
Tribulaciones en torno de la carne trémula
Soledad Silveyra, Moria Casán y esa obsesión nacional por retrasar las agujas del reloj
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El tema, si se quiere, es menor. Pero hasta cierto punto: hace unos días, en Perú, una modelo argentina moría en un quirófano cuando pretendía embellecer artificialmente su cuerpo.
La obsesión nacional por la simulación -parecer lo que no se es- encuentra en las pieles y formas de algunas mujeres el campo de batalla predilecto, donde hay que lamentar más víctimas, traumas psicológicos y confusiones sociales que verdaderos triunfadores.
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Cierto es que la manía local por la metamorfosis permanente -no sólo con cirugías, sino también por medio de dietas fundamentalistas y personal trainners a lo Terminator- no es patrimonio exclusivo del sexo femenino: hasta los más varoniles de nuestros dirigentes han cedido a avispas rejuvenecedoras, a quitar coquetamente ojeras y a agregar implantes capilares (y de otros tipos aún más humillantes) con la vana ilusión de permanecer lozanos para siempre.
Pero es en ellas donde estos operativos por desandar camino en el túnel del tiempo se vuelven persistentes temas de vida o muerte. °Y cómo quedan!: miradas azoradas, pómulos levantados, labios vencidos por el peso del colágeno, bustos apuntalados y colas turgentes emergieron furiosamente en los convertibles años 90 y atravesaron el nuevo milenio en los cuerpos y caras Barbies fotocopiados sin cesar.
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Mientras en Perú se desataba aquel drama, en Buenos Aires, desde quioscos y afiches callejeros y de subte, Soledad Silveyra anunciaba un noble cometido, aunque un tanto prematuro para sus tempranos y bien sostenidos 50 años: "Ahora quiero envejecer con dignidad".
Para más datos, en el interior del mismo número aniversario de la revista Caras, que la tiene a ella en su cubierta, la conocida actriz se explayaba con idéntica sabiduría: "Estoy en una etapa de la vida en que la cabeza importa más que la cola".
Como ya se consignó en esta columna el 29 de septiembre último, las revistas de actualidad gustan, cada vez que pueden, de contradecir textos e imágenes de la manera más hilarante posible.
Se dirá que la culpa es de los editores que desautorizan en este caso tan encomiables dichos de Silveyra en cuanto a la vejez, la dignidad, la cola y la cabeza con fotos muy ventajosas de ella misma, aunque con sus rozagantes glúteos, en increíble estado de conservación, en primerísimo plano.
Puede ser, pero es un riesgo que una persona de la experiencia de Solita -con más de 35 años en la profesión- debió haber calculado. Claro que ella no pone los títulos, pero tampoco es una ingenua advenediza como para no adivinarlos, máxime después de completar, con muy buena disposición, una sugerente producción, de la que sale más que airosa, donde en una toma se levanta la pollera; en otra foto aparece con una camisa mojada que transparenta sus pezones, en una más se la saca por completo y se cubre apenas con picardía con sus brazos, y así sucesivamente.
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Según el periodista Luis Majul en su libro "Las máscaras de la Argentina" (Atlántida, 1995), Solita había jurado alguna vez morir con las arrugas puestas como su colega gala Simone Signoret. Pero no pudo ser: en 1994 entró en boxes y se hizo un lifting total. Y la verdad es que quedó fabulosa.
Pero... ¿fabulosa para qué?
Silveyra no es vedette; no hace publicidad de mayas ni de ropa interior; tampoco se conoce que tenga aficiones nudistas.
"Nunca fui -Solita dixit- Catherine Fulop, siempre fui una laucha." Pero, señores, °qué laucha!
A quienes éramos adolescentes hace treinta años la irrupción masiva de Soledad Silveyra, primero en "Rolando Rivas, taxista" e inmediatamente después en "Pobre diabla", nos quitaba el aliento con sus minifaldas setentistas: en efecto flaquita, angelical, para nada voluptuosa y mostrando muchísimo menos que ahora (aún contando entonces a su favor con su extremada juventud), así y todo nuestras hormonas se sacudían saludablemente ante su sola presencia.
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Ahora que aquellos muchachos del secundario marchamos sin remedio a convertirnos en hombres provectos -para colmo con qué tres décadas insoportables de la historia argentina sobre nuestras desgastadas espaldas-, esta Soledad Silveyra versión 2002 nos produce sentimientos ambivalentes: por un lado la alegría de verla espléndida y hasta mejorada como un buen vino añejado en cubas de roble. Por el otro, la pena de advertir que ese inútil freno que algunos pretenden ponerle al reloj de manera tan recurrente -y que coloquialmente denominamos "viejazo"- empieza a atacarla aún más allá de su voluntad. "La seducción -dice bien Silveyra- no pasa por tener una cola maravillosa", pero si en las fotos no hace otra cosa que mostrarla no habría que descartar que también esté sufriendo el otro tan mentado mal criollo del doble discurso.
Experta en mezclas heterodoxas -en los años 70 las edulcoradas novelas de Migré con el peronismo revolucionario; el año pasado su candidatura a diputada por ARI de Elisa Carrió con la conducción, como ahora, del más que controvertido "Gran hermano"-, Solita hace oídos sordos a las críticas, achina sus ojos y hace lo que mejor le sale: sonreír.
Conste que nada más lejos del ánimo de esta columna que abolir sus desnudeces.
Pero por respeto a su propia trayectoria como sólida actriz de repertorio tan rico en teatro, televisión y cine, debería pensar en contratar un asesor de imagen que cuide un tanto mejor el perfil de estas incursiones, alejándola convenientemente del hazmerreír.
Si, pese a todo, acaso la vida se le volviese insostenible sin este tipo de incursiones exhibicionistas, podría avanzar más todavía representando, en el depurado estilo "Vanity Fair", a Eva, la maja desnuda de Goya o a Lady Godiva, cualquier cosa antes que este contraste tan brutal entre sus dichos y su propia carne, porque en Caras no está componiendo a ningún otro personaje que no sea ella misma. "Tengo 50 y no quiero parecer de 15", pronuncia madura frente al periodista, mientas busca su pose más teen para el fotógrafo y le encanta, aunque lo niegue, que le pregunten sobre su novio veinte años menor que ella.
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Los desnudos artísticos siempre retemplan el alma humana y expresan una vitalidad y rebeldía que no sería bueno perder.
Por eso las artes plásticas los ofrecen con tanta asiduidad y el ojo los acepta tan bien cuando el fondo y la forma combinan estéticamente y en total armonía.
Se trata de un mecanismo muy delicado y sutil que los más célebres pintores, escultores y fotógrafos saben manejar con mano magistral, pero que se viene abajo y muta a grotesco tan pronto se lo fuerza con intenciones efectistas.
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Contrástese, si no, aquella lograda tapa de "Vanity Fair" (agosto del 91) ilustrada con un hermosísimo desnudo de la actriz Demi Moore, entonces a punto de parir, con la recreación de la misma, que con ayuda de la computación, acaba de hacer la inefable Moria Casán en la última edición de la revista Gente.
"¿Te ves otra vez preparando mamaderas, cambiando pañales, despertándote de madrugada?", pregunta el periodista a la ex vedette, que declara 55 años y conduce el programa más multado de la historia de la TV argentina.
"°Pero no, mi amor!", responde con sinceridad, y suponiendo que la fertilización asistida la convirtiese tan luego en mamá de trillizos, Moria no se hace dramas: "Contrataré tres niñeras, una para cada baby. Yo sólo los traigo a la vida. Los pienso educar y criar igual que hice con Sofi".
A la vista, precisamente, de cómo crió a su única hija, Sofía Gala, y cómo ésta se desenvuelve públicamente con marcado desparpajo, es probable que Moria antes de que sus intentos por volver a ser mamá se concreten se asome al abuelazgo.
Convendría avisarle.
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