
Un ángel con modos agresivos
Nuestra opinión: regular
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"El ángel de la medianoche", con la conducción de Baby Etchecopar. Producción:Gabriel Hochbaum. Por América, los domingos, a las 23.
Que Baby Etchecopar haya llegado a la TV abierta se explica ante todo por el fenómeno casi de culto que su figura y su programa generaron desde el cable. Los ecos de "El ángel de la medianoche" ya resonaban en distintos ámbitos mucho antes de su llegada a América, no tanto por el programa en sí, sino por el condimento más picante de su propuesta:el intercambio de insultos y palabrotas que mantiene con los televidentes a través de la pantalla.
Ahora, Etchecopar se instaló en América con la misma propuesta, aunque enriquecida en lo formal con el apoyo desde la producción de Gabriel Hochbaum. Se presenta como una suerte de outsider que cada vez que sale al aire dice no saber si el programa que está haciendo será el último.
"El ángel de la medianoche" reproduce en TV aquel estilo descripto por Oliver Stone en el film "La radio ataca", inspirado en una obra teatral de Eric Bogosian: el del comunicador que dialoga con hombres y mujeres que eligieron apartarse de las propuestas más convencionales y optaron por tomar contacto con los medios en espacios y horarios considerados marginales. El tenor de las charlas es crudo y ni el conductor ni sus interlocutores ahorran adjetivos o crudeza al hablar.
En este contexto, Etchecopar propone una irónica vuelta de tuerca en la siempre controvertida cuestión de los concursos televisivos y lanza consignas permanentes y entusiastas en favor de la educación permanente y en contra de las drogas, de la corrupción, de las dictaduras y del ejercicio de la censura. Este discurso bienintencionado choca con las conversaciones de vuelo bajo en las que Etchecopar opta por una postura agresiva más exterior que profunda.
Es probable que haya gente dispuesta a comunicarse con Etchecopar con la simple intención de provocar. Y encender desde allí una mecha que luego se convierte en una catarata de insultos desde ambos lados de la línea.
Pero no incomodan tanto las palabrotas como las reacciones espasmódicas del propio Etchecopar, que no se sabe si por capricho o por un raro placer parece disfrutar cada vez que escucha algo que no le gusta. Interrumpe a su interlocutor (aunque éste haya fundamentado sus argumentos) y decide dar por terminada la conversación.
Gestos de este tipo chocan flagrantemente con la prédica previa de Etchecopar. Quien, como él, es capaz de lanzar encendidas prédicas en contra de los gobiernos intolerantes no parece encontrar el modo de tener una charla civilizada con personas que le cuestionan palabras y posturas. La sorna no es sinónimo de ingenio.
Con semejante contradicción (aquí decisiva, porque constituye el eje del programa), "El ángel de la medianoche" no es un espacio para el ejercicio de la libertad.
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