Del nueve nadie me mueve
Vigil y Hadad parecen hacer suyo el viejo slogan del canal que vive de sobresalto en sobresalto
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En estas horas se define, entre Daniel Hadad y Constancio Vigil (h.), el enésimo cambio en la conformación societaria de uno de los cuatro canales porteños de la TV abierta. Esta vez el tironeo amenaza ser a todo o nada: uno de los dos se irá, tras haberse tornado inviable la sociedad al 50 por ciento que presentaron hace sólo tres meses y medio.
Entre el 9 de junio de 1960, fecha de su fundación, y fines de 1997 -es decir, 37 años- LS83TV Canal 9 pasó por las manos de cuatro grandes dueños: la Compañía Argentina de Televisión (Cadete, estaba integrada por reconocidos editores, publicitarios, abogados y escritores), la cadena norteamericana de TV NBC (aunque no de manera formal, ya que la ley impedía inversiones extranjeras en medios), Alejandro Romay (verdadera alma mater de la emisora) y el Estado nacional (que supo desquiciarlo en sucesivas gestiones peronistas, militares y radicales). Desde 1997 hasta el día de hoy -apenas poco más de cinco años- esa emisora registra una inestabilidad societaria sin precedente, con la presencia directa o indirecta de por lo menos once grandes inversores rotando o suplantándose entre sí (el grupo australiano Prime, el CEI, Torneos y Competencias, ATco, Telefónica, Daniel Hadad, Fernando Sokolowicz, Benjamín Vijnovsky, Claudio Belocopitt, Constancio Vigil (h.) y el fondo de inversión DLJ), y la aceleración en los cambios ha tenido lugar fundamentalmente en estos últimos diez meses, desde que Telefónica le traspasó el mando a Hadad.
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Mal o bien, lo que sucede a puertas cerradas en los escritorios de los ejecutivos, sus batallas internas, civilizadas o no, por obtener el control de las sociedades que pretenden manejar; si lo hacen en nombre propio o de sus mandantes públicos o escondidos; si sus gestiones están iluminadas por una genuina pasión por los medios de comunicación o por vidriosas intenciones políticas y/o económicas, por fuerza, toda esa diversidad de conflictos, de choques de intereses, de incertidumbres y bruscos barquinazos, termina expresándose, de una u otra manera, en la pantalla. Y ello, por cierto, aleja cada vez más la gestación y el desarrollo saludables de un estilo propio, preciso, claro, sencillo y transparente de programación que permita a la audiencia identificarse con ella. Esto afecta, por un lado, la coherencia y credibilidad, en forma y fondo, de lo que se emite, imposible de ser llevado a cabo en tan turbulentas circunstancias, y por el otro cuestiona la propia viabilidad económica de la operación, ya que el éxodo de espectadores, o la escasa convocatoria de éstos, aleja en la misma proporción a los anunciantes que con su apoyo publicitario permitirían hacerla rentable.
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Cuando en la década del 70 del siglo pasado se hablaba del canal de Goar Mestre (el 13), o el de García (el 11), o el de Romay (el 9), no sólo se señalaban los nombres de tres propietarios, sino, por sobre todo, más allá de que se pudiera coincidir o no con ellos, conceptos, improntas y maneras de hacer TV muy reconocibles y plebiscitadas por el público. Cada emisora era una contundente "marca registrada", a imagen y semejanza de sus dueños, que marchaban al frente de ellas, ya fuera con perfil alto (García y, en particular, Romay) o bajo (Mestre). Los tres estaban absolutamente involucrados en el "moldeado" profundo de sus pantallas, no sólo de los programas, sino también de la comunicación institucional y la estética global, de la apertura al cierre de cada transmisión. Entonces, el marketing, todavía incipiente, era sólo una herramienta secundaria y accesoria, bien a la retaguardia del olfato y del instinto innatos de estos conductores absorbentes y personalistas; controvertidos pero talentosos.
La patente inoperancia, involuntaria y adrede, de los poderes Ejecutivo y Legislativo a la hora de ordenar el campo telerradiofónico en estos últimos veinte años continuos que llevamos de democracia, agravada por la desregulación salvaje de los negocios efectuada en la década pasada, modificó dramáticamente aquel apacible hábitat televisivo transformándolo en una caótica selva llena de corporaciones representadas por caras anónimas e intercambiables que entran y salen de escena sin que quede demasiado claro con qué móviles lo hacen. Es obvio que el progresivo deterioro de la economía en los últimos años ha oscurecido, si cabe aún más, la marcha de estos negocios, dando lugar a la irrupción de capitales abruptos, dudosos y fugaces o de rubros ajenos (bancos, telefónicas, ex políticos, fondos de inversión, etcétera) que poco entienden o no se interesan en profundidad por la delicada naturaleza de las comunicaciones, a la que sólo se asoman someramente con la fantasía de obtener poder político y/o económico para sí o para quienes representan o en busca de hacer diferencias rápidas, mientras pierden fortunas difíciles de explicar, entran en previsibles convocatorias y exhiben deudas y atrasos monumentales con sus proveedores y empleados. Sociedades demasiado heterogéneas en sus procedencias, ideologías y maneras de gerenciar cuya confusión, forzosamente, luego se traduce en programaciones desmañadas, incoherentes e inestables, sólo sostenidas en forma precaria por técnicas de marketing primitivas y sin bases firmes de sustentación.
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Por su llegada indiscriminada a todo tipo de público, la TV abierta, por más comercial que sea, es un ámbito neurálgico del que el Estado no puede hacerse a un lado. Debe recordarse, una vez más, que la Nación argentina como estado soberano jamás vende las sintonías por las que aquélla transmite, sino que las otorga en concesión periódica a grupos sólidos y de reconocido prestigio público por su respaldo moral y económico (en ese orden) luego de exigentes licitaciones donde compiten entre sí. Los incesantes cambios de firma parciales y totales realizados en los últimos años en distintas emisoras no se ajustan casi nunca a la ley y desvirtúan aquella impecable metodología inicial que es preciso recuperar cuanto antes a fin de terminar con este tipo de situaciones equívocas que, invariablemente, deparan penosas consecuencias.
Harían bien las nuevas autoridades ejecutivas que asumirán el gobierno en poco más de un mes y los representantes legislativos, que renovarán las cámaras parlamentarias a fines de año, en debatir y acordar urgentemente con los sectores involucrados y especialistas en la materia una nueva ley de radiodifusión que devuelva racionalidad y apacigüe al ahora irredento, y cada vez más peligroso, territorio de las comunicaciones audiovisuales.
Una pantalla que perdió la identidad
Aun con todos los cuestionamientos que puedan caberle, la "era Romay" (1964-74 y 1984-97) fue la única que le dio a Canal 9 la chance de jugar en primera división: por años se autoproclamó "líder" de la audiencia y su programación llenó capítulos vitales de la historia de la TV argentina.
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