Un casamiento malparido
El detrás de escena de uno de los capítulos que cambiarán la novela más vista del momento, protagonizada por Juanita Viale, Gonzalo Heredia y Raúl Taibo
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"Eligieron el amor verdadero para compartir el resto de sus vidas", recita el cura detrás del altar instalado para la grabación del capítulo número 34, el casamiento entre Lautaro (Gonzalo Heredia) y Martina (Carina Zampini), de la novela más exitosa del momento: Malparida .
Esta no será la boda de final feliz que augura el sacerdote, sino una unión que nace de la venganza que planea Lautaro en contra de la mujer que tortura su mente y alma: Renata (Juana Viale). Un altar decorado con velas, dos grupos de sillas blancas con decenas de invitados sentados, una alfombra roja que engalana el pasto y ocho mesas cubiertas con vinos y copas: todo está listo para la grabación del capítulo que se verá el martes por El Trece. Mientras tanto, Raúl Taibo (Lorenzo Uribe) y Alejandro Müller (Lino) aprovechan los rayos de sol del mediodía, apostados cerca de la escalera de entrada de este salón de eventos ubicado en Pilar.
"Llegó Juana, llegó Juana", se escucha por el walkie talkie de uno de los asistentes de producción, que enseguida sale corriendo a recibir a la protagonista, que desciende de una espaciosa camioneta blanca.
En el jardín, donde todo está dispuesto para que comience la ceremonia, uno de los primeros en instalarse en su puesto es Heredia, de sobrio jacket y flor en solapa. Parado junto al altar, como un novio expectante, se ríe junto a sus compañeros de elenco: Brenda Gandini (Bárbara), Esteban Pérez (Hernán). A menos de veinte metros, retocan el maquillaje y le ponen el velo a su futura mujer, interpretada por Zampini, que luce un peinado recogido y un discreto vestido de novia strapless, escondido debajo de un abrigo azul que no se sacará hasta que empiecen a grabar.
Minutos más tarde, con un brillante vestido corto de color dorado, aparece Viale, que luce su larguísimo pelo, esta vez en la forma de una eterna trenza cosida, con la que jugará más tarde hasta que el director, Jorge Bechara, dispare "acción".
"Juana es muy graciosa, muy afectuosa con todos los técnicos", halaga Alberto Roccatagliata, el apuntador que trabaja en Pol-ka desde la época de Verdad-Consecuencia ; el que persigue incansablemente a los actores para que se aprendan la letra.
No es el único en distinguir la buena conducta de la actriz en el set. "Antes de conocer a Juana, pensaba que iba a tener el comportamiento convencional de una estrella y nada que ver. No es diva para nada: comparte camarines. La verdad que tanto Juana como Gonzalo son una revelación. Son dos ángeles", elogia Mónica Villa, que encarna a Olga, la empleada doméstica que trabaja en la casa de los Uribe.
"Juana tiene una belleza muy especial. Es una protagonista distinta por su tipo de físico. Tiene una belleza como las estrellas de otra época. Vos no te encontrabas a Ava Gardner en la verdulería; no encontrabas una belleza natural así por la calle. Juana me remite a eso", describe Villa.
Sentada, codo a codo, con Taibo, Viale no para de reírse y de moverse. A diferencia de su fría, rígida y calculadora criatura, se para, abre su bata de polar, baila, y todos la festejan. Cuando las cámaras se activan, endurece el gesto. Ahora es Renata y clava la mirada en su amor imposible, Lautaro, el que hoy se casa y no precisamente con ella.
Una de las víctimas del hechizo de Renata en la novela y el objetivo número uno en su maquiavélico plan de ajuste de cuentas es Lorenzo Uribe, el padre de Lautaro. "Lorenzo está súper enamorado y piensa que todo puede volver a ocurrir. Más que ingenuo me parece que le sucede lo que nos pasa a los hombres a esta edad cuando nos enamoramos. Además, ella aprieta todos los botones como para que él piense que es el hombre de su vida y que ella es la mujer para él", explica Taibo, que en la ficción y como un exitoso empresario cayó en la redes de la vengativa Renata, que en realidad sólo está con él para destrozarle la vida, como él (sin saberlo) ha hecho con su madre, que se suicidó luego del fallido romance que mantuvieron veinte años atrás.
"Estoy haciendo el personaje en base a varias experiencias vividas -agrega, con una carcajada, el eterno actor de telenovelas que dice conocer de cerca a mujeres tan manipuladoras como la protagonista-. Lo que se viene para Lorenzo es una gran confrontación con su hijo y sostener la empresa, porque va a aparecer una gran competidora en la piel de Florencia Raggi, que se incorpora al elenco, como una mujer ambiciosa que quiere seducirlo para quedarse con la firma". Con el nudo de la corbata intacto, una hora después de que terminen de grabar, Taibo resume: "En lo comercial y lo afectivo está hasta las manos el hombre".
En un alto de la grabación, Viale se aleja del decorado, enciende un cigarrillo y reflexiona sobre el efecto "impactante" que causa la novela en el público: "Me extraña a veces que vengan madres con sus hijos a decirme que les encanta el programa. No entiendo cómo los dejan verlo con las cosas que pasan. Yo no los dejo".
Cuando se le pregunta al apuntador sobre el actor más afecto a salirse del libreto, responde: "Hay algunos que tienen más ductilidad. Por lo pronto, él", dice señalando a Heredia, que pasa caminando por delante.
"Se improvisa bastante; hay una cierta libertad, más que nada en las escenas cómicas. En las dramáticas a veces tenemos que acomodar el texto a lo que un actor pueda decir", explica Roccatagliata, y destaca a Mónica Cabrera, que se desenvuelve en la trama como oficinista en la empresa de los Uribe, como una actriz de raza.
"El que más improvisa es Luciano Castro (que se incorporó a la tira como un intrépido policía a partir de la muerte del personaje de Patricia Viggiano). Es una máquina de tirar texto; nunca te hace dos escenas iguales. No para", asegura el apuntador, que también trabajó junto al actor en el gran suceso televisivo que fue Valientes.
En la solemne escena en que el cura le pregunta a Lautaro si acepta a Martina como esposa, hay un silencio. "¿Yo tengo que aceptar?", pregunta Heredia al director y todos los extras acomodados como invitados frente al altar se ríen, y hasta algunos aplauden. "La mirás a Renata y, después, aceptás", le ordena la autoridad y repiten la grabación.
"Todo va a cambiar con la firma oficial y los anillos", promete el director, que estudia los detalles de la próxima escena, mientras todo el elenco -vestido de fiesta para la ocasión- y el equipo se dirigen hacia la cocina del salón, donde en tres largas mesas los espera el almuerzo.






