
Un nuevo tiempo de gitanos
Emir Kusturica: el jueves se estrenará en Buenos Aires "Gato negro, gato blanco", sexto film del director de "Underground".
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"Gato negro, gato blanco", la sexta película de Emir Kusturica, es fruto del cansancio. Según cuenta el realizador bosnio, después de "Underground", con la que conquistó la segunda Palma de Oro del Festival de Cannes, necesitó subir a la superficie de la vida y darle la espalda a la tragedia.
En "Underground" (1995), el realizador bajaba a las profundidades de la tierra para retratar el dolor de medio siglo de conflicto en los Balcanes. En "Gato negro, gato blanco" -con la que obtuvo el León de Plata al mejor director en el último Festival de Venecia"-, es una suerte de fresco del realismo mágico gitano en la ex Yugoslavia.
"Quise expresar mi entusiasmo y admiración por todas las cosas de la naturaleza -dijo Kusturica-. Retorné a la vida, el color y la luz. Me cansé de la tragedia. En esta película, los muertos regresan a la vida. Los gitanos disfrutan del hecho de estar enamorados y adoran cada momento de sus vidas. La fuerza y el vigor de los gitanos tiñen todo el film, su música, las escenas cómicas."
En verdad, ese estallido de vitalidad fue concebido para ahuyentar los fantasmas de la depresión. Una serie de malentendidos con la crítica lo llevaron a declarar públicamente que nunca más volvería a filmar. Su equipo de producción no quiso resignarse a semejante destino y se puso a imaginar un proyecto capaz de entusiasmar al alicaído Kusturica. En principio pensaron en un documental sobre los músicos gitanos que habían tocado en "Underground". La idea era acompañarlos a un casamiento en el que tocaran y seguirlos en el camino de regreso a casa después de la fiesta.
El poder de la imaginación
Planteada la propuesta, Kusturica no pudo con su genio de cineasta y comenzó a imaginar escenas de ficción. El abuelo de la novia -fantaseó- supuestamente muere la noche anterior al casamiento y para evitar que la ceremonia se postergue, su muerte debe ser mantenida en secreto y su cuerpo escondido en la casa. A Kusturica le alcanzó con esa fantasía para comprender que no sólo aceptaría seguir filmando, sino que llamaría a Gordan Mihic, el guionista de "Tiempo de gitanos", para que hilvanara las ideas en un guión. Diez días más tarde, el trabajo estuvo terminado. Los gitanos y los abuelos muertos seguían siendo parte de la historia, pero ya no era un documental.
"El kitsch de los gitanos me intrigó por su gran fuerza emocional-explica Kusturica-. Esta clase de kitsch destruye cualquier género. Una suerte de parodia. No se toman nada en serio. Son despreocupados y eso me encanta. Con ellos me sentí como en casa. Se dice que son nómades, un lugar entre el cielo y la tierra, en medio de ninguna parte. De alguna manera, todo esto se asemeja a mi propia vida. De allí proviene toda esa luminosidad."
El fruto de una obsesión
El mundo de los gitanos es para Kusturica una suerte de obsesión fascinante. "Siempre evité retratar a los gitanos desde arriba o desde afuera, que son los lugares clásicos desde donde se los aborda -declaró el cineasta respecto de su labor en "Tiempo de gitanos"-. Lo más importante era poder transmitir la atmósfera mágica que yo recordaba de los gitanos que a veces poblaban los barrios de mi infancia. Nadie puede comprender a los gitanos si no está libre de prejuicios. No alcanza con mostrar las privaciones, las miserias y el racismo que sufren, la vida ruda que llevan. Es preciso también poder capturar la magia particular que los ha hecho desde siempre un pueblo único."
En opinión del realizador, esa singularidad del pueblo gitano reside en el hecho de que "ellos están más interesados en vivir felices y pasarla bien antes que en el dinero y en recolectar cosas materiales".
A mitad de camino entre la comedia y la tragedia, "Gato negro, gato blanco" convocó sólo a tres actores profesionasles. Los demás son gente que nunca antes había estado delante de una cámara y a los que Kusturica encontró en Sutka, un pequeño pueblo cercano a Skopje.
"Es una de las más grandes colonias de gitanos -cuenta el director bosnio-. Allí, ellos han sabido mantener sus tradiciones. Durante años, se han cuidado los unos a los otros. Viví con ellos durante un tiempo, participé en sus actividades, jugué al fútbol con ellos. Sólo así pude encontrar esos rostros maravillosos y peculiares al mismo tiempo".






