Lars Ulrich, baterista de Metallica, da la cara, habla de su padre jazzero, reivindica la potencia de la banda y, puesto a filosofar, dice que tienen cosas en común con el arte abstracto.
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En los 23 años de vida de esta fucking banda nos hemos peleado muchísimo, dice Lars Ulrich, baterista de Metallica. Pero ahora nos estamos divirtiendo.
Los que vieron el explícito documental Some Kind of Monster, sabés de lo que está hablando Ulrich. Las disputas por el poder, el alcoholismo y las peleas infantiles, que casi destruyeron al grupo metal más importante del mundo, han cedido el paso a un Metallica nuevo y mejorado, gracias a la llegada del bajista Robert Trujillo y a un psicólogo que les cobra 40 mil dólares por mes por aconsejarlos sobre el manejo de la energía, ahora que no sólo son la banda más heavy del mundo sino también millonarios, padres de familia y responsables de una empresa y una marca igual de pesada. En la película, que se presenta en los festivales de cine europeos y se estrenó recientemente en los Estados Unidos, Ulrich explica su amor por las bellas artes y además nos da la oportunidad de conocer a su crítico más despiadado: Torben, su papá, experto en jazz, jugador de tenis profesional y la viva imagen del mago Gandalf de El Señor de los Anillos.
Además, otro hecho devolvió a la banda a la actividad. El 16 de agosto, en St. Paul, Minnesota, Metallica empezó la parte final de su gira estadounidense en teatros, lejos de los grandes estadios. “Tocar en los Estados Unidos en verano está muy bueno”, dice Ulrich durante sus vacaciones en Italia.
Tu papá parece muy cool. ¿Qué tipo de música se escuchaba en tu casa cuando eras chico?
Su pasión, su amor, su obsesión era el jazz. Así que en su habitación se escuchaba mucho Miles, Coltrane, Charlie Parker, Ornette Coleman, Sonny Rollins. En esa época, en Europa occidental, Copenhague era la capital del jazz. Pero también escuchaba a The Doors, los Stones, los Beatles y Muddy Waters. En 1973, cuando empecé a tocar algunas cosas de rock, como Deep Purple y
Uriah Heep, empezaron las discusiones. El me decía que era un sonido cuadrado y el baterista demasiado blanco.
¿Ibas a discos cuando eras chico?
Sí. Un lugar que se llamaba Montmartre; me llevaron a la rastra varias veces. Pero siempre había músicos de visita en mi casa, como Sonny Rollins, Ben Webster y Dexter Gordon, que era mi padrino.
¿Cuántos golpes por minuto podés tocar en tu batería de doble bombo?
No sé, pero en cuanto a la batería, estoy tocando como nunca en toda mi vida. Este año me puse las pilas: empecé a salir a correr, dejé de fumar. Cuando podés estar ahí sentado, quince minutos después de la tercera hora de recital, tocando
“Dyers Eve”, es que las cosas están muy, pero muy bien. Cuando cruzás la barrera de los 40, está bueno poder decir eso.
¿Te asusta Rob Trujillo en el escenario? Es un tipo muy extraño.
Tengo la opción de mirar para otro lado [risas]. Cuando hace ese paso de luchador de sumo, puedo mirar a [James] Hetfield. Si él está haciendo su cara de guerrero del infierno, sé que puedo mirar a [Kirk] Hammett: hay un poco de tibio amor por allí. Pero Rob ha sido increíble. A finales de los 90, Metallica era como una operación militar: las cosas se pusieron muy anales, y Rob nos ayudó a soltarnos. Ahora está todo bien.
¿Te molesta no poder emborracharte más con Hetfield?
Yo, Kirk y Trujillo todavía podemos armar un quilombo terrible. Creeme. También podemos hacerlo cuando James está con nosotros. No hay problema. James se porta como un caballero con ese tema. No nos sermonea, no nos persigue, ni nos rompe las pelotas.
Vos tomabas mucho sobre el escenario. Pero siempre me surgió una duda: ¿adónde meabas?
Lo importante es no mear sobre algo que esté enchufado. No he tomado alcohol sobre el escenario desde el Año Nuevo del ’84, junto a Anthrax, en alguna parte del Estado de Nueva York. Ninguno de nosotros podía tocar. Pero Kirk generalmente mea en una botella y yo, en las cajas de instrumentos. No hay una sola caja en la que no haya meado.
¿Cuál es tu chiste de baterista favorito?
¿Qué tiene tres piernas y una concha encima?
Mmm . . .
¡Un banco de baterista!
¿Cuál fue la mejor broma pesada que hiciste en una gira?
Me encanta The Cult, pero cuando tocaron con nosotros durante todo el verano del 89, un miembro de la banda, al que no voy a nombrar, tenía una novia que siempre traía peces de colores en varias peceras chiquitas. Un día, el chofer se olvidó de encender el aire acondicionado y los peces literalmente se cocinaron, y la chica se puso como loca. Así que para el show de Portland, arrasamos con la tienda de mascotas local y durante dos minutos hicimos llover pececitos en su recital. El miembro no identificado y su novia se volvieron locos tratando de levantar los peces, que todavía daban coletazos. Su baterista, Matt Sorum, se comió unos cuantos.
Sorum tocó con G n’ R. Vos saliste de gira con G n’ R. ¿Axl es un tipo muy raro?
Hace doce años que no sé nada de él, pero Axl tenía dos personalidades bien marcadas. Siempre te quedabas pensando qué mierda iba a pasar más tarde. Cuando estaba de buen humor era el tipo más dulce que te podés imaginar, pero cuando se olvidaba de tomar su medicación o cuando decidía explotar, era una bicho muy raro. Aun así, fue la única persona que vi en toda mi vida –además de Bill Clinton– que cuando entraba en una habitación todo el mundo se sentía atraído hacia él. Es algo muy poco común.
¿Qué obra de arte encarna mejor el espíritu de Metallica?
Muy buena pregunta: me inclinaría por el arte abstracto, alguna de esas enormes obras de Jackson Pollock. Cuando pienso en Metallica, me imagino energía y movimiento; un camino que siempre cambia de dirección. Elijo el Número 32 de Pollock, de 1950.
¿Quién es el mejor baterista de la actualidad?
Jon [Theodore] de Mars Volta. En enero tocamos tres semanas en Australia junto a ellos. Son impresionantes, y Jon es el mejor baterista que he visto en diez años. Impresionante. Toca con fuego y energía propias, con el peso de Bonham y la técnica de alguien como Phil Taylor de Motörhead o también Elvin Jones. De verdad: me dieron ganas de dejar todo después de verlo tocar. No quiero volver a ver jamás a ese hijo de puta.




