
Una mirada sobre los años sesenta
"Rotary." Dramaturgia y dirección: Hernán Morán. Elenco: Adriana Pregliasco, Sebastián Suñé, Valeria Giorcelli, Pablo Micozzi y Juan Palacios. Escenografía y vestuario: Amelio Cardozo Gil. Realización audiovisual: Gabriela Pérez y Marienn Perseo. Música: Fernando Pereyra. Luces: Javier Casielles. Producción ejecutiva: Valeria Casielles. Voz en off: Adriana Vázquez. Asistente de dirección: Andrés Giardello. Asistente de producción: Vanesa Molina. En Abasto Social Club, Humahuaca 3649. Los viernes, a las 23. Duración: 80 minutos.
Nuestra opinión: muy bueno
En 1963, los sucesores de Torcuato Di Tella instalaron en Florida al 900, el Centro de Artes Visuales, el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales y el Centro de Experimentación Audiovisual, lo que todo el mundo conoció como el Instituto Di Tella, núcleo de experimentación de las nuevas técnicas mecánico-electrónicas con las formas tradicionales del teatro, la música, la danza y las artes plásticas. Ese nuevo instituto cultural era un puente entre la vanguardia creativa y la actividad artística más exclusiva con la masividad y lo popular.
Recordar al Di Tella es como rememorar los primeros momentos de libertad de aquellos jóvenes despreocupados que eran zamarreados una y otra vez por unas autoridades intolerantes que poco sabían de arte. Del Di Tella salieron grandes artistas, aunque también allí se hicieron enormes fiascos. Como en todo centro de experimentación. Y Hernán Morán tuvo un tino muy acertado en rememorar aquellas épocas en una obra brillante que reproduce muy bien esos momentos de flower power y de amor revolucionario.
"Rotary" comienza como aquello de lo que habla: de un happening, esa forma de celebración artística tan popular por aquel entonces. Cuando los espectadores ingresan al amable Abasto Social Club (antes se puede tomar un cafecito o comer un sandwich, atendido por sus propios dueños), entran al mundo de estos cinco artistas frustrados que ya, de entrada, ensayan formas y figuras artísticas, entre tragos coloridos.
Morán diseñó su estructura dramática sobre la base de un concepto que impregna la pieza: el arte y toda la subjetividad que puede caracterizarlo, según cada individuo que lo lleva a cabo y cada receptor. Ubicó la acción en los años 60, en la psicodélica casa de Eladio, un artista adinerado que propone crear un grupo opositor al afamado Di Tella. Por lógica, criticones ácidos y despiadados, su único objetivo es oponerse a aquellos "triunfadores" que ellos consideran mediocres y estandarizados.
Así es que dan forma al Eeha (`Es el happening´), un nuevo movimiento integrado sólo por ellos que explora diferentes experimentos artísticos que puedan revolucionar a todo el ambiente.
Es excelente la atmósfera que Morán logró, con el aporte exquisito del vestuario y la escenografía de Amelio Cardozo Gil. La época está reflejada hasta el detalle en la ambientación y también en la composición. Estas cinco criaturas se mueven entre el alcohol, la fascinación por las nuevas tecnologías, la música y, sobre todo, el divague. Cada idea o intento que se le ocurre a cada uno, le resulta brillante y revolucionaria. Sin embargo, a la vista de la masa, resultan inocentadas bien intencionadas y vistosas.
Pero en ese divague surge la frustración del artista, aparece la competencia y ese egocentrismo que los hace ser únicos, pero que a la vez los recluye a su propia burbuja. Todo esto lleva irremediablemente a una confrontación en medio del fracaso, y a una lectura interesante y clara que sacará el espectador.
Elenco exquisito
El libro de Morán es muy bueno (sería brillante con algunos minutos menos) y, sin duda, tuvo el aporte valioso de cada uno de los intérpretes. Los personajes están perfectamente definidos y, lejos de ser arquetipos, son fieles reflejos de personalidades típicas de aquel despertar, que no son para nada ajenas a la actualidad.
No hay un abuso de recursos, pero se utilizan muy bien las buenas ideas; por ejemplo, el material fílmico (especialmente realizado) proyectado en un viejo televisor Dumont. Está muy bien editado y forma parte de buenos momentos de la pieza.
Morán, también director, aprovechó muy bien el espacio escénico y logró una excelente conexión entre los actores. Estos merecen un párrafo aparte porque es un placer absoluto encontrar a un elenco tan parejo y brillante.
Adriana Pregliasco realiza una composición perfecta, con un manejo físico y retórico admirable; Sebastián Suñé personifica a un artista del interior en una línea íntima entre la astucia y la modestia (exquisito); Valeria Giorcelli genera una atención inmediata en cada intervención de su rico personaje; Juan Palacios hace un buen uso de la naturalidad y se convierte en el eje de muchos momentos. Entretanto, Pablo Micozzi, un señor del varieté, hace acá una composición impecable de un artista fracasado y pusilánime. Realiza un proceso muy interesante durante toda la pieza.
Una propuesta inteligente y divertida para finalizar (o comenzar) la noche del sábado.
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