
Un artista de saloon
Dos acontecimientos inexorables se repitieron el martes pasado: el fin de otro año y, como viene sucediendo desde 1968, también de la temporada de Bobby Short en el café del hotel Carlyle. Lo normal es que retorne a ese suntuoso saloncito con entrada por Madison Avenue durante algunas semanas a partir de mayo y luego nuevamente en el otoño, para quedarse cantando clásicos de la canción norteamericana hasta el 31 de diciembre. Una de las pocas tradiciones que Manhattan no ha perdido, aunque a ochenta dólares, entre derecho de acceso y consumición mínima, por una hora y pico en una máquina del tiempo de la elegancia musical guiada por ese debonair de casi ochenta, ya no sólo es un récord de permanencia sino también de precio.
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En la distante época en que The New Yorker era un semanario inteligente, Whitney Balliett publicó su perfil definitivo de este cautivante artista negro: "Sus logros como intérprete se vuelven todavía más notables cuando se consideran sus limitaciones", afirmaba. "Es un barítono casi siempre afectado por laringitis y con un quejoso vibrato que a veces se pasa y otras no llega a la nota buscada; además, toca el piano con tendencia a acelerar y depende de sus acompañantes para que el ritmo sea perfecto, pero todo esto se convierte en un estilo que balancea maravillosamente: el vibrato hace flamear el final de las frases como banderas, su laringitis otorga a la voz un sonido penetrante y la afinación incierta resalta la alegría y abandono que proyecta".
Han pasado más de treinta años desde que esas observaciones fueron redactadas y Bobby Short no ha hecho más que agigantarse hasta quedar completamente solo como el último de los grandes cantantes de saloon , guardián de un repertorio de deliciosas curiosidades que nadie domina como él y reliquia de una Nueva York que conoció refinamientos ahora extraviados entre el mal gusto de construcciones firmadas Donald Trump y los escombros de sitios históricos reciclados por la corporación Disney.
Este residente ilustre de la isla, que ha progresado de un studio sobre el Carnegie Hall al departamento que le cedió André Watts en el Osborne y compartió durante mucho tiempo con el pintor argentino Ronaldo de Juan, para mudarse finalmente a un piso cercano donde habitó Leonard Bernstein, nació en 1924 muy lejos de esos barrios envidiables, en Danville, un pueblucho de Illinois que abandonó en plena depresión para empezar, a los doce años, la dura experiencia de los teatros de variedades. Ya crecido -apenas si supera el metro sesenta, pero su astucia para elegir ropa y la prestancia con que la lleva lo hacen parecer un galán imponente-, siguió cantando programas de Gershwin, Berlin, No‘l Coward (su especialidad), Kern, Rodgers & Hart y el Cole Porter secreto (su gran especialidad) en cuanto lounge haya existido. Favorito de los hermanos Ertegun, a partir de 1955 grabó para Atlantic una docena de álbumes de prestigio, pero, no obstante su reconocimiento en el Oeste y en Chicago, nunca le fue demasiado bien en Nueva York hasta el afortunado anclaje en el Carlyle, donde llegó para reemplazar por un par de semanas a George Feyer -el Rubinstein de los cocktail pianists- y ya lleva treinta y cuatro años como anfitrión de noches distinguidas, una de ellas documentada por Woody Allen en "Hannah y sus hermanas".
Lo bueno es que no es necesario viajar al Norte cuando empieza el frío y encima gastar una fortuna para comprobar la naturalidad con que Bobby Short mantiene vigentes las grandes canciones del siglo pasado, ya que la mayoría de sus álbumes recientes están grabados en vivo en el café Carlyle. No el último, un recital de proporciones ellingtonianas titulado "Piano" en el que casi no canta y vuelve más asombroso el dato de que nunca aprendió a leer música, convencido por un contundente razonamiento de Erroll Garner: "¿Quién te crees que te va a escuchar leer?"



