
Un artefacto demasiado controlado
Nuestra opinión: Buena. "Comodines" (Argentina, 1997), presentada por FilmArte -Artear, Pol-Ka, Flehner Films-.
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Libro: Gustavo Bellati, Ricardo Piglia, Mario Segade. Guión: Bellati y Segade. Fotografía: Ricardo De Angelis. Música: Iván Wyszogrod. Montaje: Alejan- dro Alem. Dirección de arte: Clara Notari. Elenco: Carlos Calvo, Adrián Suar, Rodolfo Ranni, Víctor Laplace, Nancy Duplaá, Nelly Prono. Codirector: Daniel Barone. Dirección: Jorge Nisco. 120 minutos. Para mayores de 13 años.
En los títulos, fuego y ruido de armas. Todo, agigantado y como indicio de lo que se viene. En la platea, suponemos, la ansiedad de los espectadores por prolongar sobre la pantalla grande las inquietudes de sus héroes del televisor cotidiano.
Entre los actores hay un esfuerzo grande de realismo que los expone al sudor, la roña y los grandes primeros planos como para que nadie dude del esfuerzo. El resultado, un capítulo de "Poliladron" en la medida del cine.
La producción va a lo seguro: copia la pareja de policías del modelo más gastado de Hollywood y crea desconfianza entre ambos; descree del riesgo narrativo con una anécdota más entre policías buenos y malos y divide la acción en dos planos, la del fondo, con explosiones y tecnología de punta, y la del frente, con los actores que hacen lo suyo, correctamente pero despreocupados de lo que ocurre atrás. Seguramente, se hablará mucho de los logros tecnológicos y muy poco de la acción dramática, aun cuando la trama se ve manejada al detalle desde el guión.
Los dos policías de la historia deben hallar al "doble agente" _el comodín_, que trabaja entre los buenos pero enganchado con los malos. Aunque no se trata de un film de suspenso _es un muestrario de hasta dónde podemos y que lo conseguimos_ y es fácil intuir pronto que la cabeza requerida pertenece a un policía de rango, la trama se sigue como una de vigilantes y ladrones. Como en tiempos que parecían superados, la película se erige en un servicio a los servicios.
"Comodines" es un trabajo de producción, en donde se advierte el control puesto en todos los aspectos compositivos. Es un producto sólo dirigido a la boletería, por eso no recurre a un director probado en el cine ni a un tema para la reflexión, a la que es tan propicia la sala oscura. Con la mira puesta en la tecnología de las explosiones, los dobles de riesgo y los efectos especiales, el artefacto resulta eficaz, según denota la estructura.
El relato responde al tradicional formato-Hollywood, en el que, cuando comienza la acción violenta, se detiene la narración y así, alternadamente. Es asimismo el característico modelo de la "transparencia" bien probado en un siglo de cine: el ocultamiento de las huellas del director-creador en función del exclusivo lucimiento del creador-productor exterior. Aquí se descubre el fuerte control ejercido sobre la realización, con la consiguiente falta de espontaneidad y ausencia de búsquedas riesgosas.
"Todos sospechan de todos", dice el comisario Lizarraga, y nosotros también, hasta que descubrimos que el artefacto, como corresponde, no busca lo artístico sino la eficacia tecnológica, que está muy lograda.
Víctor Laplace es Lizarraga y su actuación es la más convincente entre todas. Cuando entra Adrián Suar _el mayor responsable del modelo que describimos_, ya ha pasado un buen rato de proyección. Entonces, la cámara se ubica en posición baja, elevando subliminalmente la estatura del actor y fortaleciendo la elocuencia del personaje, que debe volverse creíble pese al culto del muchachismo vulgarizado del que hace gala. El bueno de Carlos Calvo está a la buena de Dios.
En materia subliminal, aunque la evidencia la vuelve obvia, se torna insoportable la cantidad de publicidad encubierta que tiñe la imagen: ambulancias, carteles en la Panamericana, marcas de televisores, combustibles, lugares de comida, interminablemente.
No falta la arcaica escena de las condecoraciones a los vencedores ni el apunte suspensivo que anticipa una segunda parte. La canción de los títulos finales, por Divididos, dice que "la mentira es la verdad", un concepto peligroso del derecho y del revés.
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