
Adiós al árbitro requetemalo
Fue luchador, pero Karadagian lo impuso como un personaje
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De entrada ponía cara de malo y retaba al que se le acercara. Pero de inmediato, se dibujaba una sonrisa impresionante que hacía descubrir a un gordo bueno como pocos. Era Héctor Oscar Brea, más conocido como William Boo, el árbitro más recordado de Titanes en el ring , que falleció esta madrugada en el sanatorio Dupuytren, donde estaba internado desde hacía varios días.
Componía a un referí sucio, corrupto por excelencia, que siempre tuvo la facilidad de exaltar al público con un simple gesto. Las últimas generaciones ignoran que el gordito Boo fue un eximio luchador en la época de oro del Luna Park. William o Héctor Oscar Brea comenzó a luchar a los 15 años en 1946 en los rings de una iglesia anglicana, que fue cuna del cachascán. Allí combatió durante dos años y, con ese grupo, viajó a Bolivia. Pero vio frustrada su participación en una gira al Perú, ya que su padre no se lo permitió por ser menor de edad. Era un fanático de ese deporte espectáculo, y el director técnico Tobías le puso William porque era alto, rubio y no daba criollo. Y lo apellidó Boo porque cada vez que aparecía algún luchador malo, desde la tribuna él gritaba: "¡Bu!". Al poco tiempo, Boo se acercó a la troupe liderada por Martín Karadagian y empezó a entrenarse para debutar en el decimoquinto campeonato de catch del Luna Park. Ahí participó durante siete temporadas, luchando como el "campeón canadiense William Boo". Pero del estadio de Corrientes y Bouchard se mudó al legendario Babilonia, donde participaba una troupe que competía con la de Karadagian. Posteriormente, estuvo durante tres campeonatos en Chile y vivió un año y medio en Venezuela, donde se convirtió en ídolo indiscutido.
Pero su pasión por el catch no era compartida por sus seres queridos. Su esposa nunca iba a verlo luchar y su padre detestaba ese deporte espectáculo. "Papá tenía un negocio de máquinas de coser y era dueño de algunos caballos de carrera. En esa época era costumbre que el hijo heredara el oficio del padre; entonces, él se sentía decepcionado porque no me gustaba nada de aquello. El catch para mí es un vicio. Cuando estoy arriba del ring, me olvido de todo, incluso de los dolores. La lucha es mi droga", señaló Boo en el libro Tomas, tijeras y cortitos (Historia del catch) , que escribió este periodista.
Pero su éxito en la lucha se frustró unos días antes de partir rumbo a España. Una mala maniobra de un colectivero hizo que el corpulento luchador saltara del vehículo para salvar su vida, pero se dislocó tres vértebras. El accidente lo obligó a operarse y a permanecer inactivo muchos años. Fue una pesadilla: debía olvidarse del catch como luchador. Pero la imaginación de Karadagian supo ver en el gigantesco hombre de amenazadores ojos azules a un perfecto árbitro corrupto y amigo de las tretas sucias. "Logré que muchos me dijeran que era el árbitro más famoso", contaba.
Boo manejaba códigos únicos que no sólo hacían disfrutar al público, sino también a los luchadores. Podría decirse que era el eslabón de la lucha que provocaba ciertas reacciones psicofísicas en sus compañeros. "Siempre hice locuras que nunca nadie se atrevió a realizar. Soy actor, es innegable, y lo sé. Pero tengo algo muy importante a mi favor: fui luchador. Por eso conozco lo que el catch y el público necesitan. La lucha es mi vida", decía William siempre.
Y no sólo el público, sino también los luchadores lo adoraban. Quien esto escribe presenció más de una docena de homenajes que le hacían cada año. Y siempre ponía cara de malo para que lo abuchearan. Pero después se emocionaba, lagrimeaba y se abrazaba a su hija. Era un grande.





