
Una luz sobre el tema de la muerte de los mayores

Tengo a mi abuelo en el ropero / Autora: María Inés Falconi / Dirección: Carlos de Urquiza / Intérpretes: Tati Martínez, Federico Vera Barros y Carlos de Urquiza / Escenografía: Carlos Di Pasquo / Sala: Auditorio UPeBe, Campos Salles 2145 / Funciones: sábados, a las 17 / Nuestra opinión: buena
Se sabe: en el ropero se esconden muchas cosas. María Inés Falconi, la autora de la saga Caídos del mapa, ha sacado a escena algunos de los secretos que allí se acumulan. Primero fue un dinosaurio, que representaba los enojos de la primera infancia. Luego, una muñeca, aludiendo a la orientación sexual elegida en la adolescencia. En cada caso, con una obra teatral destinada a un público del rango de edad de las figuras protagónicas. Ahora, con Tengo a mi abuelo en el ropero se cierra una trilogía. Los interlocutores son los chicos de la franja media, en torno a los primeros años de la escuela primaria.
Claro que el abuelo -como el dinosaurio, como la muñeca- no es el tema en sí, sino sólo el portador de una cuestión manejada en la sociedad como tabú, a pesar de presentarse con frecuencia en la vida de los chicos: la muerte de las personas mayores. Un par de primos se encuentra en el altillo con el abuelo escondido? después de muerto. Está en una especie de limbo; en el camino hacia el más allá se aferró a una antena en el techo e hizo una última parada cerca de los suyos, pero sin dejarse ver. Hasta que irrumpen los chicos en el ropero de trastos viejos que le sirve de escondite. No es un fantasma, no es un zombi, según les explica a sus nietos; es simplemente el abuelo, en una circunstancia especial.
Los nietos se asustan, pero no más que ante una sombra nocturna que con la luz se revela árbol, gato o maniquí. La luz que naturaliza el fenómeno es aquí el diálogo entre las dos generaciones, inteligentemente hilvanado por Falconi. Con el motor de la lógica de los chicos, estricta y literal, y de las respuestas despojadas de convenciones del abuelo se pone en escena un diálogo sobre el morir, que responde, dentro de lo posible, a los interrogantes infantiles. Y que se permite dejar abiertas cuestiones sobre las que no hay respuesta concluyente.
La puesta en escena de Carlos de Urquiza dispone con acierto la centralidad de la figura más reposada del abuelo -interpretada por el mismo director-, rodeada por el revoloteo vital de los dos nietos. En esa relación asimétrica aparece innecesariamente subrayado el aniñamiento de las figuras infantiles encarnadas por Tati Martínez y Federico Vera Barros. La constelación corporal y el texto en sí bastaban para marcar el contraste y la simultánea complicidad entre la ancianidad y la infancia. Los diálogos ponen en movimiento una reflexión sobre la despedida de seres queridos, los juegos simbolizan una especie de ritual de permanencia del vínculo que quedará grabado en la memoria. El adiós llega así con un contenido que perdura.
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