Un intelectual en apuros
"Una luz en el corazón" ("Afterglow", Estados Unidos/1997). Presentada por Cine 3. Fotografía: Toyomichi Kurita. Música: Mark Isham. Producción: Robert Altman. Intérpretes: Nick Nolte, Julie Christie, Lara Flynn Boyle y Jonny Lee Miller. Guión y dirección: Alan Rudolph. Duración: 113 minutos. Nuestra opinión: regular.
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Lucky Mann (Nick Nolte) es un veterano plomero en crisis con su esposa Phylis (Julie Christie) luego de 24 años de matrimonio. Ignorado por su mujer en todos los aspectos (incluido el sexual), este hombre rudo y atractivo resulta una presa fácil para cualquier ama de casa más o menos desinhibida que se le insinúe. Pero, claro, si además la candidata es una joven bella, adinerada y siempre dispuesta (Lara Flynn Boyle), ya estamos en el terreno de la aventura fogosa, desenfrenada.
¿El romance entre un plomero maduro y una muchacha aristocrática? Por momentos, esta película de Alan Rudolph (alguna vez saludado junto con su mentor, amigo y aquí productor Robert Altman como referente de la intelectualidad progresista norteamericana) parece un remedo de la producción erótica a-la-Zalman King. Pero eso no es todo. Cuando el galán regresa a su casa luego de uno de sus habituales affaires, Phylis le pregunta con un tono malicioso y una evidente connotación sexual: "¿Destapaste muchas cañerías hoy?". Y entonces, cuando aparecen éste y varios otros diálogos de similar tenor, más que en el universo de Zalman King, el espectador ingresa ya en el doble sentido de "Rompeportones" o las obras revisteriles del Tabarís.
El problema no es que por momentos Rudolph se asemeje a Nito Artaza. Lo indignante es que el director de "Los modernos", "Quédate conmigo" y "Equinox" esconde todo tipo de lugares comunes, banalidades y hasta situaciones dignas del kitsch almodovariano bajo una apariencia de película sofisticada, cínica e importante.
Con trazo grueso
Si, como parece, Rudolph intentó mostrar los contrastes de la sociedad norteamericana a partir de las crisis y posteriores cruzamientos entre dos parejas de diversos orígenes (típicos exponentes de clase media en decadencia, por un lado, y nuevos ricos ambiciosos, por el otro), su obra carece de toda sutileza y sensibilidad. Su mirada no sólo resulta elemental, con un trazo grueso inadmisible para un artista de sus pergaminos, sino que hasta parece remanida, vieja.
Si hay algo que el cine de los años 80 y comienzos de los 90 (incluida la obra de los propios Rudolph y Altman) se encargó de retratar hasta el hartazgo, es el surgimiento, apogeo y caída del yuppismo como ideal de vida. Por eso, que Rudolph apele en este fin de siglo a una estética tan fría y estilizada para sobreexplicitar conflictos tan conocidos, se acerca bastante a un esfuerzo inútil.
Así planteadas las cosas, poco les quedó a los actores para intentar ya no interpretar sino, aunque más no sea, rescatar a sus personajes del estereotipo. Lo de Nolte, Flynn Boyle y el yuppie de manual que encarna Jonny Lee Miller fluctúa entre lo insulso (en el mejor de los casos) y lo involuntariamente grotesco. En ese contexto, la exquisita Julie Christie -quien recibió una catarata de premios por este film- le otorga a su Philys un soplo de dignidad que la película no tiene.
Pero mientras su actriz logra mantener la coherencia con oficio, Rudolph, que quiso denunciar la hipocresía de una sociedad norteamericana que sobrevive a fuerza de engaños, termina él mismo engañando y engañándose. Y resulta tan infiel para con su cine y con su público, como los personajes que intenta retratar.





