
Hasta que la TV los separe
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"Confianza ciega", reality show conducido por Juan Castro. Producción: Roberto Magnani, Julio de Rosse, Corina Fernández, Agustín Sacannel. Producción periodística: Pablo Cullel. Coordinación de producción: Ignacio Berterreix, Verónica Alvarez. Edición: Guillermo Gauna, Pablo Catalano. Editores de historia: Alejandro O´Con, Coty Cagliolo. Producción ejecutiva: Mariano Demaría. Dirección artística: Mariano Chihade. Producción general: Martín Kweller, Marcelo Cohen. Una producción de P&P Endemol SA. Lunes y martes, a las 21 y lunes a viernes a las 23 (excepto jueves), por AzulTV.
Nuestra opinión: muy bueno.
Tres parejas estables fueron separadas por dieciséis días. Los novios están viviendo en una casa, en la costa portuguesa, junto a seis "seductoras", seis mujeres que estarán a su disposición como nunca lo estarían en la vida real. Las novias están viviendo en otra casa, en el mismo verano portugués, junto a seis "seductores" que ofrecerán músculo y sonrisa como nunca lo harían en Buenos Aires.
De eso se trata "Confianza ciega": de ver cuánto tardará una persona en creer, porque sería demasiado doloroso admitir la cruel verdad, que esa persona tan bella que está "seduciéndome" lo hace porque "le gusto" (y no por el dinero que abona la producción del programa). Mientras tanto, el juego redobla la apuesta porque todo lo peor que haga y diga cada uno de los integrantes de la pareja será visto, video mediante, por el otro. Así, un celo trae un despecho y un despecho puede terminar en una infidelidad.
La clave del juego
Antes de continuar, es necesario aclarar que una condición sine qua non de este reality show es que los participantes crean en la fidelidad, es decir, que funcione como un valor moral dentro de la pareja. Para decirlo de otro modo: de nada serviría en este juego una dupla practicante del amor libre.
Como se dijo unos párrafos más arriba, el secreto del programa es saber que íntimamente cada jugador, por razones que tienen que ver con el amor propio y la dignidad personal, caerá tarde o temprano en la tentación de creer que esa seducción de la que es objeto es auténtica. Por primera vez en su vida alguien tan perfecto como lo son cada uno de los "seductores" lo mira, lo atiende, lo desea. ¿Por qué no puede ser verdad? Todos los participantes, tanto hombres como mujeres, pueden desear ser una suerte de Cenicienta que descubra al fin que "si le gusto a un ser tan bello es porque también yo lo soy".
La mujer de tus sueños
Pero, ¿quiénes son estos "seductores"? Nada más y nada menos que la imagen de la perfección no sólo en lo estrictamente físico (sobre gustos no hay nada escrito) sino como símbolo de las fantasías de cada sexo. Por ejemplo: las "seductoras" son hermosas, pero, además, son oferentes en lo sexual, practican deportes de riesgo, no temen a los juegos físicos y -qué hombre no lo quisiera, hablan poco-. En tanto, los "seductores", además de ser cuerpos deseables, son respetuosos, cariñosos y -qué mujer no lo sueña- saben escuchar.
Lo demás es juego. La producción se encarga de generar un permanente clima de juego, de baile, de ensueño. Todo es placer y rélax. Al menos hasta que aparece Juan Castro, el conductor del programa.
Para conducir a cada participante a la pequeña habitación de la casa donde, a través de un televisor, podrá ver qué bien la pasa su pareja con un montón de desconocidos, está Juan Castro, un profesional con años de trayectoria en televisión aunque más bien en géneros periodísticos. Sin embargo, a la luz de los últimos acontecimientos en la vida de Juan Castro, puede decirse que se ha constituido como el conductor ideal para este reality show. No sólo por su experiencia televisiva y su capacidad como preguntador, sino porque en un nivel de la construcción de sentido del programa, su reciente declaración pública acerca de su homosexualidad, lo pone como un auténtico imparcial en un producto atravesado eminentemente por lo erótico heterosexual.
Para ser más claros, Juan Castro es desde ya un hombre inteligente que sabe hacer muy bien su trabajo, pero, en el imaginario popular, el hecho de que "no juegue" ni para las mujeres ni para los hombres heterosexuales del reality show lo coloca un escalón más arriba desde donde puede observar e inducir fríamente ("¿Con vos también se ríe tanto?", pregunta maliciosamente) la conducta de los participantes.
Por último, no todo es fruto de la perversidad de un formato que intentará separar lo que está unido. Habría que ser ciego y no de confianza sino de narcisismo para no ver algo que asoma por detrás de la superficialidad del programa.
Hay allí personas comunes y corrientes que, de pronto, en virtud de las reglas de un juego, ven en un televisor al hombre o a la mujer que aman en una faceta que desconocen: divirtiéndose, riendo, desplegándose como un pavo real atractivos. Esa es la oportunidad para preguntarse por qué ese ser había dejado de ser así, por qué su capacidad de seducción se había desintegrado en el marco de la pareja.
Por eso, "Confianza ciega" trata de algo más que de fidelidades y traiciones, trata, quizá, del buen amor. Y por lógica, del mal amor, ése que en vez de transformar a la pareja en un ámbito de crecimiento personal y transformación, la convierte en un terreno donde cada una de las partes resigna y reprime algo de sí mismo en función y en presencia del otro.
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