero. Había. Por ejemplo, en el Maipo cada uno de los acomodadores se llevaba hasta unos cien pesos por noche. Actualmente, con un Enrique Pinti que revienta las boleterías, llegan apenas a los 30 pesos. Y como al Maipo asiste mucha gente del interior, les llueven Lecop, patacones... En el San Martín, una noche de sábado furioso con las cuatro salas funcionando, se cosechan unos 150 pesos, que deberán dividirse entre varios. "La propina es hoy el cinco por ciento de lo que recibíamos antes", sostiene Chichín.
Según apuntan, las noches con invitados son noches de bolsillos flacos. Contra todo lo previsto, "las mejores recaudaciones son cuando hacemos funciones para los jubilados", dice Horacio Cortés, el ex chico Pumper devenido actor.
Baldomero Gómez, del Astral, acota: "Cuando tenemos espectáculos de tango es cuando juntamos más dinero. En esos casos el público no se hace el burro ".
¿Costumbres culturales o generacionales, más que una realidad económica de bolsillos acorralados? "De todos modos, yo siempre les digo a los chicos jóvenes que hay que ser agradecidos. Que, sin mirar lo que te dan, hay que decir "muchas gracias". De cualquier manera, el público argentino es de lo mejor. Imagínese, todavía nos siguen dando moneditas. ¡Cómo sería si estuviéramos bien...!", agrega Gómez, con sus 34 años de experiencia junto a la familia Gallo, los dueños del teatro Astral.
-Usted dice que hay que aceptar la propina sin siquiera mirarla. De todos modos, con la cancha que tienen, con apenas tocarla ya deben de saber el valor.
-¿Cómo? La digitamos como los ciegos...
Más allá del vil metal, para los que llevan años en esto lo que parece estar en juego es el oficio del acomodador.
"Se está perdiendo la esencia -dice Eduardo "Chichín" García-. Ahora, los empresarios llaman a una chica linda, con buenas piernas, y listo. Pero yo no me puedo poner una pollera con las piernas que tengo. Imagínese."
Ni hace falta, Chichín, se entiende.
¿La clave del oficio? "En los 15 años que llevo en el San Martín realicé muchos cursos de atención al público. Pero el punto está en la dedicación, en decirle al espectador lo que necesita, en orientarlo. Ese es el secreto de nuestro trabajo", afirma Osvaldo Pantanali. Claro que hay cada espectador...
"Una vez, con una obra en la que trabajaba Claudia Lapacó cuando era jovencita, un compañero al cual llamábamos Galleguito se equivocó y sentó a una señora en una butaca distinta. Cuando saltó a la luz el error, le pidió que se corriera una butaca, pero la señora no quiso saber nada. Era una sola butaca que tenía que moverse, ¿entendés? Como estaba comenzando la función, el Galleguito se puso nervioso, le rogó que se cambiara de lugar, ¡se arrodilló! Pero ella, nada. Mire, se armó tal bochinche que tuvieron que parar la función. El público, al ver al Galleguito tan desesperado, se puso en contra de la mujer y empezó a gritarle de todo, hasta que la señora se levantó y dejó la sala en medio del griterío. Mire, hay gente a la que dan ganas de matar...", recuerda Baldomero Gómez.
Pero tranquilos, las linternas de los teatros todavía no padecen los síntomas del gatillo fácil. Y ante un afuera hostil, estos señores todavía siguen siendo los guardianes del silencio y la oscuridad. Dos factores fundamentales para que se instale todas las noches el eterno rito de los escenarios.
Favoritos de Norma
Cuando Horacio Cortés habla del grupo de acomodadores Maipo Subterráneo, en el cual hay psicólogos, artistas plásticos, ex trabajadores de circo y lo que se busque, se entusiasma. "Norma Aleandro siempre dice que nos quiere dirigir. Está enloquecida con nosotros", apunta.
¿Se habrá agrandado? Para poner las cosas en su lugar, la misma Aleandro da su veredicto: "Son realmente talentosos, inteligentes, sensibles y con una facilidad artística enorme. Arman unas parodias maravillosas. Muero de risa viéndolos. Tienen mucha agudeza, saben sintetizar las obras, encontrarles los nudos y -a veces- hasta les agregan un personaje. No es nada común encontrar un grupo de acomodadores como los chicos del Maipo. En general, yo tengo buena relación con la gente de sala, pero con ellos hay amistad. Son geniales". Creer o reventar.
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