
Un juego que olvidó todas las reglas
"Al filo de la muerte" ("The Game", EE.UU./1997, color). Producción hablada en inglés, presentada por Líder Films. Basada en un guión de John Brancato y Michael Ferris. Intérpretes: Michael Douglas, Sean Penn, James Rebhorn, Deborah Kara Unger, Carroll Baker, Armin Muller-Stahl, Peter Donat, Anna Katarina. Fotografía: Harris Savides. Música: Howard Shore. Diseño de producción: Jeffrey Beecroft. Dirección: David Fincher. 128 minutos. Nuestra opinión: regular.
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Hay que hacer algo para sacar a Nicholas van Orton (Michael Douglas) de la lujosa cárcel de su rutina. En la elegante mansión de San Francisco, en las mil y una reuniones con inversores, ejecutivos y asesores, en el club privado o en el restaurante distinguidísimo donde siempre hay una mesa esperando por él sólo lo rodea la soledad. No hay imprevistos en su vida de millonario embebido en la defensa de sus millones; tampoco tiempo libre ni espacio para el amor, el humor o la aventura.
El remedio se lo proporciona, en forma de regalo de cumpleaños, su hermano Conrad (Sean Penn), a quien lo une una relación inestable y conflictiva. Se trata de una invitación para participar de un juego personalizado, full time, de reglas inciertas, infinitas sorpresas y sobre todo colmado de riesgos. Los requisitos para participar son complicadísimos, casi tanto como el propio juego, y lo único que parece garantizado es una inquietante sucesión de emociones fuertes. Por supuesto, esta experiencia antitedio tiene un costo que la hace accesible sólo a los titulares de cuentas numeradas en algún banco de Zurich.
La cuestión es que Nicholas acepta participar y de ahí en adelante se meterá en una suerte de Disneylandia para adultos, un tenebroso palacio de sorpresas que lo encerrará en situaciones de alto riesgo, le planteará problemas de alta complejidad y terminará por convertirse en una pesadilla de la que es imposible despertar.
El modelo recuerda vagamente a aquel de "Westworld", de Michael Crichton (aunque aquí no hay robots), y quiere seguir un poco el rumbo de "Los sospechosos de siempre", con su maraña de fraudes y falsas apariencias que buscan trasladar al espectador sobresaltos e inquietudes del personaje y comprometerlo en la resolución de los enigmas.
Vanas promesas
La tensión del thriller promete ser intensa, sobre todo porque el juego está en manos de David Fincher, responsable de la festejada "Pecados capitales", y porque así parecen anticiparlo los tramos iniciales del cuento. El primer escalofrío, por ejemplo, llega pronto, cuando el protagonista se encuentra en la puerta de casa con un cuerpo de trapo yaciendo en la misma posición en la que recuerda haber visto a su padre suicida, unos cuantos años atrás. La escena da la idea de lo rigurosamente personalizado que es el sofisticado entretenimiento, del calibre de las bromas que plantea y de la intención de Fincher de jugar con las representaciones, como si quisiera someter a su personaje a una drástica catarsis que lo liberará de sus fantasmas.
Pero el libro de John Brancato se sostiene sobre un "todo vale" que se desentiende de lo verosímil, autoriza cualquier rebuscamiento para alimentar la paranoia y termina por volverse en contra del suspenso. El desinterés va creciendo en el ánimo del espectador a medida que confirma que no hay rigor ni límites en la construcción del engranaje: es difícil entrar en el juego de intrigas para buscar desovillarlo cuando se comprueba que la explicación vendrá -si es que viene- por caminos tan inciertos y arbitrarios como el juego mismo.
El cierre del juego, con su forzada reconstrucción de una imagen angustiosa del pasado del protagonista, parece una salida demasiado obvia para un realizador tan dotado y tan habilidoso como Fincher. Y el rebuscamiento de la trama -rasgo reiterado en el cine de acción- no parece sino un síntoma más de la crisis de imaginación que padece Hollywood.





