
Una puesta sin abulia, resignación ni fatalidad
Aunque hay un buen elenco, este Chejov naufraga
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La gaviota, de Antón Chejov. Dirección, adaptación y escenografía: Rafael Fernández. Con Daniel Mariani, Marcela Bea, Leonardo Azamor, Eduardo Santoro, Graciela Clusó, Martha Rodríguez, Fernando Martín y Wolfram Hecht. Luces: Pablo Sakihara. Diseño y realización de vestuario: Karina Ruth Pezet y Jimena Labraña. En Patio de Actores, Lerma 568, los viernes, a las 21. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: regular
La gaviota es, junto con El jardín de los cerezos y Las tres hermanas , uno de los textos de Chejov representados con más frecuencia en escenarios argentinos. Algo hay en estas historias de nostalgia y fracaso, que apela a nuestra sensibilidad más profunda. Es sabido que la primera representación de La gaviota , en San Petersburgo, en 1896, fue un fiasco que dejó a Chejov deprimido y sin ganas de volver a escribir para el teatro. Dos años después, en cambio, triunfó rotundamente en el Teatro de Arte de Moscú, rescatado por la puesta de Stanislavski y Nemirovich-Danchenko; a tal punto que una gaviota con las alas desplegadas, bordada en el telón, se convirtió en el emblema del elenco.
Dada la abundante frecuentación de este texto, casi no vale la pena reiterar aquí su trama. Tan sólo digamos que es una melancólica historia de amores desencontrados: el joven Kostia, meritorio aspirante a escritor, ama a Nina, una idealista romántica que se enamora perdidamente de Trigorin, novelista de moda y amante crepuscular de la madre de Kostia, Arkadina, actriz famosa que obliga a su hijo a vivir en el campo y en condiciones precarias, entre otras cosas porque es avara y la presencia del muchacho revelaría su edad, desalentando tal vez a Trigorin, que es su última, desesperada pasión. En una de sus pataletas histéricas, Kostia mata a una gaviota y se la lleva a Nina, como símbolo de la total arbitrariedad del mundo: tan sólo porque alguien andaba por ahí con una escopeta y estaba enojado, la hermosa ave tuvo que morir. El episodio prefigura lo que le ocurrirá a Nina cuando se deje arrastrar por Trigorin a una sórdida aventura amorosa sin mañana (y hasta con un hijo muerto prematuramente). Chejov deja en manos del director la interpretación del futuro de Nina, que se ha dedicado al teatro (¿es buena o mala actriz? ¿triunfará o seguirá errante en elencos de poca monta?); para Kostia no habrá porvenir.
Chejov sostenía que sus obras eran comedias; Stanislavski las abordó como dramas sofocados, intimistas, y dejó establecido ese canon de representación, al parecer para siempre. Bajo su aparente sencillez, son piezas de muy sutil complejidad, difíciles de poner si no se encuentra el tono adecuado. Algunos de los actores en este elenco, salen airosos: Marcela Bea como la enigmática Masha, la que está "de luto por la vida"; Eduardo Santoro en un sobrio, eficaz Sorin, el hermano de Arkadina; la pareja joven, Leonardo Azamor y Graciela Clusó, sobre todo en el emotivo diálogo final. Pero a la puesta, sin duda meritoria, le falta la casi impalpable -pero muy vigente- atmósfera de resignación, abulia y fatalidad que forma el tejido de esas vidas. Tan parecidas a las nuestras.
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