Bariló, a todo o nada
Más que un nuevo ciclo, se trata de un remozado El último pasajero
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Bariló, a todo o nada , Ciclo de entretenimientos produciso por Endemol Conducción: Guido Kaczka / Idea: Julián Delorenzo, Martín Kweller y Guido Kacka / Escenografía: Edgardo Bonelli / Musicalización: Jorge Pinto Producción ejecutiva: Juan Barile / Producción general: Julián Delorenzo / Dirección: Gustavo Peduto Realización general: Martín Kweller / Horario: de lunes a viernes, a las 18, por El trece
Nuestra opinión: regular
Desde los tiempos de Orlando Marconi y Silvio Soldán, la obsesión de los estudiantes secundarios es la misma: lograr el soñado viaje de egresados a San Carlos de Bariloche con todos los gastos pagados por la televisión. Hoy, como ayer, exhiben ese sueño ante las cámaras con el mismo fervor de una tribuna futbolera. Pero en otros tiempos, junto a los cánticos y los saltos, los amuletos y las cábalas, los festejos y las desazones, los chicos procuraban demostrar que podían ganarse ese premio con sus propios méritos. Con ese propósito, Feliz domingo logró imponer una identidad a partir de prendas como "Yo sé".
Ahora el viaje se tramita con otros formularios. Los colegios ni siquiera tienen nombre. Apenas una referencia geográfica (Morón, City Bell, Moreno) y un color identificatorio (rojo o azul) para la contienda mano a mano por el viaje. Cada alumno será identificado por el nombre que lleva en su remera, pero difícilmente lo escucharemos hablar. A lo sumo lo hará alguno de sus padres, que aportan al sueño del premio mínima destreza para acercar uno de sus zapatos a un blanco prefijado, constancia para agrupar fajos de billetes en la pila más alta posible y resistencia para soportar el desfile de varios hámsteres mientras permanecen acostados e inmóviles. Si alguno emboca una llave en la rendija de un auto en movimiento, estará bendecido por la fortuna: podrá llevarse ese 0 km como recompensa adicional.
En silencio, los futuros egresados cumplen con su parte. Ya no están allí para demostrar conocimientos o habilidades, sino los múltiples modos del aguante contra el sufrimiento. Se dejan cortar el pelo, se obligan a sostener barras de hielo con el torso desnudo, se animan a ingerir insectos recubiertos de chocolate y se zambullen en un piletón con agua hasta el techo, como si los reality shows estilo Fear Factor se agregasen a las materias obligatorias de la escuela media. No hay otro requisito que ese y cierta memoria visual para retener los surcos de la llave que pondrá en marcha al ómnibus con destino final en Bariloche.
Esta suma de procedimientos no nos habla de un programa enteramente nuevo, sino de la nueva temporada de El último pasajero , cuyos cambios más visibles pasan por el nuevo nombre y la mudanza de canal. Lo demás, en esencia, no varía. Mucho menos la presencia central de Guido Kaczka, a quien le cuesta mucho menos desplazarse en Segway por los pasillos del canal -como si fuera un competidor más- que explicar las reglas más elementales de cada prenda y convencer a la tribuna para que cesen los gritos.
Con visible esfuerzo detrás de las cámaras y muy ponderables rubros técnicos, la producción ajusta detalles sobre la marcha y agrega obstáculos para que no se llegue fácilmente al objetivo máximo. Pero las correcciones no logran plasmar algo esencial para el éxito de este tipo de envíos: que los televidentes sientan empatía por los participantes y se comprometan con ellos en el camino hacia la meta. Por el contrario, todo lo que transmite hasta aquí esta visión degradada de una estudiantina televisiva es rechazo.
8,6
En el envío del viernes, el ciclo quedó segundo detrás de sus competidores en Telefé, GH y Los Simpson
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