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Carlos Villagrán, sobre El Chavo del 8: "Al irse Don Ramón, se acabó el programa"

Carlos Villagrán
Carlos Villagrán Crédito: Soledad Aznarez
De visita en la Argentina, el actor contó cómo eran las grabaciones del mítico programa, reveló la ocasión en la que Pablo Escobar quiso contratarlo para un cumpleaños y cuáles son sus momentos preferidos de la serie creada por Roberto Gómez Bolaños
Alejandro Rapetti
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23 de julio de 2016  • 00:28

El Chavo del 8 comenzó como un sketch de 10 minutos en el Canal 8 de Televisión Independiente de México (de ahí el nombre), y en sus inicios sólo tenía cuatro personajes: La Chilindrina, Don Ramón, Quico y El Chavo. Luego se sumaron el Señor Barriga, el profesor Jirafales, la Bruja del 71, doña Florinda, Popis, Godines y Ñoño.

"Yo era más compinche con Don Ramón. Nosotros éramos los sencillos del grupo, los que sí dábamos autógrafos, los que sí nos llevábamos con la gente. Los demás eran un poquito naricitas paradas", desliza con ironía el actor que inmortalizó al cuate de cachetes inflados, el traje de marinerito y los ojos abiertos como huevos fritos.

El actor mexicano de 72 años llegó a Buenos Aires para apadrinar al Circo Rodas, del empresario Jorge Ribeiro Soares que por estos días y hasta fin de agosto se presenta en el Walmart de Autopista Buenos Aires-La Plata. "Llegue el 29 de junio para apadrinar el circo y ahora estamos teniendo principios de plática para ver la posibilidad de hacer la temporada de verano en Mar del Plata, con la participación de Quico y remembranzas de todos mis amigos de la vecindad", adelanta.

Por más de una hora el actor se explayará a sus anchas y de muy buen humor sobre el personaje que lo hizo mundialmente famoso, la intimidad del elenco, el detrás de cámara y algunas claves de la serie en la que participó hasta 1978, cuando diferencias con Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) lo alejaron para siempre del programa.

"Muchas veces compartía camarín con Don Ramón. No había mucho que contarse, más que cambiarse y las puras pláticas para ponerse al día", sigue Villagrán. A las ocho era la cita en maquillaje y enseguida ingresaban al set de grabación. "Primero se pasaba todo el programa en frío, sin cámaras, solamente con el director Enrique Segoviano, una pieza fundamental. Enseguida se ensayaba de principio a primer comercial con cámaras. Y luego se grababa esa parte. Lo que salía mal se repetía. Y así hasta el final. Era un programa muy cuidado", continúa Villagrán, ahora casi irreconocible, de lentes y barba candado, hasta que infla los cachetes, abre los ojos como platos y de repente el Quico hace su aparición estelar como por arte de magia.

Villagrán en los años 70, como Quico
Villagrán en los años 70, como Quico

No me simpatizas

Cara a cara con el actor que inmortalizó al compinche de El Chavo, imposible no asomarse al detrás de cámara de la vecindad más famosa del planeta. "Mucha gente cree que la vecindad existía realmente y hasta viajaba al DF para conocerla, pero al llegar se encontraba con que no había vecindad por ningún lado. Nunca estuvo armada de forma permanente. Se montaba y desmontaba todo el tiempo y cuando terminábamos de grabar, desaparecía", asegura.

"A Chespirito lo tratábamos de flaco, le decíamos Chespiro, o flaco tal cosa y tal otra. Pero una vez que nos encontrábamos en el estudio, lo tratábamos de señor. Había un ambiente de respeto entre todos. Grabábamos felices y contentos. Si alguno hubiera estado incómodo, enojado o cualquier otra cosa, se habría reflejado automáticamente. Era tanto el convivo que llegamos a ser familia", recuerda.

Cuenta Villagrán que podían grabar dos y hasta tres capítulos de El Chavo en un día, aunque el Chapulín demoraba un poco más por los "efectos especiales", como la pastilla de chiquitolina. " El Chavo lo hacíamos muy rápido, era casi automático, salía solito y en una hora y media o dos teníamos un capítulo. A veces adelantábamos programas porque teníamos que salir de gira. Pero El Chapulín era más complejo, demorábamos hasta 16 horas, porque nadie se hace chiquito, y tardábamos más en hacer los efectos", advierte.

Para Villagrán, otra de las claves del éxito de la serie es que jamás sacaron al aire un niño, sino que sus propios personajes eran los niños del programa. "De haber salido un niño nos hubiéramos convertido en payasos. Pero Chespirito lo tuvo muy claro desde el comienzo. Si hubieran aparecido niños se habría esfumado la magia".

Carlos Villagrán
Carlos Villagrán Crédito: Soledad Aznarez

En cuanto autoría de Gómez Bolaños, cuenta que había elasticidad, pero como primero se ensayaba en frío (sin cámaras), si a alguien se le ocurría un chiste, sólo quedaba si era gracioso y no desvirtuaba la idea del programa. Bolaños les entregaba los textos un día antes. Se juntaban en una cafetería y lo leían entre todos, pero como si lo estuviesen actuando. "Oye Chavo (dice con voz de Quico). Que quieres (se responde con voz del Chavo). Fíjate que yo voy a ir a… (sigue con voz de Quico). Y así leíamos el libreto. Lo aprendíamos de memoria, y al otro día se grababa", relata.

También reconoce que el pago de los actores no era todo lo bueno que pudiese esperarse: "En ese aspecto yo diría que éramos mal pagados, pero a cambio el programa nos daba fama, y la fama promovía otro tipo de beneficios, como grabar discos y ese tipo de cosas", explica Villagrán, que por estos días reside en Querétaro, a dos horas del DF. Es padre de cinco hijos y abuelo de otros tantos descendientes.

Después de alejarse del elenco en 1979, por "celos artísticos y egoísmos", el actor mexicano vivió en muchas ciudades de América Latina y Estados Unidos, como Caracas, Santiago, San Pablo, Miami y también –para muchos un dato desconocido–, residió 11 años en Buenos Aires, en un departamento de Charcas y Coronel Díaz. "En realidad me la pasaba entre maletas y hoteles, de gira con el show de Quico. Desde Ushuaia, recorrí toda la Patagonia, estuve en Río Gallegos, Neuquén, Santa Rosa, probé el chivito de San Luis, las empanadas de Salta, conocí el jardín de Tucumán, visité todo tu país. Me fascina el tango, único en el mundo, y el asado… bueno, no he dejado de probarlo. Ahora mismo me voy a comer un bife de chorizo", bromea.

–¿Es cierto que el elenco de El Chavo participó en fiestas de Pablo Escobar?

–Yo ya no estaba con ellos. Pero supe que Chespirito fue con parte del elenco. Por mi parte, en una ocasión estaba en el hotel Tequendama, de Bogotá, y llegaron tres tipos a pedir hablar conmigo. Me hablaron a la habitación y les dije que subieran. Entraron, se sentaron y se pusieron muy amigos de todo el mundo. Después abrieron un portafolio, sacaron un cheque y me dijeron: "Es el cumpleaños de la hija de mi patrón (Pablo Escobar). Puede completarlo con un número de uno hasta un millón de dólares". Se me heló la sangre. Entonces les dije que tenía una cláusula que no me permitía hacer otra cosa por fuera de mi contrato y me lo respetaron. Cerraron la chequera, tomaron el portafolio, me dieron las gracias y se fueron.

–¿Todavía se engancha a ver algún capítulo de El Chavo o El Chapulín en la tele?

–¡Qué bueno que lo preguntes! Por ahí estoy en cualquier lugar, prendo la tele dentro del hotel y engancho al Chavo. Me pongo a verlo y me empiezo a atacar de risa. En muchas ocasiones me acuerdo lo que dije, en otras no, pero ya no lo veo como si yo hubiera hecho el Quico, lo veo como si fueras tú o cualquier otro espectador. Y me ataca de risa. ¡Es genial!

–Para terminar: ¿El Chavo o el Chapulín Colorado?

–El Chavo (responde sin dudarlo). Porque el Chapulín es ciencia ficción, nadie se hace chiquito, nadie vuela. Pero el Chavo es más humano, es arrancado de la vida misma. Aquí es un conventillo, allá en México una vecindad, pero siempre habrá un Don Ramón, un Quico, una doña Florinda y un Chavo en todas partes.

El capítulo favorito de Carlos Villagrán

Consultado sobre su capítulo predilecto, Villagrán hace hincapié en uno que le gustó especialmente, porque según asegura, le pareció el más idiota de todos. "Imagínate la escena. Abre la toma y se ve la vecindad vacía. A lo lejos entra el Chavo de la calle, y empieza a gritar "¡Quico, Quico!", y se va al segundo patio. Quico supuestamente lo oye, baja de la escalera, y grita "¡ Chavo, Chavo!", y se va para la calle. Supuestamente lo oye el Chavo, y sale del segundo patio y grita "¡ Quico, Quico!", y se va por la escalera. Y luego entra Quico y así, continúan media hora como imbéciles, sin decir un chiste, y la gente atacada de risa.

El secreto de los cachetes

"Es puro aire (dice con voz de Quico, inflando los cachetes). Lo tengo atrapado con la lengua, a la altura de las muelas. La prueba está en que no puedo pronunciar la letra ele, no puedo decir Lola, por ejemplo. Si uno dice Lola lanza la lengua al paladar. No se puede decirlo con la lengua baja. Entonces decía Doda. La ele era la única letra que Quico no podía pronunciar".

El bueno y el villano

"Sin papá, sin mamá, sin casa, sin comida, el Chavo estaba configurado para que el televidente lo protegiera. Era más quietecito. El Quico era la contraparte del Chavo: villano, envidioso, egoísta, chismoso, pero en el terreno de la comedia, el villano se convierte en simpático. Y se hizo como el favorito…".

Don Ramón, una pieza clave

"Don Ramón era el eje del programa. Poco después de mi partida, él también se alejó por solidaridad conmigo. Doña Florinda se quedó sin tener a quien pegarle, la Bruja del 71 se quedó sin motivo de vivir. El Señor Barriga se quedó sin tener a quien reclamar el pago de la deuda. La Chilindrina se quedó sin papá, el Chavo sin su protector y el profesor Jirafales sin interlocutor para discutir. Al irse Don Ramón se acabó el programa. Era buenísimo don Ramón, hacía que se lucieran todos los demás personajes".

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