
Yo no soy tan bonita
Lo que propone la española Angélica Liddell es por lo menos polémico. De una intensidad pocas veces vista, se sube a escena ella sola porque tiene algo que contar. Y no es poco. Para muchos el modo puede resultar por demás salvaje. Será porque el maltrato hacia la mujer, y sobre todo a las niñas, es una práctica tan brutalmente cotidiana que si no nos golpean con imágenes fuertes corremos el riesgo de no tomar el tema por donde hay que tomarlo.
Ella, como muchas mujeres, ha sufrido un abuso de pequeña que no sólo la lastimó físicamente, sino que dejó en ella la vergüenza, el ultraje. Y eso queda. Esa niña tenía sólo nueve años y sintió vergüenza de contarlo, situación que merece una reflexión. Ella jamás lo dirá, incluso esta vez lo cuenta la pantalla, ella no puede, lo anula, pero aquella noche vomitó.
Liddell parte de esa historia de su niñez para hablar del abuso que se ejerce sobre la mujer desde todos los lugares. Para contarlo, y para que lo sintamos en la piel, grita con desgarro, insulta, se clava vidrios, se corta las piernas, se quema, se expone desnuda a la mirada de todos, pero desde la humillación, desde el rechazo profundo a ser bonita en este mundo si eso implica que nos destruyan.
El mal somos nosotros y ella quiere contarlo, hoy se anima. El relato y el modo son tétricos, pero llega a toda la platea que, congelada, incómoda, escucha. Lo logró.
Dirección, actuación y dramaturgia: Angelica Liddell




