
Trabajo y felicidad, con el alma iluminada
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Nació en San Martín, provincia de Buenos Aires, pero desde hace años está radicado en Madagascar, isla ubicada entre Asia y Africa donde hay pobreza crónica y la explotación es moneda corriente. Al frente de la asociación humanitaria Akamasoa, va y viene Mompera (deformación del francés mon père, mi padre), que es, en realidad, el sacerdote Pedro Opeka, un hombre infinitamente sensible que un día supo que debía ser misionero en tierras remotas para vivir y hacer conocer el amor de Dios. "Me fui en 1970. Mi comunidad de San Vicente de Paul necesitaba gente para la misión del océano Indico y respondí a ese llamado. Llegué un 26 de octubre y mi primera impresión fue que volví a nacer en otro mundo. Todo era diferente: la gente, el idioma, la cultura, las tradiciones, la mentalidad, la religiosidad, el clima, la tierra, los bosques tropicales, y las condiciones de vida tan precarias. Pero no me asusté, sino todo lo contrario. Dentro de mí corría un gran entusiasmo, no veía la hora de conocer la primera aldea y presentarme como un nuevo amigo."
Lejos de la emoción, los habitantes del primer pueblo que visitó reaccionaron con pánico. "Apenas me vieron, blanco, comenzaron a gritar. Los chicos y las mujeres se escaparon al bosque y me quedé solo sin saber qué hacer. Decidí esperar. Supuse que llegaría el día en que ellos me invitarían a visitarlos. Y así fue."
Opeka (que en esloveno quiere decir ladrillo o teja) se comunica en malgache, única lengua de la isla a pesar de las 18 tribus existentes. "Es difícil, ya que tiene otra estructura gramatical y una lógica totalmente diferente. Pero terminé aprendiéndola y amándola. Sus proverbios encierran una sabiduría ancestral profunda. Uno, que me encanta, dice: No mires el valle silencioso, mira al Creador por encima de tu cabeza ."
Después de 36 años fuera del país, se siente ciudadano del mundo. "Por supuesto, queda algo de nostalgia. Yo extraño la pampa, la alegría de vivir y ser de los argentinos, el fútbol, el asado, la familia. Es raro encontrar en el mundo la afectuosidad del argentino. En cambio, acá resulta imposible exteriorizar los sentimientos. Todo pasa tan rápido; hay tanta muerte y tanto desencuentro que si uno manifiesta públicamente el afecto por otra persona todos se ríen."
Su día comienza a las 4.45. Dedica 15 minutos a la meditación y luego celebra misa en la capilla. A las 6 desayuna café con leche condensada, un pedazo de pan y miel. Media hora después está en su oficina, donde abre el correo electrónico y responde las cartas más urgentes. Más tarde prepara artículos y charlas junto con sus colaboradores, que son 327 jóvenes malgaches; entre ellos maestros, médicos, parteras, técnicos y asistentes sociales. "Los temas por tratar tienen que ver con la violencia, la salud, la educación, el trabajo, la gente abandonada en las calles. A media mañana me reúno con las personas que me ayudan con el tema de las finanzas (compra de medicamentos, alimentos, materiales de construcción, etcétera), y después recibo a turistas europeos interesados en el proyecto, o simplemente gente que, estando de paso, ¡quiere llevarse la foto de recuerdo de Akamasoa! Y es entendible. En la guía más famosa de Francia nos dedicaron una página e invitan para que nos visiten. Nos ponen de ejemplo sobre cómo se puede salir de la pobreza. La cosa es que terminan asistiendo a nuestras misas, donde 6000 personas, con sus cantos y danzas autóctonos, manifiestan su fe y lloran de emoción."
Misericordia sí, sacrificio no
Cuando no tiene algún entierro duerme una breve siesta. Después recorre el pueblo para controlar cómo van las obras en las escuelas; los dispensarios; los talleres de mecánica, carpintería, tornería y confección. "Al atardecer visito el centro de acogida y hago un picadito con los chicos en un pequeño campo. A veces terminamos el día con un grupo de oración, cantamos y rezamos un salmo. La comida se realiza a las 19.30, y a las 20 hago mi última visita al Santísimo en la capilla. Antes de dormir, suelo mirar algún noticiero, leer algún artículo o libro. Pero seguramente a las 22 apago la luz para dormir."
Sus frases de cabecera son: No quiero sacrificio, sino misericordia , y Nadie tiene más grande amor que el que da la vida por sus amigos . "Son palabras de Jesús, ideas revolucionarias que hoy pocos entienden. Creo que no hay pobreza digna e indigna. Toda pobreza es un mal, falta de algo, que lo hace imperfecto. Pero hay pobres ante los ojos del mundo que son ricos en espíritu frente a Dios. En este caso la palabra pobreza no quiere decir miseria, sino riqueza espiritual. Hay gente pobre que vive con una dignidad ejemplar. ¡La pobreza material no le ha perjudicado ni matado el espíritu! Es gente que esperando días mejores salvó lo esencial en su vida, que es la gracia de Dios en sus corazones."
Así, ocupado las 24 horas y siempre con actitud optimista, Opeka desdramatiza y construye. "Soy feliz. Los días pasan diferentes o no tanto, siempre con anécdotas y sorpresas. ¿Instantes inolvidables? Por ejemplo, la amistad con los reyes de la tribu Antaisaka, cuando dijeron a su pueblo que yo era un hijo, que ya pertenecía a la tribu. Pero también vivo momentos desgarradores al ver morir a niños de malaria o de hambre. Esta última Navidad fue inolvidable. Con los chicos de la calle armamos un pesebre viviente que duró una hora y media frente a 4000 personas. Y bueno, entonces se nos ilumina el alma."
Opeka exprés
Cocina: “La vida cotidiana se mueve muchas veces alrededor de la cocina. En todo el mundo es el lugar más frecuentado en una casa, y acá también es especial. A mí me gusta mucho el arroz, los huevos fritos, el puré. Y, por supuesto, darme el gusto cada tanto con una buena sopa eslovena, con fideos y buen tuco”.
La Argentina: “Tocamos piso en 2002 y estamos repuntando. Es un país con un gran potencial y enorme riqueza humana. En este momento, la Argentina comienza a inspirar confianza en el exterior, y eso me alegra mucho. No hay que perder la oportunidad de mejorar la seguridad de bienes y de personas en los grandes suburbios del Gran Buenos Aires. Es una obligación invertir en más medios y recursos en los barrios más pobres y excluidos del progreso. También abrir calles, alumbrar, crear redes de agua potable, construir viviendas y espacios verdes”.
Libro: “Jesús María Silveyra, que escribió Un viaje a la esperanza , libro que cuenta mi experiencia, es un hombre de fe, alguien que se ha convertido y que con su corazón y su alma ha vuelto a encontrarse con Dios. Tiene humildad, y eso le abre camino en el mundo; por esa virtud acepté que viniera a escribir sobre nuestra obra”.
Sueño: “Sólo quiero que el mundo sea más justo y que las riquezas estén mejor repartidas. Que los pobres sean respetados y que los niños no pasen hambre y tengan derecho a un porvenir digno”.
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