
Watteau, una mirada fiel
El Metropolitan Museum de Nueva York presenta, hasta el 29 de noviembre próximo, una selección, proveniente de varios museos del mundo, de pinturas y dibujos de Jean-Antoine Watteau (1648-1721), titulada Watteau, música y teatro . Alguna vez nos referimos en esta columna a la representación pictórica de la actividad teatral y, viceversa, a las raras ocasiones en que la escena procura reproducir un cuadro famoso. Este fue el caso, quizás único, del musical Un domingo en el parque con Georges , donde Stephen Sondheim evocó la célebre pintura puntillista de Georges Seurat, que se exhibe en el Art Institute de Chicago.
Por lo menos hasta fines del siglo XIX, nadie como Watteau logró expresar con más fidelidad y encanto poético la magia del teatro. Eran tiempos de enconada rivalidad entre las compañías italianas, que prácticamente se habían apoderado de los escenarios parisienses, y las francesas. Watteau las representó equitativamente, en varias versiones que tituló Los comediantes italianos y Los comediantes franceses . En uno y otro caso, rara vez los muestra durante la acción teatral, sino más bien cuando el elenco se encamina hacia el teatro, o sale de él terminada la función. En realidad, son variaciones sobre su tema favorito, el de las "fiestas galantes", una expresión acuñada especialmente para sus obras por la Academia Francesa de Pintura, al recibirlo en 1717 con el maravilloso Embarque para Citerea .
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Puede afirmarse que toda la pintura de Watteau es una puesta en escena, una representación teatral. Tanto los cuadros de conjunto -con elegantes grupos de jóvenes que hacen música o se cortejan, por lo general al aire libre, entre vastas arboledas otoñales doradas por el último sol-, como los retratos individuales, sobre todo de ejecutantes de guitarra o de laúd que dedican sus serenatas a las damas que los oyen con indiferencia o con malicia. Su obra maestra es el llamado Gilles (en el Louvre), un Pierrot aldeano, seguramente miembro de un elenco trashumante, vestido con una magnífica túnica de raso blanco por la que resbalan todas las irisaciones de una perla, y de cuyas mangas surgen las grandes manos rojas de campesino, concordantes con su expresión absorta, de actor intimidado ante un público que lo recibe con risas burlonas. Habría que esperar a fines del siglo XIX y comienzos del XX, a Degas, a Toulouse-Lautrec, a Picasso, para que la plástica volviera a reflejar la magia y el patetismo del teatro. Artistas argentinos también lo hicieron, con talento: Thibon de Libian y Alberto Rossi en pintura, Curatella Manes en escultura.
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