Un Bond clásico y moderno

Diego Batlle
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1 de noviembre de 2012  

007: Operación Skyfall (Skyfall, Estados Unidos-Gran Bretaña/2012). Dirección: Sam Mendes. Guión: Neal Purvis, Robert Wade y John Logan. Fotografía: Roger Deakins. Música: Thomas Newman. Edición: Stuart Baird. Diseño de producción: Dennis Gassner. Elenco: Daniel Craig, Javier Bardem, Judi Dench, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Bérénice Marlohe, Ben Whishaw y Albert Finney. Duración: 143 minutos. Calificación: apta para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: muy buena

Primero, la sorpresa: Sam Mendes, director de la pretenciosa Belleza americana y sin grandes antecedentes en el género, regala una muy buena película de la saga Bond. Después, la ratificación: tras su brillante trabajo en Casino Royale y la decepción de Quantum of Solace , Daniel Craig se consolida como uno de los mejores 007 de la historia. Lo tendremos en al menos dos entregas más como para completar una serie de cinco participaciones.

Aunque pueda resultar un poco larga, aunque sus chicas Bond (Berenice Lim Marlohe y Naomie Harris) esta vez no se luzcan demasiado, aunque pueda ser calificada -otra vez- de machista y misógina, Operación: Skyfall es un muy sólido entretenimiento a gran escala que conjuga la espectacularidad de las largas escenas de acción (rodadas en su mayoría por el director de la segunda unidad Alexander Witt) y una densidad emocional en los personajes que no es habitual en la franquicia y que es el principal logro de Mendes. Lo que también combina con solvencia este 23er. film de la saga es la elegancia y los inevitables (y premeditados) clichés, la tradición de 50 años de historia y la modernidad de un tanque modelo 2012.

El film arranca -incluso antes que los créditos de apertura- con un largo set-piece de más de diez minutos con una persecución en moto por escaleras, techos, calles y bazares de Estambul para terminar sobre un tren a toda velocidad. Esa secuencia termina con el (aparente) fallecimiento de Bond, al punto de que M (Judi Dench) escribe su obituario.

Pero, claro, el agente 007 vuelve de la muerte y regresa -física y mentalmente maltrecho- al servicio de M (que esta vez sí tiene una participación protagónica) y de un MI6 jaqueado por terroristas informáticos que hasta vuelan sus instalaciones. Recién a los 70 minutos aparece el villano perfecto, un lunático megalómano interpretado con gracia y desparpajo por un excesivo y desopilante Javier Bardem, quien parece salido de una película de Pedro Almodóvar e incrustado en un film de espías.

La trama -de la que no adelantaremos ningún detalle- va de Estambul a Londres y de allí a Shanghai y Macao, con un despliegue de locaciones y recursos que el talentoso director de fotografía Roger Deakins aprovecha en todas sus posibilidades. Así, Mendes (con Deakins, Craig, Dench, un cínico Ralph Fiennes y hasta una notable aparición en la excelente secuencia final del enorme Albert Finney) termina redondeando un Bond para el disfrute. Y, por qué no, para el recuerdo.

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