Tira con perfil poco definido
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"Franco Buenaventura, el profe", telenovela protagonizada por Osvaldo Laport. Elenco: Carina Zampini, Viviana Saccone, Celeste Cid, Sebastián Estevanez, Gustavo Garzón, Norma Pons, Roberto Carnaghi, Victoria Onetto, Tomás Fonzi, entre otros. Autor: Ricardo Rodríguez. Guionistas: Oscar Ibarra, Elena Antonietto. Escenografía: Martín Seijas. Productor ejecutivo: Martín Mackintosh. Director de fotografía: Pablo Derecho. Dirección de exteriores: Eduardo Rípari, Gabriel de Ciancio. Dirección: Pablo Fischerman. Una producción de Telefé. Lunes a viernes, a las 21, por Telefé.
Nuestra opinión: Buena
Algo que separa a "Franco Buenaventura, el profe" del éxito rotundo: la indefinición. La telenovela, que narra las peripecias de un profesor de literatura y bailarín de tango, no se conforma con ser eso y así se desvirtúa. "Franco..." pertenece a esa clase de relatos en que la acción se mueve al ritmo del héroe, pero, en lugar de concentrarse en este eje, la novela desperdicia energía y tensión en un repertorio anecdótico paralelo que distrae demasiado al espectador y no ayuda a construir la trama central.
¿Quién es el héroe aquí? Sin duda, Franco Buenaventura (Osvaldo Laport), ese hombre que debió renunciar a la docencia por un conflicto -aún no esclarecido- con una alumna, Lucía (Carina Zampini), con quien se reencuentra doce años después del escarnio justamente el día de su vuelta a las aulas.
Construcción con baches
No obstante, esta novela no siempre favorece a su héroe. En ocasiones se demora en personajes satelitales y el espacio de Franco se define entre apurones. Así sucedió con la construcción de la relación profesor/alumnos: el primer día, los alumnos están consternados por el fallecimiento del profesor de literatura y Buenaventura, su reemplazante, deja a un lado la lección para abordar poéticamente el tema de la muerte. Otro día hay barullo en clase y Buenaventura escribe en el pizarrón: "¿Se puede saber qué pasa?" Revelado el conflicto, aconseja a sus alumnos luchar por sus derechos. Y a continuación resulta que estos chicos, que dos días antes no se ocupaban de nada, ahora hacen una sentada y dicen que cuentan con el apoyo de Buenaventura. Como remate, ignoran a la directora y piden por Buenaventura, que ha pasado a ser su paladín.
Para ser consistente, cualquiera que sea su estilo, la ficción debe cumplir con estrictas reglas de elaboración. Un personaje se construye con un nombre, con una serie de atributos, con la mención de esos atributos en boca de otros personajes ("Franco, vos no te animaste a amarme") y esas atribuciones deben ser confirmadas por las acciones que lleve adelante ese personaje (Franco se pone nervioso ante Lucía). De ningún modo las acciones de los personajes pueden surgir de la nada. Esa licencia sólo se permite en la vida real, que "siempre supera a la ficción".
Por lo demás, la novela tiene interesantes subtramas: la extorsión que sufre la directora Ema (Viviana Saccone), por un pasado pornográfico en el que está involucrado el dueño de un bar de strippers, Renzo (Héctor Calori); el matrimonio de Lucía con Julio (Gustavo Garzón); la amistad entre tres vecinos del barrio encarnados con gracia y calidad por Roly Serrano, Eduardo Blanco -que, dicho sea de paso, se luce en estos días como protagonista de la obra teatral "El último de los amantes ardientes"- y Gustavo Garzón; las desventuras tangueras de la madre de Franco, Nina (Norma Pons), y, por último, la aparición de Antonio, el pensionista que, se adivina, es el padre de Franco, eliminado tijera mediante hasta del álbum familiar.
Elenco en las gateras
No le faltan a esta historia actores que realcen la calidad de la novela (muy bien dirigida por Diego Fischerman, con muy buen trabajo de fotografía de Pablo Derecho). Roberto Carnaghi, Eduardo Blanco, Roly Serrano, Héctor Calori, Patricia Etchegoyen, Norma Pons y Viviana Saccone son capaces de matizar hasta el texto más simple, y Carina Zampini, si bien no es una partenaire carismática, hace un papel sin fisuras. Sobre esta base, "Franco..." debería jugarse con Osvaldo Laport, que se ha recuperado de los vicios de Catriel y Guevara, y comienza a recobrar los perdidos matices expresivos que tenía hace diez años como Ariel Mejías Guzmán en "Pobre diabla". (Una recuperación, no obstante, que aún no alcanza para que recite un poema -fragmentado- de Miguel Hernández y no zozobre en el intento.)
Pero la novela deja caer mucho del peso narrativo en el personaje de Nacho encarnado por un Sebastián Estevanez que, si bien ha hecho un gran progreso desde su último trabajo, no debería ser expuesto a interpretar a un stripper que, luego de un accidente, no sólo ha perdido la memoria sino que ha sufrido una regresión emocional que lo sitúa en los cinco años de edad.
En el terreno de las oscilaciones, "Franco buenaventura, el profe" tampoco ha sabido administrar las secuencias de romance, comedia y suspenso. De hecho, en su primera semana, cada día deparó una novela distinta: hoy concentrada en el pasado de Franco; mañana en los enredos de Nacho, y otro día inmersa en un robo. Claro que es difícil discernir si el origen de los problemas está en el libro a cargo de Ricardo Rodríguez o si es consecuencia de tijeretazos aplicados en la sala de edición.






