
Urdapilleta y un sólido Lear
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"Rey Lear" , de William Shakespeare, con concepción y adaptación de Jorge Lavelli. Traducción: Patricia Zangaro. Intérpretes: Alejandro Urdapilleta, Roberto Carnaghi, Pompeyo Audivert, Marcelo Subiotto, Gustavo Böhm, Marcela Ferradás, Daniela Catz, Emilia Paino, Santiago Ríos, Facundo Ramírez, Eduardo Calvo, Luis Longhi, Pablo Finamore, Diego Velásquez y elenco. Vestuario: Graciela Galán. Dispositivo escénico e iluminación: Jorge Lavelli y Roberto Traferri. Colaboración artística: Dominique Poulange. Dirección: Jorge Lavelli. Duración: 150 minutos. En el Teatro San Martín. Estreno: 1o de julio.
Nuestra opinión: bueno
Tratar de establecer un eje dramático cuando se habla de "Rey Lear" es entrar en un campo cuyos límites se entrecruzan para dar lugar a otras diversas líneas dramáticas.
Lear, viejo y cansado, decide dividir el reino entre sus tres hijas, para dedicarse a vivir los últimos años de su vida lejos de los problemas gubernamentales, sin sospechar que éstos recién empezarían con esa decisión, que desencadenaría una serie de acontecimientos trágicos.
El primer tema que se desarrolla es el ejercicio del poder que involucra ambiciones inescrupulosas, conspiraciones, codicia, traición, ingratitud, envidia, mentiras. Luego se impone la relación entre padre e hijas, en el caso de Lear, y entre padre e hijo, en el caso de Gloucester. En ambos casos, son relaciones vulnerables ante la apariencia y la mentira que superan los verdaderos sentimientos. Además, está el tema de la lealtad, condición que en esta obra, en la mayoría de los casos, tiene un desenlace trágico. La lista podría continuar en otras derivaciones, pero falta una que tiene una importante presencia: la locura, no sólo como un deterioro de la mente (Lear), sino también como una ficción que es la máscara de la sinceridad (Loco) o una forma de supervivencia (Edgar).
La locura de Lear se puede interpretar como un recurso psicológico que permite al personaje escapar de una realidad que abruma, que somete. No es una consecuencia de la senilidad, sino una forma de encontrar cierto grado de impunidad ante la salvaje irracionalidad que lo rodea. La desgracia en la que cae el rey le permitiría, en su declinación, alcanzar una trágica grandeza, pero al ser él víctima de su propia soberbia, sólo puede aspirar a una patética compasión.
La suma de estos temas es la intención de Shakespeare por reflejar la descomposición y el derrumbe del mundo. Comienza con la división del Estado y termina con el advenimiento de un nuevo monarca, final también planteado en "Hamlet", "Macbeth", "Julio César". Entre el prólogo y el epílogo hay una guerra civil. Claro que en el caso de "Rey Lear", el mundo no vuelve a componerse.
Lo anticipa Gloucester: " este gran mundo se convertirá en ruina y en la nada". Esta predicción se comprueba con la destrucción de todos los lazos. Desaparece el orden social, el reino, la familia. Dejan de existir el rey y los súbditos; padres e hijos; maridos y mujeres. Sólo queda la destrucción.
Entre la puesta y la actuación
La adaptación que realizó Jorge Lavelli le permitió componer una puesta dinámica donde están sugeridos tantos los ambientes interiores como exteriores con una resolución escénica atractiva, al mismo tiempo que dramática. Es acertado el diseño espacial y los recursos escenográficos con dos grandes estructuras movibles que recrean con su ubicación palacios y murallas y que sirven además de limitadores de otros espacios.
Contribuye a la hechura estética el aporte de la iluminación en un juego de contrastes muy elocuentes y la banda de sonido, que recrea manifestaciones de la naturaleza de tal envergadura que la tormenta adquiere el rango de protagonista.
El diseño del vestuario escogió modelos atemporales, algunos anacrónicos, con reminiscencias renacentistas, en tonos muy neutros y prácticamente acromáticos para acentuar esa atmósfera de destrucción que prenuncia la obra.
En la actuación también se nota una marcación predeterminada de fuerte crispación vocal que no siempre tiene una lograda resolución.
Alejandro Urdapilleta, como Lear, demuestra sólidos recursos para transitar esa tan difícil línea que separa la locura de la cordura. La soberbia, en primer lugar, y luego el delirio devienen con total naturalidad y en forma convincente. Su figura se agranda y se empequeñece, lo que demuestra en todos los casos una fuerte presencia escénica.
El resto del elenco, por su parte, está asentado en un tono muy exacerbado de interpretación con un registro de voz constantemente muy exigido (por momentos, muy gritado), y se mantiene en esta tesitura toda la representación, lo que elimina todo tipo de matices en la composición de los caracteres y resta valor dramático al texto. Son excepciones a estas marcaciones Marcelo Subiotto, Luis Longhi y Roberto Carnaghi, que resultan más convincentes y con actuaciones más enriquecidas cuando dejan traslucir la carnadura humana de sus personajes.
Más allá de esto, "Rey Lear" vuelve a demostrar que su vigencia y permanencia está justificada cuando se enfocan las pasiones humanas como los grandes motores de la destrucción.



