Todas las voces, todas
Un millar de coros de todo tipo se multiplica en Buenos Aires
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Cantar en la ducha, para bien o para mal, puede hacerlo cualquiera. Pero muchos de los entusiastas retroceden frente a un micrófono, un escenario, incluso frente a un inofensivo karaoke. Pero en tímidos y antishowmen, el estrés baja si se trata de un coro, una forma de volver el canto más democrático. Y fue hace dos décadas, justamente con la llegada de la democracia, cuando los coros empezaron a asomar en Buenos Aires.
En aquella época apenas superaban los 300, y hoy la cifra trepa al millar: se multiplican los coros especializados en música antigua, renacentista y negro spirituals; los dedicados al folklore latinoamericano, a la música clásica y contemporánea; los populares, juveniles, étnicos... Y hasta otros menos convencionales, como el Coro Polifónico Nacional de Ciegos o el Coro Kennedy de Lenguaje de Señas, compuesto por 25 adolescentes sordos e hipoacúsicos, que acompañan al Coro de Jóvenes.
"El 95% de estos coros son vocacionales; en general, en éstos el rigor musical tiene menor incidencia que, por ejemplo, el desarrollo de redes sociales, actividades recreativas y la participación en encuentros solidarios", describe Javier Zentner, una autoridad en el tema: es compositor, arreglador, director y secretario general de la Asociación Directores de Coros de la República Argentina (Adicora).
El mínimo porcentaje restante prefiere especializarse en repertorios que Zentner llama "académicos". ¿Algunos casos? El Estudio Coral de Buenos Aires, dirigido por Carlos López Puccio; el Grupo de Canto Coral, por Néstor Andrenacci; el Grupo Vocal de Difusión, por Mariano Moruja, o el Coro Nacional de Jóvenes, a cargo de Néstor Zadoff, entre otros.
Si lo sabe (o no), cante
"Con la llegada de la democracia se generalizaron las ganas de cantar. Aparecieron las canciones de Favero (...y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos), o Por qué cantamos, sobre textos de Mario Benedetti. Después, esta voluntad se hizo callejera y proliferaron los coros populares, a los que se sumó una cantidad de músicos y arregladores", explica otro entendido en el tema, Vivian Tabbush, director del coro de la Sociedad Hebraica Argentina y secretario de la filial Buenos Aires de Adicora.
Y sigue: "A partir de ahí hubo una desmitificación del repertorio de música coral. Antes de 1981, cantar un tango o una chacarera era visto como una cosa de bajo nivel, pero después muchos directores consagrados de coros clásicos empezaron a incursionar en la música popular, y con bastante éxito".
Sumarse a la tendencia coral es fácil, lo único indispensable son las ganas: de los 38 centros culturales porteños, muchos cuentan con elenco de coro estable, y la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad ofrece talleres de iniciación gratuitos: empiezan con los denominados grupos de canto comunitario, trabajan sobre un repertorio de música popular y, sin mayores exigencias en la selección, introducen a los principiantes en el canto a una sola voz, para luego incursionar en los elencos de nivel inicial y avanzado.
Todos son bienvenidos: "Mucha gente se acerca a los coros porque siente miedo de cantar sola, es tímida. Pero también es una alternativa para cantantes solistas que necesitan reforzar su afinación, el coro les sirve de espacio para desarrollar un oído armónico que ninguna otra práctica les brinda", explica Elsa Carballeda, directora del grupo Vocal Cumelén y Coral del Parque (del parque Avellaneda).
"Pero básicamente se trata de un grupo de amigos que se encuentran a cantar, su código en común es la música", agrega.
El único en gaélico
- ¿Gaélico? El idioma originario de las altas tierras de Escocia. Y en la Argentina, sólo un coro se dedica a cantar en ese idioma. Se trata de Ceolraidh –así se dice musa, en gaélico–. No es un asunto simple, por lo que tiene dos directores: Guillermo Santana MacKinlay (a cargo de las cuestiones culturales y del idioma) e Ian Gall (vigila la parte artística). Formado en principio por un grupo de alumnos de gaélico que quería fortalecer lo aprendido, ahora la convocatoria está abierta para todo el que desee, aunque no conozca una palabra de gaélico: la clave es la fonética. “Nos han visitado escoceses que hablan gaélico y se asombraron al escuchar la pronunciación. Aunque tenemos coreutas sin una gota de sangre escocesa, los atrae la lengua”, explica MacKinlay. Interesados en sumarse, gsantana@correo.inta.gov.ar.
Braille, polifonía, concursos
El Coro Polifónico Nacional de Ciegos (dependiente de la Secretaría de Cultura y Comunicación de la Presidencia de la Nación) tiene su centro de actividades en Austria 2561. Fundado el 2 de febrero de 1947, se convirtió en una salida laboral para muchos no videntes, porque sus integrantes perciben un salario por la actividad y deben ensayar todos los días, de 14 a 17.
El ingreso se efectúa por medio de concursos que se realizan cada vez que hay vacantes: pueden participar los ciegos o amblíopes –se trata de una disminución importante de la vista– de entre 18 y 47 años, con conocimientos musicales, un mínimo de técnica vocal y un buen manejo de la escritura braille, incluido el conocimiento de la musicografía braille.
Como el coro trabaja con partituras especialmente escritas en ese sistema, además de su plantel de coreutas, cuenta con un cuerpo de copistas –en su mayoría, también nombrados por concurso– que, con la guía de un dictante, se ocupan de las traducciones.
En la actualidad, el coro está dirigido por Osvaldo César Manzanelli, cuenta con una preparadora vocal, cuatro jefes de cuerda, 51 coreutas, 16 copistas, un dictante, una secretaria técnica y dos auxiliares administrativas.





