Un memorable tributo musical al Che Guevara
Más de 40.000 jóvenes asistieron a Ferro para escuchar a Chico Buarque, Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute, entre otros.
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Estaba allí. En medio de todos. Y allí estaban con él, encendidas como un fuego, las ideas que el poder llama, con temor y desprecio, ideologías. Ideología que, aplicada a la izquierda, es una imputación apriorística y funesta, para sembrar pánico.
La música y la poesía, esto es, la canción, estaba recordando, bajo ese cielo plomizo detrás del cual se han escondido las estrellas, a un hombre rebelde asesinado por militares. A un hombre humanitario que se creyó en la necesidad de recurrir a la violencia para terminar de una sola vez con la barbarie de una tiranía.
El canto y la poesía comprometida -no panfletaria ni partidista-, la que exalta la vida y rememora martirios, restallaba allá arriba, en el escenario.
Abajo, los miles de jóvenes que llenaron el estadio tras un ingreso que la desorganización hizo extremadamente dificultoso.
Ellos -la mayoría, sin duda-, idealistas que creen sinceramente en la rebelión humana retratada por Camus. No la del asesinato nihilista, ni la que corre tras el nihilismo histórico fuera de toda regla moral, ni la del terror racional o irracional. Sí idealistas del nuevo evangelio que profesa la fe civil en los valores del bien, la verdad y la libertad. De una religión que tuvo sus ascetas, sus santos, sus mártires.
Mientras los pósters (aquellos que ostentaban con sinceridad los jóvenes del Mayo francés), las remeras, las banderas, los panfletos, los afiches, los libros, medraban afuera con el oportunismo del mercado y el fetichismo del mito, adentro del estadio el sentimiento encendido de los jóvenes fue el de integración humana y de fiesta, al reivindicar al Che Guevara como símbolo para una sana izquierda que honradamente clama por un mundo mejor.
Silbatina feroz
La prueba de ese idealismo que va en busca de la verdad y la honestidad fue la estruendosa reacción cuando apareció un político.
La silbatina feroz que recibió el secretario del PC, Patricio Echegaray, cuando pretendió arengar a la audiencia, fue una condena implacable a la inveterada mentira de los partidos políticos y a sus perversos juegos de campaña electoral.
La consumación de tal actitud de rechazo frontal al discurso político, mediante el cual los jóvenes demuestran que saben discernir muy bien entre proclamas, fue la acogida amable que brindaron al teólogo brasileño de la liberación -director de la revista América Libre, que organizó el encuentro- Frei Betto cuando exclamó: "Gracias a la vida, gracias a la Argentina que nos ha dado el Che...".
Los protagonistas
Con el estribillo "Cuba, Cuba, Cuba, el pueblo te saluda", los miles de gargantas prepararon la reunión.
Pero en ningún momento, desde que irrumpió el cubano -zurdo también para la guitarra- Santiago Feliú, no se escucharon cánticos sectarios, ni se entabló disputa alguna.
Un débil sonido llegaba hasta la platea alta y muchas letras quedaban en el camino. En la cancha mejoraba el disfrute de la amplificación, no obstante los diversos altibajos, en los que Chico Buarque resultó el menos favorecido, y donde Silvio Rodríguez (quizá la voz más convocante del encuentro) se llevó la parte del león.
A través de las dos pantallas de video al costado del escenario, se pudo comprobar el paulatino mejoramiento en el manejo de las cámaras que apuntaron a los instrumentos y al rostro de los protagonistas.
Tras el fugaz paso de Hamlet Lima Quintana, que recitó su verso dedicado al Che, y luego de la clamorosa ovación que se tributó al recuerdo de Osvaldo Pugliese, Miguel Angel Estrella se instaló frente al piano de cola y eligió tocar obras de Chopin, solamente, recordando que el músico polaco fue un patriota que desdeñó a los zares. Un hilo de sonido dejó filtrar apenas un vals y el rapsódico "Estudio revolucionario", que era la alusión simbólica. No obstante, cabía presumir que el Che le hubiera pedido uno de los tangos que tanto amó.
Madres y maestros
Con su presencia, las Madres de Plaza de Mayo acapararían los aplausos y desatarían la euforia colectiva de "el que no salta es militar", con lo que el campo se transfiguró en una alegre danza.
Más tarde, desfilarían los maestros de la plaza del Congreso, con idéntica algarabía del estadio.
El canto profundo de Daniel Viglietti, solo con su guitarra, como Feliú, encendió los ánimos al entonar la "Canción del hombre nuevo". Luego emocionaría su canto al Che, apenas perceptible a través de los parlantes. Y su clásico "A desalambrar", provocaría el estallido.
En este momento exacto ocurrió el lamentable lapsus del político.
Otro momento de comunión intensa con el público eufórico fue el canto de Víctor Heredia, que desgranó "Aquellos soldaditos de plomo", "Informe de la situación", "Sobreviviendo" y el tema que Atahualpa Yupanqui habría dedicado al Che:la milonga "Nada más".
A esta altura del homenaje se pudo ver el campo todo cubierto de gente. Pero muy pronto se apagan las luces. Y una parte de la comunicación se pierde.
Entonces, la voz susurrante de Luis Eduardo Aute -el más recóndito de los tributos al Che Guevara- surge con su himno "Sin tu latido" (de alguna manera tendré que olvidarte), y "Al alba", entre otros de aliento rockero que desgranó con un hilo de voz.
Final a toda orquesta
En el final llega Chico Buarque con un grupo imponente y entrega, entre otras, "O que sera", que corean todos. Antes de despedirse musita la "Pequeña serenata diurna" en el momento en que aparece su creador, Silvio Rodríguez, quien, distendido, sonriente, conversador, logrará acaparar todas las miradas y los oídos con su canto inolvidable.
"Soy feliz/soy un hombre feliz/y quiero que me perdonen/por este día/los muertos, de mi felicidad".
Los versos resonarán por mucho tiempo en nuestros corazones.
En Caballito hubo un ambiente setentista
Las caras del Che se multiplicaban por Caballito. El mítico revolucionario parecía haber elegido una residencia temporaria. Una zona que, en otros tiempos, estaba poblada por los primeros anarquistas y cercada por las vías del tren, que ahora volvía a levantar sus estandartes rojos para una noche en homenaje a Ernesto Guevara.
Rara sensación en estos ´90 mediatizados: hasta las nuevas luchas, como la del pueblo de Chiapas, son transmitidas vía Internet. El merchandising también se hace presente en este concierto. Hay remeras, compactos de homenaje, prendedores y revistas con la cara del Che o de Silvio Rodríguez. Y como los tiempos son otros, hasta algún celular suena en medio del recital. Caras de sorpresa al principio. Vergüenza ajena que se apodera.
Una mezcla de nostalgia y felicidad se colaba en los gestos de hombres y mujeres gastados por el tiempo. Mucha gente se reencontraba. Hasta se veían largos abrazos entre viejos militantes. Los adolescentes se acercaban a ver de qué se trataba. Querían participar del espíritu de los ´70. Empaparse de los ideales de los que les hablaron muchos de sus mayores. Algunos portando remeras de los Redonditos de Ricota y otros, de Cuba.
Algunas banderas con consignas políticas reflejaban el clima del concierto. Bengalas rojas, encendidas como en los recitales de rock, le ponían un aire festivo al tributo. Mientras, la imagen en blanco y negro del Che miraba al cielo en el enorme escenario montado para la ocasión.
Dirigente abucheado
Hubo pocas voces. Sólo el presentador de ocasión que anunció a los artistas. Y un discurso de Patricio Echegaray, del Partido Comunista, que se ganó la reprobación de la multitud.
La primera ovación grande de la noche fue para las Madres de Plaza de Mayo y para los maestros que ayunan en la carpa docente frente al Congreso y que todavía no tienen respuesta del Gobierno a sus reclamos.
También hubo aplausos para las escuetas palabras de Frei Betto, director de la revista América Libre y motor de este homenaje, que afirmó: "Bendícenos, Che, para que tu esperanza sea nuestra esperanza. Bendícenos, Che, para que tu alegría sea nuestra alegría. Bendícenos, Che, para que tu fe en nuestro futuro sea liberador de América libre".
Nadie se quedó afuera. Un grupo que protestaba frente a las puertas de acceso y que no había podido conseguir entradas pugnaba por entrar. Finalmente, la gente de la organización dejó que pasaran al campo. Los chicos entraron -con una sonrisa que les cubría toda la cara- justo para ver a Eduardo Aute, que le dedicaba su tema al Che.
Lo que primó ante todo fue la música, los brazos en alto y los encendedores que, como luciérnagas, adornaron el estadio de Ferro. Por una noche volvieron a revivir esos viejos himnos que acompañaron a una generación.




