
Un collage sin poesía sobre los Discépolo
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"La cicatriz ajena", de Héctor Gióvine, a partir de textos de Enrique Santos y Armando Discépolo. Intérpretes: Héctor Gióvine, Victor Hugo Vieyra, María de la Paz Pérez, Enrique Papatino, Fernando Martín y Norberto Califano. Escenografía y vestuario: Alberto Bellatti. Asistente de dirección: Mario Acenjo. Puesta en escena y dirección general: Enrique Dacal. En el teatro Santa María.
Nuestra opinión: regular.
El tiempo de los hermanos Discépolo es muy especial dentro de la historia del arte nacional. La poesía, el teatro, el tango, tienen de ellos rasgos muy acendrados y sus trabajos creativos aún hoy mantienen vigencia. Sus palabras construyeron algunas ideas e imágenes entrañables para los argentinos. Ambos reflejaron un mundo grotesco particular, tan sensible como impiadoso.
Estos valores tal vez son los que llevaron a Héctor Gióvine a tomar prestadas esas palabras a ambos autores para dar forma a un nuevo texto, en este caso destinado a ser representado. Testimonios volcados en artículos periodísticos se mezclan con letras de tango o fragmentos de piezas teatrales. Así se conforma un collage que intenta expresar, básicamente, al ser humano. Pero este proceso de adaptación tiene sus riesgos. Al entrelazar esos fragmentos, las ideas que los originaron pierden sentido y sacados de contexto ellos terminan pareciéndose a fuertes sentencias, que una tras otra van golpeando la atención del espectador, sin ninguna poesía.
El director Enrique Dacal busca desarrollar una dramaturgia espectacular que logre vitalizar ese texto, pero el entramado de la obra es tan cerrado que por más acciones que desarrollen los intérpretes las escenas no logran alcanzar una fuerte trascendencia.
En lo actoral, tanto Héctor Gióvine como Víctor Hugo Vieyra, con mucho oficio, construyen esos personajes del grotesco con rasgos bien marcados. María de la Paz Pérez tiene buenos momentos de actuación, pero no es la cantante adecuada para esta propuesta. Su registro vocal no es para el tango y, por lo tanto, a sus interpretaciones les faltan fuerza y un estilo acorde con las letras de esos temas.
Tal vez si este espectáculo, que tiene mucho de experiencia de cámara, se ofreciera en un espacio más íntimo resultaría más ajustado. Es un homenaje muy respetuoso y que merece profundizarse para que esas palabras de Armando y Enrique Santos Discépolo no resulten tan pequeñas.
C.P .
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