El donante: las vidas posibles de Rafael Ferro
En la serie, que arranca esta noche por Telefé, encarna a un hombre que descubre que tiene 144 hijos
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A Rafael Ferro le gusta meterse. Y cuando lo hace, como hoy, deja constancia en una lista. La lista tiene un par de nombres, los de actores de cine y teatro independiente que sugirió para que actúen en El donante, el unitario que protagoniza junto a Carlos Belloso y Muriel Santa Ana, y que comienza hoy, a las 22.15, por Telefé. Esa lista es su orgullo.
Se nota que es un hombre que vivió varias vidas: la de un jugador profesional de squash, la de un cantante ambulante en una plaza griega, la de un lector compulsivo y la de un actor. Por aburrimiento o por arrojo, Ferro hace esas cosas.
Hoy está en una oficina de Eyeworks Cuatro Cabezas, la empresa que produce El donante, la ficción ganadora de uno de los tantos concursos del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Afuera, el caos de tránsito hace su juego en pleno paro de subtes; adentro, Ferro, el suyo. Juega con sus manos para explicar de qué va esta nueva serie que habitará la hiperprogramada pantalla de Telefé, en pleno plan para fortalecerse antes del desembarco de Marcelo Tinelli en El Trece.
Su juego de manos remite justamente a una acción onanista de su personaje, Bruno, un hombre que a sus cuarenta y tantos, se le aparece Violeta (María Alche) para decirle que es su hija. Pero él no es cualquier padre. Más bien es un papá sin consciencia de serlo. El método de concepción no fue para nada tradicional. Bruno, en su juventud, junto a su amigo Raúl (Carlos Belloso), se financió la carrera universitaria como donante de esperma en una clínica de fertilidad. Y Violeta es una de sus hijas, como lo son 143 más. "Las donaciones eran algo que hacían cuando eran jóvenes, les parecía que era divertido y ganaban plata. Se lo tomaban de manera liviana y no se daban cuenta de las consecuencias", cuenta.
Aquí también estará Muriel Santa Ana, con quien Ferro ya trabajó en Lalola y fue su galán en Ciega a citas. Ella será Eva, la propietaria de la clínica, su vecina, y la mujer de Raúl. Ambos son justamente los encargados de contener a este hombre que ha quedado viudo y ahora purga su conciencia de padre serial. Finalmente, María Carámbula será la madre de Violeta.
"Es una comedia que tiene un tono particular, suave. No es desopilante. De golpe es romántica, pero después se pone dramática", señala sobre la serie que representa la primera vez de Eyeworks Cuatro Cabezas en el terreno de la ficción.
–No es tu debut en una miniserie del Incaa [el año pasado actuó en algunos episodios de las que se emitieron por América: Maltratadas, Historias de la primera vez y El pacto]. ¿Qué diferencias encontrás con las ficciones que se hacen en los canales o productoras como Pol-ka?
–Espero que estas ficciones sigan porque dan laburo a actores y técnicos. En las que hice, como eran las primeras, se notaba que no había la prolijidad que hay en Pol-ka y Telefé, que ya están aceitados. Lo que me pareció sospechoso fue la elección. Con un par de amigos nos presentamos a un concurso y no quedamos. De golpe ves alguna que no está para nada buena y que quedó. Entonces, como es este país, asociás eso de «te lo doy a vos». Quizá porque uno tiene la mente así. Me preguntaron del Incaa y se los marqué y me dijeron que lo iban a ajustar. Hice un par que estaban un poco flojas de guión. De todas formas, me parece una iniciativa espectacular.
–El año pasado fuiste uno de los protagonistas de Un año para recordar. Una tira que no estuvo a la altura de las expectativas del prime time de Telefé y que, por eso, fue levantada.
–Justamente, fue un año para recordar. Por una conjunción de distintas cosas no funcionó. No se le encontró la vuelta: primero fue dramático; después, comedia. No anduvo y punto. Las razones son inexplicables. Las pocas veces que escuché a Adrián Suar o a Sebastián Ortega [la cabeza de Underground Contenidos que produjo Un año… y ahora Graduados] no saben bien por qué funciona una cosa y no otra.
Una biografía teatral
Ferro fue un jugador profesional de squash. Pero un día se cansó. Tenía 25 años y vivía en Europa, más precisamente en Alemania. "Estaba muy podrido de los entrenamientos", justifica la renuncia. Tan hastiado estaba que largó todo. Se fue a Grecia, con su novia de entonces, por un año más o menos. Estuvo en Ios y en Atenas con un plan de supervivencia bien hippie: cantaban en las plazas y vendían artesanías. En un momento, dijo basta y se vino para la Argentina. Se puso a estudiar teatro. Algo que de todas maneras ya estaba en su ADN cuando aún jugaba al squash. "En los últimos tiempos, hacía más la performance de estar en una cancha que de jugar", dice.
–¿Seguís con el squash?
–No, ni en pedo. No juego más. Me agarró fobia.
De todas maneras, este actor que debutó en la televisión en la tira juvenil Verano del 98, se prestó para que su amigo Edgardo Cozarinsky lo dirigiera –ya lo había hecho en el film Ronda nocturna– en uno de los ciclos de Biodrama (una serie de obras que ponían el acento en la biografía de una persona). Lo titularon así: Squash. Escenas de la vida de un actor. Y ahí apareció su costado más oscuro. Su balance, siete años después: un fracaso.
–¿Por qué?
–Primero porque no la hicimos bien. Me di cuenta de que tiene consecuencias representar tu vida todas las noches. Además, como nosotros somos medio oscuritos con Cozarinsky, no contábamos lo lindo, sino lo denso. Me enloquecí un poco. De golpe estaba actuando algo feo que me había pasado en la vida y en el momento que lo estaba haciendo me preguntaba: «¿Qué hago acá contando esta miseria? ¿Qué necesidad de hacerlo en un teatro?».
Eso ya quedó atrás, es pasado en estado puro. Ahora está con El donante y con el pronto estreno de Mala, el film que dirigió Adrián Caetano, en el que interpreta a un hombre abusador de mujeres, que va a ser cazado por una justiciera, un mismo personaje encarnado por cuatro actrices diferentes [Florencia Raggi, Brenda Gandini, Liz Solari y María Dupláa].
–¿Te interesaría dirigir una película?
–Sí. Estoy bastante harto de ser actor. Me aburre quedarme sentado esperando a que me llamen. Por eso, hay actores que terminan haciendo su película, como para sacarse las ganas de hacer el personaje que quieren. Yo siempre quiero meter mano. Por suerte acá me dejaron. Así, por ejemplo, sugerí actores de cine y teatro independiente para que participen a lo largo de la ficción.
Los nombres están en una lista que llega por correo electrónico, con el asunto: "Listado Rafael Ferro". Ahí, enumera: "Andrea Garrote, Pilar Gamboa, Guillermo Arengo, Nicolás Condito, Paloma Contreras…". Es su orgullo. Eso de haber logrado algo por querer meterse.






