
Travolta, en una batalla perdida
"Batalla final: Tierra"("Battlefield Earth" EE. UU. / 2000) Presentada por Distribition Company. Dirección: Roger Christian. Con John Travolta, Barry Pepper y forest Whitaker. Duración: 118 minutos. Para mayores de 13 años. Nuestra opinión: Mala
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Las películas de ciencia ficción tienen sus ventajas. El género dio muchas obras maestras, pero no es necesario alcanzar la estatura de un "Alien" o un "Blade Runner" para que los seguidores encuentren en un film cualquiera atractivos de toda laya.
"Batalla final" viene precedida por la controversia (algunas fuentes vinculan su financiación con el culto de la cientología) y también por el dudoso honor de formar parte de todas las listas anuales para consagrar la peor película de 2000. Pero las expectativas se ven rápidamente defraudadas: no hay nada que se destaque en esta cinta anodina, letalmente tediosa. La colección de lugares comunes, la pobreza de los efectos especiales, la mediocridad de la imaginación, hacen extrañar los recursos de películas de hace dos décadas, como "Escape de Nueva York", de John Carpenter.
"Batalla final" transcurre en el año 3000. La Tierra se encuentra en las manos de los psiclos, una especie extraterrestre fascistoide. Los alienígenas han convertido el planeta en un gran campo de concentración en que la gran mayoría de los humanos, zombies, viven esclavizados. Los alienígenas son fríos y crueles, pero se parecen bastante a los humanos: se emborrachan en bares, urden algunos modestos complots entre ellos y son mezquinos a más no poder. Terl (Travolta), el jefe de seguridad planetario, descubre que un subordinado (Ker, interpretado por Forest Whitaker) dio con una mina de oro contigua a un yacimiento de uranio. El elemento radiactivo es extremadamente dañino para los psiclos, por lo cual Terl, tras chantajear a su segundo, decide valerse de Goodboy, el terrícola que según él posee un coeficiente intelectual superior a la media, para hacerse rico. Le enseña (o, mejor sería decir, le inocula) el idioma psiclo y lo prepara para su tarea. Por supuesto, no contaba con su astucia ni con sus dotes para el liderazgo y el amotinamiento.
La polvareda levantada por esta película pasajera y olvidable sólo puede atribuirse a razones extracinematográficas. Los supuestos mensajes subliminales para captar adeptos a la cientología (de la que Travolta, como otras estrellas de Hollywood, es acólito), de existir, son inocuos. Como instrumento de propaganda, el film se parece demasiado a la publicidad de un somnífero para modestos terrícolas.






