
Una obra inquietante y diferente de aquellas que la precedieron
Surgió dos años antes de que el autor italiano pasara de sus creaciones patrióticas a la célebre "trilogía popular" No se trata de una pieza maestra, pero está lejos de ser desdeñable
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Apenas dos años antes de que Verdi diera el gran salto de las óperas patrióticas a la célebre "trilogía popular" que lo afirma, con "Rigoletto" (1851), "Il trovatore" y "La traviata" (1853), como un creador de personajes psicológicamente fuertes, surge "Luisa Miller", la decimocuarta dentro de su producción. La obra es inquietante, diferente respecto de sus predecesoras. No es una obra maestra, pero está lejos de ser desdeñable, entre otras razones porque es ya el resultado de una maestría forjada a lo largo de trece títulos.
Lo que caracterizó a "Luisa Miller" en su momento, fue su condición de extraña dentro de la paleta verdiana, lo cual no le impidió en absoluto tener un éxito inmediato, no espectacular, pero firme. Un crítico de hoy, Jean-François Labie, dice que el oyente puede sentirse sorprendido al encontrar ahí un sabor poco habitual, como si el cocinero, pese a su genio de siempre, se hubiera equivocado en la proporción de los condimentos utilizados.
Se trataría entonces de buscar las razones de ese "sabor poco habitual", consecuencia, probablemente, de un cambio profundo en los sentimientos de los italianos y del propio Verdi. Pero antes, tal vez corresponda establecer cuál es el resultado de haber vuelto el músico a confrontarse con el genio de Schiller, en cuya fuente bebió para esta ópera, e indagar asimismo en qué medida pudo haber influido el libretista Salvatore Cammarano.
Nada extraño en el hecho de que Verdi haya recurrido a Friedrich von Schiller para cuatro óperas: "Giovanna d´Arco", "I masnadieri" (Los bandidos), "Luisa Miller" y "Don Carlos". Le atraía de él no sólo sus sentimientos revolucionarios de libertad, amasados en la tormenta del "Sturm und Drang", sino también sus ideales sobre la humanidad y el arte. Tras haber vibrado el músico con su aproximación en 1845 a "La doncella de Orleáns", un triunfo de lo divino por encima de la limitada realidad humana, y dos años después a "Die Rauber" (I masnadieri), apasionada condena de Schiller a una sociedad degenerada y cínica, ahora, en 1849, se compromete con la "tragedia burguesa", según denominación del autor, "Kabale und Liebe" (Intriga y amor), para la composición de su "Luisa Miller".
Bajo el aspecto de un drama familiar, Schiller reanudaba en esta pieza la polémica política y social que guió su producción. A través del trágico amor de los jóvenes enamorados, el poeta y dramaturgo alemán acusaba frontalmente al ambiente absolutista de la corte de Stuttgart, donde imperaban, según él, la intriga y la vileza.
A su vez, de la correspondencia entre Verdi y Cammarano surge la evidencia de que el compositor permitió al poeta avanzar más de lo habitual con sus criterios sobre un texto operístico. El resultado fue una adaptación simplificada de Schiller, donde se elimina la intriga política, tan importante en el escritor alemán, sus referencias al fatum, a un destino inexorable, mientras se la despoja de sus vibraciones heroicas en beneficio de un melodrama sentimental. Cammarano imponía de esta manera el estilo del Teatro San Carlo de Nápoles, para el cual debía escribir Verdi esta nueva ópera, en el que prevalecían las reglas de construcción heredadas del XVIII, la elegancia de la expresión y la belleza del canto, antes que la fiereza dramática.
El drama doméstico
Por otra parte, el paso violento por parte de Verdi de una epopeya tan vigorosa como "La battaglia di Legnano" (enero de 1849) a "Luisa Miller" (diciembre del mismo año), respondía seguramente a una razón fundamental: el cambio en los humores del pueblo italiano, desde el momento en que el viento de libertad y el espíritu triunfalista que imperó durante algunas semanas, cuando el estreno de aquélla en Roma, ahora se desplomaba. En marzo de 1849 Austria había derrotado al Piamonte; en julio caía Roma bajo la dominación francesa mientras, en agosto, Venecia, luego del asedio, debía capitular. Para el pueblo italiano, cada vez más desangrado, 1849 significó una línea visible de demarcación, a partir de la cual todo resultó diferente, tanto la vida cívica y doméstica, como las formas y los pensamientos.
Verdi y sus óperas no escaparon al mismo designio. A los treinta y seis años, y después de trece títulos, el músico aceptaba que era preciso dar un giro, apartarse de los temas políticos para interesarse por la psicología de los afectos individuales. Y el nuevo camino estaba señalado, justamente, por esa historia de Schiller que Cammarano traslada al Tirol, en el mundo paisano de comienzos del siglo XVII, alejada de las cortes suntuosas y relucientes.
Pero la elección del nuevo ámbito para su ópera coincidía, además, con un cambio en su vida doméstica. Con las ganancias logradas durante la década de 1840, Verdi había comprado no solamente un fundo, Sant´Agata, en las inmediaciones de Busseto, el pueblo de su adolescencia y juventud, sino el palacio Orlandi, donde se instaló con Giuseppina Strepponi. A la distancia, no es aventurado sospechar que la historia, convertida ahora en tragedia campesina, haya sido la respuesta a un momento en que Verdi, tras largas estadas en Milán y París, resuelve reencontrarse con sus raíces.
El argumento de "Luisa Miller" responde a un planteo reducido por Cammarano a ciertas líneas fundamentales dentro de un libreto operístico: un padre, perteneciente a la nobleza menor, rehúsa aceptar que su hijo se case con una joven plebeya. A su vez el padre de ella, dotado de un estrecho concepto de la virtud, hace lo suyo. Uno y otro son portadores de una fatalidad que lleva a los amantes al suicidio. Una vez más, Verdi desnuda la difícil cohabitación generacional, que conduce a la muerte de los inocentes.
El resultado es una obra de transición, donde se percibe un clima nuevo y un ritmo que parece quebrar la tensión uniforme que Verdi confiere a sus óperas de juventud. Así se prepara para ese arte de los sentimientos profundos, de los escorzos dramáticos, de la media tinta, como vía de aprendizaje y de acceso al drama genial de "La traviata". Y lo hace a través de una serie de recursos que hacen visible el cambio, como el final del primer acto donde la continuidad melódica está asegurada por la orquesta, mientras las voces expresan libremente en parlante el motivo principal. Poco antes, Verdi hace escuchar un recitativo tratado con gran movilidad y constantes cambios de tiempo en el espacio de unos pocos compases, recursos éstos que lo van llevando a desplazar el interés hacia el subrayado del drama a costa de un esquema musical prefijado. Cabe añadir que la obertura es una de las más bellas que haya concebido, basada en un solo tema que no alude a un personaje o una situación de la pieza, sino al clima general sombrío y trágico que impera en la obra.
"Luisa Miller", que tuvo su estreno en Nápoles el 8 de diciembre de 1849, fue representada en el Teatro Argentino de Buenos Aires cuatro años después, el 28 de enero de 1854. A casi un siglo y medio, y en una crisis sin precedente, la convoca a partir de este domingo el Teatro Argentino de La Plata para festejar (el festejo es de todos) la apertura de su temporada 2002.






