
Todd Solondz dejó feliz a todo el mundo
Aplausos: el segundo y provocativo film del director de "Mi vida es mi vida" sacudió la modorra general de la muestra.
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MAR DEL PLATA.- Cuando los atribulados críticos que cubren la competencia oficial comenzaban a sufrir algunos síntomas psicofísicos inesperados, producto de la acumulación de películas malas, previsibles o, en el mejor de los casos, apenas correctas, apareció "Felicidad", segundo largometraje del realizador norteamericano Todd Solondz, para generar el mismo sentimiento que el título y sacudir la modorra imperante.
"Felicidad" es una de las películas más corrosivas, provocativas y hasta morbosas que se hayan filmado en los últimos tiempos. En la línea de su trabajo anterior ("Mi vida es mi vida"), este cineasta de 38 años da un paso más allá en su descarnada descripción de las miserias de la clase media norteamericana.
La película gira en torno de tres hermanas muy distintas entre sí que viven en Nueva Jersey. A su alrededor circulan varios de los personajes más anticonvencionales y desquiciados que puedan imaginarse: obsesivos sexuales, reprimidos, sádicos, hipócritas, cínicos, negadores y, aunque parezca contradictorio, también queribles.
Con un humor corrosivo a-lo-John Waters, y con decenas de pequeñas y precisas observaciones acerca de las miserias de la sociedad contemporánea, "Felicidad" es, aun cuando le sobra media hora (dura 134 minutos), una obra fundamental dentro del cine independiente norteamericano de estos años 90.
Frente a semejante impacto que provocó "Felicidad", "La cara del Angel" retomó, lamentablemente, la tónica anterior de la sección oficial.
La segunda película del director argentino Pablo Torre es una suerte de recorrido por los últimos 20 años de historia: arranca antes del golpe de Estado y termina después de la Guerra de Malvinas.
A través del derrotero de un niño (luego adolescente y finalmente adulto) cuyos padres son secuestrados por grupos paramilitares, y que luego es enviado a un colegio de curas, coquetea con el nazismo y termina combatiendo en el Atlántico Sur, el realizador de "El amante de las películas mudas" intenta denunciar la hipocresía y la represión. Pero -más allá de las intenciones- lo hace apelando a los peores vicios de un cine argentino que, evidentemente, todavía sigue vigente: diálogos sentenciosos y forzados, sobreactuaciones, climas artificiosos y un sentido de la denuncia demasiado obvio, remanido, sin un mínimo de sutileza. Si Torre quiso como artista dejar sentada su posición ante el tema (constantemente ronda el caso Alfredo Astiz), lo hizo con una estética que evidentemente atrasa demasiado.
Un film distinto
Entre varias películas apenas correctas, como "Sekal debe morir", una suerte de western checo ambientado durante la Segunda Guerra Mundial, o "Un tiempo para recordar", que describe la odisea de un médico norteamericano en medio de la convulsionada Shanghai de 1936, apareció una de esas raras joyas que cualquier espectador desea descubrir en un festival: "De deformes y de hombres", del ruso Alexei Balabanov. Filmada en sepia, con una estructura similar a la del cine mudo (con intertítulos incluidos), aunque con un puñado de diálogos, "De deformes y de hombres" es una suerte de regreso a "Freaks", el clásico de Todd Browning.
En medio de situaciones tan disímiles que van desde el sadismo hasta el amor apasionado, aparecen personajes tales como siameses cantores, mujeres ciegas y torturadas y hombres cuyas meras sonrisas provocan estremecimiento. Balabanov (39 años, director de "Días felices", "El castillo" y "Hermano") construye con una maestría técnica llamativa una película divertida, patética y atrapante a la vez. Una película que no se parece a nada.
En la sección Detrás de la Cámara se exhibió "El general", un gran film del inglés John Boorman, quien obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes 1998 por este trabajo.
El realizador de "Deliverance-La violencia está en nosotros" y "La esperanza y la gloria" se fue a Irlanda para filmar la vida de Martin Cahill, un audaz ladrón que se convirtió en mito popular no sólo por sus creativos robos, sino básicamente gracias a su talento para ridiculizar a la policía y a la justicia inglesas.






