Gran Hermano 2016: cómo fue el regreso visto desde la casa

Más de 200 personas trabajan las 24 horas alrededor de la casa del reality en el estudio Mayor, una construcción de 600 metros cuadrados cableada con 35 cámaras y 70 micrófonos
Francisco Ganduglia
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19 de mayo de 2016  • 15:11

Pasó de "Viejo" a "Hollywood". Con ese particular derrotero, este pequeño sector de Palermo, disputado aún por productoras, locales gourmet y muchas casas bajas se revolucionó ayer con el comienzo de una nueva edición vernácula, la número 10 ni más ni menos, de Gran Hermano , el más famoso y longevo de los realities de la televisión mundial.

Allí, en las emblemáticas esquinas de Ravignani y Cabrera (sede del Estudio Mayor, donde se ubica la "casa más famosa del país") se colocó toda la parafernalia del caso: luces, un escenario para transmitir en vivo y una alfombra roja por donde pasaron prácticamente todas las figuras de América y varios ex participantes de otras ediciones (en rigor de la última, ya que las anteriores fueron emitidas por el competidor Telefé).

Las filas de curiosos, familiares de "hermanitos" y miembros de la tribuna se hicieron sentir desde temprano, con cánticos y carteles que se despabilaban cada vez que una cámara o reflector se posaba sobre ellos. Y no eran los únicos privilegiados, ya que los haces de luz apuntaban hacia todos lados, el cielo, las casas de alrededor y hasta el mural publicitario de una marca deportiva que parecía puesto a propósito, con la enorme leyenda: "Be more human" ("Sé más humano") en letras tipo catástrofe.

Crédito: Gentileza América

Adentro del estudio se ultimaban los detalles del programa que nació para desafiar los límites de la humanidad (¿o el humanismo?) en TV: un grupo de desconocidos obligados a permanecer encerrados en una casa mientras son registrados las 24 horas del día por una increíble cantidad de cámaras y micrófonos (35 y 70, respectivamente, en esta edición).

En total, la casa tiene más de 600 metros cuadrados de flamante construcción, donde confluyen sus cuartos y amenities: sauna, pileta climatizada, hidromasaje, gimnasio y un altillo que concentrará, a la vez, el relax, los encuentros furtivos y las confesiones de los participantes.

Además de esos ambientes, lo que llama verdaderamente la atención es la gente que la rodea: más de 200 empleados trabajan a diario alrededor de esta nueva construcción, y el hormigueo es constante: pasan con comida, cámaras, papeles, handies, celulares, cables y una interminable lista de artefactos.

Crédito: América

Los participantes no se quedan atrás. A diferencia de la primera edición local, con 14 concursantes –entre ellos, el ganador Marcelo Corazza–, este año la producción (siempre a cargo de Endemol, dueña del formato) volvió a apostar por la cantidad. Son 20 en total, aunque esta semana se podría reducir el número de candidatos, ya que otra de las novedades es que habrá un "casting en vivo": salvo dos inmunizados por el público, Gran Hermano (cuya voz sigue siendo la del inconfundible Rodolfo Valss) decidirá quién o quiénes deberán abandonar el juego (de hecho hay sólo 14 camas).

Y en medio de esa multitud, cada uno hizo lo suyo para destacarse. Incluso antes de que empiece el show, ya que varios llegaron con un fuerte runrún detrás, desde "el futbolista cordobés que se escapó de la concentración" ("Luifa" Galesio, primero en entrar) hasta la "hermana de Icardi" (Ivana, ya criticada en Twitter por su cuñada Wanda Nara).

Cambia, todo cambia

A la hora de entrar todos demostraron la misma mezcla de ansiedad y entusiasmo, gritando, saltando y saludando a propios y ajenos. El benjamín de la casa, Agustín Pappa, de 19 años, fue por lejos el que más hinchada llevó al estudio, con un grupo de amigos que no paró de pedir para él a las dos mellizas del programa.

Por allí y entre nombres como Daniel Vila, Pamela David (nuevamente designada para conducir los debates del ciclo), Santiago Del Moro, Marcelo Polino, Mónica Gutiérrez, Diego Brancatelli, Denise Dumas, Agustina Kampfer y Jonathan y Mauro Viale, también andaba Gastón Trezeguet, ex participante y una suerte de eminencia del reality. "Trabajé en todos y me encanta, supongo que eso me terminó convirtiendo en tal cosa", bromeó para luego comentar: "Lo bueno de Gran Hermano es que se va adaptando a los cambios sociales y tecnológicos y a las nuevas costumbres que aparecen en nuestro país. Si hoy ponen el de 2001 al aire, la gente seguro se duerme frente a la pantalla. La idea de encierro fue mutando bastante con los años y eso también es propio de esta era inundada de redes sociales y multiconexión al instante", sentencia.

Al día de hoy, la producción todavía no terminó de decidir si los participantes volverán a tener la posibilidad de escribir tuits (no de leerlos) como el año pasado o si otras redes sociales entrarán a "jugar en el juego". La computadora, que el año pasado fue la novedad del confesionario, por ahora brilla por su ausencia.

Lo que sí sigue siendo una tradición insoslayable, y cada vez más evidente, son los desnudos. ¿Se instalará nomás como tradición esto de medir el tiempo que transcurre hasta el primer striptease de un participante? Los dos de anoche (el de Dante y el de Macarena) parecen demostrar que sí, y que todos pelearán en el futuro por achicar esa marca.

Durante las más de tres horas de transmisión (incluyendo la red carpet), el conductor –y también especialista en la materia– Jorge Rial se mostró mucho más sereno y atildado de lo que cualquiera pudiera imaginar. Milagros de la cucaracha quizá, jamás habló en los cortes o pases de cámara del tema rating, algo que sí circulaba por lo bajo en asistentes, productores y operadores. La cifra, además, era buena. Con un promedio de 11,2 puntos de audiencia, la gala se ubicó en el podio de los cinco programas más vistos del día y lideró su franja una vez que las rendidoras ficciones de Telefé finalizaron.

Con los 20 participantes dentro de la casa, y las noticias sobre sus vidas fuera de ella que ya empezaban a circular, la noche del debut llegó a su fin. La certeza de todos era la misma: esto recién empieza, por más que las luces rojas del estudio y los reflectores de la calle, incluido el del cartel "Be more Human", ya habían iniciado hacía rato su lento apagado.

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