
Un día en la vida de... Victoria Acosta
Todo el afecto, paralos hijos propios y ajenos
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Para Victoria Acosta, Vicky, como le dicen sus conocidos, el día tendría que tener 48 horas. Se levanta a las 5.30 y siempre se acuesta un rato por la tarde, luego de dormir a los más chiquitos de sus ocho hijos, más el siempre bienvenido bebe de turno, al que contiene, cura, cuida y mima como propio hasta que la Justicia resuelve su camino.
“Nuestra asociación se llama Familias de Esperanza y la tarea consiste en recibir menores por disposición judicial, en situación de riesgo o abandono, para brindarles contención familiar y, así, ayudarlos a desarrollarse en las primeras etapas de su vida. ¿Cuántos chicos pasaron por casa? Alrededor de 12, casi todos fueron tránsitos largos. Pero este gordo pienso que pronto podrá reunirse con sus padres. Hace un mes que lo tengo, desde que nació...”, comenta emocionada mientras le da la mamadera a un bebote precioso, un rato de cada lado, como si se tratara del pecho.
La casa que los Acosta tienen en San Isidro es grande, cómoda, especial. Desfilan chicos en uniforme, otros en edad de jardín de infantes, amigos de unos y otros. Es como un club donde cada uno tiene su rol. “Es así, en las familias numerosas todos deben trabajar. Ahí está el cartelito donde figura el día y las tareas de cada uno. Acá nadie se salva, ni siquiera los que nacieron con capacidades diferentes”, asegura la supermamá.
Vicky se refiere a Milagros y Wilson, dos chicos que nacieron con síndrome de Down: “Millie es mi sexta hija y al gordito lo adoptamos. Me llamaron diciendo que había un chiquito Down, con toxoplasmosis, cardiopatía congénita, que se estaba muriendo en un hospital y necesitaban una familia para que tuviera un final digno. Por supuesto, fui a buscarlo. Sentí que si Milagros, que también la había pasado muy mal, estaba viva, Wilson podría salvarse. Y así fue. Sobrevivió a una severa operación de corazón y acá lo tenemos. Ya pasaron cuatro años”.
Como tiene seis chicos en edad escolar, la mesa del desayuno siempre es grande y se sirve al alba. “Mi marido, Jorge, que es un santo y tiene un corazón inmenso, también ayuda mucho. Pero al colegio los llevo yo. Unos sobre otros en el auto, los reparto y después me voy a misa. Al rato ya estoy en los juzgados, haciendo trámites para la asociación o sentada en la computadora (con su hermano, tiene una empresa de sistemas). ¿Supermercado? No, hago las compras por Internet.”
Le encanta leer (mucho sobre educación y niños en riesgo), nunca mira televisión, juega al golf y una vez por año se instala con la familia entera en Córdoba, para recuperar energías. “Vamos a un campo y siempre somos miles porque invitamos a los amigos de los chicos. Llegamos a ser 27, una multitud, pero nos las arreglamos bien. Nosotros vamos en auto; los invitados, en colectivo. Después, allá hacemos diferentes actividades como mountain bike, búsqueda del tesoro, cabalgatas a la luz de la luna... En fin, tratamos de ser felices con las cosas simples de la vida. ”
Historia feliz
Aclara que su papel de madre tiene límites precisos, que no es común que las familias de tránsito adopten al chico, pero que lo de Wilson fue excepcional. “Lo recibí a los siete meses y no llegaba a los cuatro kilos. Y se fue quedando... Como soy de la comisión directiva, en los juzgados sabían cómo iba transcurriendo su vida en casa. En un momento hubo un intento de adopción, pero el matrimonio preguntó si se le notaba mucho su fisonomía de chico Down. Por supuesto, siguió en casa. Pasaron tres años y un día me llamó el juez. Pensé que había llegado el momento de la despedida, pero grande fue la sorpresa cuando me preguntó si nosotros estábamos dispuestos a ser su familia. Desde ya, la respuesta fue ¡sí!”
Acosta exprés
Ejemplo: “No sé qué pasó por la cabeza de los padres de Wilson. En esta asociación aprendí a querer y a no juzgar. Son tan duras las vidas... Y yo le agradezco a esta gente, que me permitió ser madre nuevamente. Ellos le dieron la vida, qué más...”
Mensaje: “Me gustaría decirles a los padres que piensan adoptar que no le tengan miedo a la discapacidad física. Hay que temerle a la discapacidad moral. Un chico diferente enseña mucho y hace que uno valore cosas que antes no veía. Yo empecé a disfrutar de las pequeñas cosas”.
Debut: “La primera beba que entró en casa tenía seis meses y se quedó ocho. O sea que le di la primera papilla, fui testigo de sus primeros pasos. La despedida, por más que nos habíamos propuesto ser fuertes, fue muy dolorosa. Yo no puedo poner distancia, distinguir entre el amor de mis hijos y lo que siento por estas criaturas”.
Casos: “El tránsito más largo fue de casi dos años, con Wilson en el medio. El chiquito se fue a los tres años, pero sabiendo todo. No es fácil. Hay que hablarle a él y a los tuyos, además de rezar todas las noches por sus papás”.




