
Un año marcado por Evita y el sol del otoño
Año curioso el que se va para el espectáculo en la Argentina. Por un lado, en más de una oportunidad el nombre del país asomó con fuerza en el exterior a partir de nombres propios que lograron premios y de la indiscutible resonancia que provoca en el mundo un proyecto cinematográfico como la "Evita" de Alan Parker y de Madonna.
Por otro, fronteras adentro, este año marcó un quiebre en la tendencia de las últimas temporadas:la recesión económica retaceó presencia masiva en las salas teatrales y en los espectáculos de música popular. Las visitas internacionales se redujeron, muchas debieron cancelarse o hacerse frente a auditorios semivacíos y los megarrecitales al aire libre sólo funcionaron en contadísimos casos de probada convocatoria, como AC/DC y Luis Miguel.
Si una figura sintetiza en logros, reconocimientos y premios lo mejor de 1996, no hay duda de que el año que se va gira alrededor de Norma Aleandro. En el teatro (con "Master class") y en el cine (con "Sol de otoño") cosechó una repercusión no alcanzada por ningún otro nombre del espectáculo local.
El notable año de Aleandro rebotó con fuerza en el exterior, con el muy prestigioso premio a la mejor actriz conquistado en el festival de San Sebastián y su candidatura al Goya, ambas en España y por "Sol de otoño", distinciones a las que se agregan nada menos que a los dos premios Oscar que recibieron dos argentinos, Eugenio Zanetti y Luis Bacalov, aunque ambos hayan desarrollado lo más importante de sus respectivas carreras en Estados Unidos y en Italia, respectivamente.
1996 también transcurrió, en el comienzo y en el final del año, bajo el signo de "Evita". Enero elevó aún más la temperatura con el desembarco de Madonna, Parker y su equipo, desatando más de una controversia que fue más allá del hecho artístico y adquirió connotaciones políticas. Finalmente, el equipo internacional se dio el gusto -permiso mediante del presidente Menem- de utilizar el balcón de la Casa Rosada, algo que también pudo hacer Juan Carlos Desanzo, director de una "Eva Perón" local que mostró la entrega desbordante de Esther Goris.
"Evita" volvió con todo en diciembre. La película de Madonna se estrenó con todos los fastos en Estados Unidos y parece querer abrirse camino hacia el Oscar, una incógnita que se develará en marzo, un mes después de la fecha (fines de febrero) en la que el film de Parker se estrenará aquí.
No fue la de "Evita" la única controversia del año. La televisión recogió con intensidad los ecos de un año pródigo en escándalos, denuncias y acusaciones de todo tipo. Entre cámaras ocultas e investigaciones encubiertas, las desconocidas Samantha y Natalia adquirieron una popularidad inimaginable antes del estallido del "caso Cóppola".
También quedará 1996 como el año en que los argentinos se quedaron sin ver por TV "La última tentación de Cristo". Lo que iba a ser el cierre de una larga veda en nuestro país para el film de Scorsese se transformó en un farragoso proceso judicial todavía inconcluso.
En el año cinematográfico reinaron por igual en la taquilla dibujos animados, computadoras y efectos especiales, que regaron con generosidad -y mucho dinero de por medio- éxitos como "El jorobado de Notre Dame", "Twister" o "Día de la independencia".
En teatro hubo una oferta múltiple de propuestas en una temporada intensa, que no tuvo una invasión de público a las salas pese al esfuerzo de los productores por llevar adelante promociones y rebajas.
En materia musical y de danza brillaron algunos espectáculos de ópera, el extraordinario ballet Kiro y el cierre de temporada con "La bella durmiente", mientras en el ámbito popular el año fue testigo de presencias de impresionante convocatoria (los mencionados AC/DC, Luis Miguel, el dúo Page-Plant), presencias destacadísimas con buena respuesta de público (Caetano Veloso, Lou Reed) y más de una visita frustrada (Bryan Adams, Björk) por avatares económicos que obligan a revisar la estrategia de los empresarios que traen figuras internacionales a esta plaza.
En las páginas siguientes se pasa revista a un año que dejó, en todos los géneros, mucha tela para cortar. Tal vez 1997, un año que volverá a estar signado por "Evita", pero mucho más por la anunciada presencia del mago David Copperfield, devele con la ayuda de algún pase de ilusionismo todo lo que en esta temporada quedó por decir y por hacer.
Las cifras: 10 millones
En materia de cine, Hollywood manda, ya se sabe. También estuvo a la cabeza en este 1996, por lo menos en el terreno de las cifras. Por presencia -basta echar un vistazo a cualquier cartelera para observar el predominio absoluto de títulos producidos en la Meca- y también por elección (condicionada, claro, pero elección al fin), de los espectadores.
"El jorobado de Notre Dame", "Día de la Independencia", "Twister", "Misión imposible", "La roca" fueron algunas de las películas más vistas. Aparentemente, el entretenimiento triunfó otra vez. Pero sacar conclusiones apresuradas sobre las preferencias del público puede conducir a equívocos, sobre todo si se considera que, como viene sucediendo en todos los rincones del planeta, la producción made in Hollywood suele copar los circuitos de exhibición y deja poco espacio libre.
Otro cine
Así y todo, entre los cada vez más sofisticados dibujitos del sello Disney, las impresionantes catástrofes fraguadas en laboratorios informáticos y los feroces policiales de la era post-Tarantino, algunas obras más comprometidas y complejas lograron hacerse un lugar en la cartelera y obtuvieron llamativa repercusión. Con lo que se puso en evidencia, una vez más, que existe en Buenos Aires mucho público interesado en un cine menos complaciente, un cine en el que hay lugar para la poesía y donde es posible ver reflejados los deseos, los temores, las vacilaciones y las esperanzas del hombre de hoy.
Ahí están para probarlo, por ejemplo, y quizás por encima de todo, "Antes de la lluvia", de Milcho Manchevsky, y "Underground", de Emir Kusturica, dos títulos memorables venidos de la sufrida tierra balcánica que aún hoy trata de dejar atrás la pesadilla bélica. O "Tierra y libertad", la sensible aproximación del inglés Ken Loach al día a día de la Guerra Civil Española. O la diáfana "Madadayo", debida al espíritu sabio y siempre lúcido de Akira Kurosawa.O "La reina de Shanghai", con el refinamiento de Zhang Yimou y la poderosa seducción de la bella Gong Li. La nómina podría prolongarse. Afortunadamente.
Pero más allá de la enumeración de títulos y de datos estadísticos más o menos reveladores de lo que pasó con el cine en 1996, la temporada dejó otras señas particulares visibles:
- Fue un año dibujado por Disney, que prestó su admirable fábrica de fantasías para recrear la historia de "El jorobado de Notre Dame", para contar, computadora mediante, una encantadora historia entre juguetes -"Toy Story"- y, sobre el final del año, para volver a adueñarse de los récords con "101 dálmatas", ahora con perritos de carne y hueso y con una divertidísima Glenn Close en el papel de la malvada Cruella.
- "El cartero" fue un fenómeno aparte que emocionó a todos. Fruto de la poesía de Neruda, de la áspera belleza de la isla de Procida y de la entrañable bonhomía de Philippe Noiret, pero por sobre todo de la sencilla y conmovedora espontaneidad de Massimo Troisi, que estuvo a punto de ganar un Oscar post mortem.
- Los efectos especiales fueron las grandes estrellas que llevaron al éxito a "Día de la Independencia" (sobre una invasión de extraterrestres); a "Twister" (sobre un tornado devastador); a "Misión imposible", que tenía el valor agregado de la presencia de Tom Cruise; a "Mortal Kombatt", que vino del mundo de los videojuegos; a "Jumanji", que trajo todo el zoológico a casa. Y también a "Babe", el encantador cerdito hablador del film australiano que convirtió una granja en una metáfora sobre la sociedad contemporánea.
- Dos policiales descollantes -"Pecados capitales", de David Fincher, y "Los sospechosos de siempre", de Bryan Singer- tuvieron en común el ingenio de su estructura narrativa y la presencia de un actor brillante: Kevin Spacey. Este sí se llevó el Oscar a casa. En buena hora.
- Otro que lo obtuvo -y muy merecidamente- fue Nicholas Cage, el escritor fracasado y alcohólico que compartía con la bella Elisabeth Shue un viaje a la autodestrucción en la aplaudida "Adiós a Las Vegas".
- De Francia vinieron dos crudas radiografías de nuestro tiempo debidas a otros tantos maestros del cine:Claude Chabrol ("La ceremonia") y Bertrand Tavernier ("La carnada"). La primera permitió además el reencuentro con una gran actriz:Isabelle Huppert.
- No hay que olvidar a Shakespeare, que siempre está de moda y que permitió a Ian McKellen y a Kenneth Branagh ofrecer magníficos trabajos en "Otelo" y "Ricardo III", respectivamente.
- Cineastas de prestigio renovaron el crédito. Almodóvar con "La flor de mi secreto", Scorsese con "Casino", Cronenberg con la polémica "Crash", el cubano Gutiérrez Alea con "Guantanamera" y Woody Allen con "Poderosa Afrodita", que mezcló a clásicos griegos con su entrañable fauna humana de Manhattan.
- No les fue muy bien a Marlon Brando ("Don Juan de Marco" y "La isla del doctor Moreau"), ni a Claude Lelouch ("Los miserables") ni a los que intentaron remakes de viejos éxitos ("Sabrina", "Diabolique", "El profesor chiflado"). En cambio, varios actores se lucieron detrás de la cámara:Tim Robbins con "Mientras estés conmigo", Sean Penn con "Vidas cruzadas", y sobre todo Stanley Tucci, que en colaboración con Campbell Scott dirigió "Big Night", una de las sorpresas más deliciosas del año.
- Un caso aparte: "Caro diario", ocurrencia inclasificable e inteligentísima de Nanni Moretti, que echó un bienvenido soplo de frescura sobre un cine cada vez más preso de fórmulas probadas en la taquilla.
- Habrá en este repaso, seguramente, muchas omisiones, pero sería imperdonable olvidar al monumental Alberto Sordi, que dio una vuelta de tuerca a su personaje de siempre con la ayuda de Ettore Scola en "Crónica de un joven pobre". También es justo anotar que pudo conocerse finalmente la perturbadora "Criaturas celestiales", del neocelandés Peter Jackson.
- Hubo luces y sombras, como siempre. Lo mejor, seguramente, habrá sido el aumento del número de espectadores, más de un 5 por ciento respecto del año pasado. Lo peor: el adiós a Marcello Mastroianni, ese amigo entrañable que todos teníamos en el mundo ilusorio del cine.
Un festival con más errores que aciertos mejorar
Tras un compás de espera de veintiseis años, la Argentina recuperó el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Con una oferta de más de 150 películas provenientes de los más diversos países del mundo, el gran logro del encuentro fue, sin duda, la masiva afluencia de público a las salas. Los espectadores se interesaron no sólo en seguir paso a paso la muestra oficial, de carácter competitivo, sino también la amplia gama de secciones paralelas, entre las que se destacaron "Contracampo" y "La mujer y el cine".
Con buen cine y mucho público, el Festival habría podido ser un éxito indiscutible. Sin embargo, las fallas de organización conspiraron en su contra. Considerado, "clase A" -categoría que comparte con muestras cinematográficas como Cannes, Venecia o San Sebastián-, el Festival deMar del Plata no estuvo a la altura de la exigencia internacional. Constantes alteraciones en la programación, funciones suspendidas a medio camino por fallas en los proyectores, invitados internacionales que no recibían la atención adecuada, y la falta de organización para facilitar el trabajo de la prensa, fueron moneda corriente.
Concluida la 12a. edición del Festival, la muestra siguió siendo noticia, no ya por motivos artísticos, sino por un cuestionamiento respecto del manejo de los fondos. En medio del vendaval de acusaciones, Julio Mahárbiz, titular del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa)y presidente de la Fundación Cine Argentino, entidad a la cual se giraron fondos para la organización de la muestra, se apresuró a llamar a conferencia de prensa y presentar una suerte de balance provisional. La última palabra aún no está dicha, con lo cual habrá que esperar las cuentas definitivas.
Pero, afortunadamente, el Festival no sólo dejó pendientes entuertos de dinero, sino también otros proyectos más alentadores. Por ejemplo, la realización de un film entre España y Argentina, dado que el premio en dólares destinado a la coproducción de un largometraje, recayó en "El perro del hortelano", de Pilar Miró.
Con sus más y sus menos, y en vistas a la edición del año próximo, cabe pensar que el Festival Internacional de Mar del Plata fue este año una suerte de borrador al que habrá que perfeccionar para situarlo a la altura de la categoría que supo conseguir, el de una muestra clase A.
Cine
Más de treinta y cinco estrenos en el año es un número muy alto para la cinematografía argentina. La cifra de 1996 viene engordada por la presentación rezagada de algunas realizaciones muy antiguas y gracias a las copias guardadas en la recién reciclada filmoteca del Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales (INCAA).
La fiesta numérica contó con el apoyo continuado de las tres salas del Complejo Tita Merello -destinado al cine nacional-, siempre dispuestas a recibir una película más, aunque el público no le fuera tan fiel como se esperaba. La cantidad es bienvenida, la calidad deja bastante que desear.
Los generosos términos de la nueva Ley del Cine (1994) movieron a los interesados a colmar de proyectos -muchos realizados- la mesa de entradas del INCAA. Esa ley es menos generosa con las autoridades del organismo, que se hallan acotadas en sus decisiones por la Asamblea Federal, el Consejo Asesor y los diversos comités administrativos. Estos pasos, afirman algunos, aunque democratizan la tarea de la Institución, lentifican el recorrido interno de los expedientes, pero es bien sabido que, acordado un crédito, es mucho más lenta la llegada del dinero a manos del productor.
El acontecimiento más importante del año y seguramente el más fructífero, en el futuro, para nuestra cinematografía fue el Festival de Mar del Plata. Miles y miles de personas poblaron las salas cinematográficas de la ciudad balnearia destinadas a la proyección de películas del mundo entero. Fue insólito escuchar una discusión sobre si era más importante la producción de Madagascar presentada que la de Sri Lanka, sin dejar de anotar que muchos descubrieron el cine persa, las realizaciones griegas y los productos fílmicos rodados durante la guerra de Bosnia.
Los asistentes al festival -muchísimos jóvenes, entre los cinco mil estudiantes de cine que hay en todo el país- comprobaron que una muestra cinematográfica contemporánea no se hace con estrellas (menos aún, con quejosas y malhumoradas estrellas de la antigüedad), sino con películas que sirven a los públicos más diversos, tanto como a los distribuidores, que descubren en las pantallas festivaleras gemas culturales de variado futuro.
El festival tendrá buen eco entre la juventud veinteañera (se vendieron más de cien mil entradas, en pocas salas y se trabajó a cine lleno desde las ocho de la mañana), que mantendrá ese espacio (si subsiste, tras las críticas a la organización) como el seminario anual de cine donde se proyecta el material fílmico que se estrenará localmente y aquél que jamás verá la luz de las pantallas argentinas.
Las entradas a precios muy populares -cosa que no ocurre en las salas comerciales- contribuyeron al éxito de público y a la orientación muy cinematográfica que adquirió.
Hubo más de treinta y cinco estrenos argentinos en 1996, pero ninguno de ellos va a cambiar la historia de nuestra cinematografía. Tampoco hay uno que marque tendencias o que connote una mirada colectiva sobre aspectos de nuestra realidad: el tema del desempleo del trabajador argentino y su peso sobre la familia del desocupado, por ejemplo, no ha sido motivo de algún film -todavía-, como ocurrió con el cine italiano tras los remezones de la guerra.
Un año más
Nuestra pantalla sigue adherida a un falso concepto de cine de autor. No hay director que no identifique su film con su nombre y apellido en el comienzo, como si ya anunciase, inmodestamente, su obra maestra. La película más exitosa y la más ambiciosa e inteligente del año, "Sol de otoño", dejó muy preocupado a Eduardo Mignogna, cuando su nombre quedó reducido al de quien puso en escena los maravillosos trabajos actorales de Norma Aleandro y Federico Luppi. Sin embargo, qué suerte para Mignogna por ese éxito internacional y porque logró un film para el público y al mismo tiempo una realización artística.
Hubo en el año documentos de ésos que buscan reducir la realidad a la imagen, tales como "Carlos Monzón, el segundo juicio" y "Eva Perón", que mereció de la revista Variety (EE.UU.) un juicio lapidario. "Cazadores de utopías", "Hundan al Belgrano" y "Tierra de Avellaneda", otros tres documentos, procuran desde la encuesta remover el ánimo y el quietismo irreflexivo del espectador.
En la línea de reconstrucción del pasado, "Al corazón", de Mario Sábato, ingresó en la línea de la antología indispensable de los mejores momentos del viejo cine nuestro.
Dos nombres tradicionales de la industria se destacaron con sendas producciones: Rafael Filippelli con una muestra notable, "El ausente", una realización que procura concretar el tiempo y el espacio, categorías al servicio de una denuncia que también tiene que ver con la estética que planea sobre la película; y Nemesio Juárez, que se animó con la literatura clásica nacional con su ponderable "Cuentos de locura, de amor y de muerte", sobre relatos de Horacio Quiroga.
Jorge Polaco, el director de mayor riesgo entre sus colegas argentinos, no sólo consiguió la vuelta a la pantalla de Isabel Sarli ("La dama regresa"); también expuso con su lenguaje recortado y su discurso irónico y punzante un retrato funambulesco, el único, sobre nuestro (sub)mundo porteño de hoy. Eliseo Subiela, en "Despabílate, amor" le dio una vuelta más a su lenguaje demasiado convincente.
"Moebius", producido por la Universidad del Cine, dejó sentado que el cine, cuando es de riesgo, es posible y, más aún, cuando sus responsables son estudiantes que tienen bien aprendidos la noción y el sentido de la producción comercial con sensatez artística. Hubo quince directores de variadas edades que dieron su ópera prima. Sobresale, entre ellos, Mario Levin con "Sotto voce", un producto bien elaborado, aunque desinflado en su faz final.
Por supuesto, como siempre, prevalecieron los productos netamente industriales, esos films de impecable factura, segura venta sobre la platea y diverso resultado en la boletería y entre el gusto de las audiencias: "El dedo en la llaga", de Alberto Lecchi, "El mundo contra mí", de Beda Docampo Feijóo, "El verso", de Santiago Oves, "La maestra normal", de Carlos Orgambide, "Lola Mora", de Javier Torre, y "La revelación", de Mario David.
Hace una semana, el Sindicato de la Industria del Cine (SICA) hizo una reunión de fin de año a la que concurrieron diversos representantes de las áreas del cine. Dio su presente un emisario de la Secretaría de Cultura de la Nación, pero estuvo ausente el correspondiente del INCAA, los dos organismos del Poder Ejecutivo que mantienen una feroz enemistad interna que mejor sería superar, por el bien de la industria.
Al ingresar en el tradicional local del SICA, en Juncal y Ayacucho, la cartelera de informaciones ostenta el largo listado de las producciones cinematográficas prontas para comenzar(el 6 de enero larga la primera, "La sonámbula", del operaprimista Fernando Spiner). Los nombres y la nómina son un interesante vaticinio para el año que se inicia, aunque es probable que ya no supere el número de treinta y cinco. Qué más da.






