Un viaje al pasado en el Bajo de Acassuso
Desde hace 13 años, en la feria de antigüedades que funciona en la estación Barrancas del Tren de la Costa los fines de semana hay libros, lámparas y hasta piezas de gran porte para todos los gustos y bolsillos
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Por Julio Céliz
De la Redacción de LA NACION
No importa si llega sin una idea precisa de lo que busca. Tal vez sea mucho mejor mantener los sentidos bien abiertos al abanico de propuestas de los casi 70 puestos que, distribuidos en el andén de la estación Barrancas, en el Bajo de Acassuso, resultan una parada casi obligada para los que emprenden viaje hacia el Tigre en el Tren de la Costa
Eso sí, la clave es animarse a bucear en ese universo del ayer, colmado de libros viejos, olvidados discos de vinilo y muebles de época que nunca perderán su atractivo. De eso trata esta pintoresca feria de anticuarios, a metros del río, que ofrece de todo: desde libros como Colombia, café y paisajes hasta ejemplares de la revista El Gráfico de los años 30, pasando por discos de vinilo de Sinatra, Camel, Neil Diamond, y mucho más.
Pero antes de ponerse en marcha, una sugerencia: las 18, más o menos, es un buen momento para disfrutar del paseo a pleno, sin tanto calor, más allá del reparador techo verde que forman árboles añosos en buena parte de la estación.
Los buscadores del diseño, claro, también tienen lo suyo: hay lámparas trabajadas, jarrones, copas antiguas de cristal, mantelería de hilo de los años 20, sillas y sillones. No falta un clásico en este tipo de propuestas: los baúles de cuero y las valijas que hace tiempo transportaron las ilusiones de anónimos inmigrantes, las fotos de casamiento de la década del 30 y las muñecas de porcelana.
Juguetes y surtidores
"La feria empezó hace 13 años, con no más de 30 puestos, pero fue ganando espacio. Hoy llegan hasta aquí productores de cine y televisión en busca de objetos de época para ambientar sus programas. Hay una gran variedad, como juguetes de época, botellas de todo tipo, papelería antigua", explica Claudio Biscione, presidente de la Asociación Feria de Anticuarios.
El, como casi todos los puesteros, comenzó como buscadores de piezas de colección para uso privado. Sin embargo –aseguran–, todo esto se convierte en adictivo y no hay marcha atrás. Se empieza con unas pocas latas y de ahí... Es el caso de Celso Zanetín, que dos veces por semana, al menos, sale de expedición por los pueblos del interior en busca de piezas raras. "En general traigo cosas que me gustan. No podría vender algo que no llevaría a mi casa", afirma.
Si algo llama la atención en su stand son dos surtidores de combustible, de los años 30 y 60. "Los restauramos hasta en los más mínimos detalles. Tienen todos sus componentes originales", explica el coleccionista, junto a piezas de campo y algunas máquinas curiosas, como un motor estacionario inglés, de 1920. "Se utilizaban para bombeadoras, estiladoras. También generaban electricidad, arrancaban con nafta y seguían con kerosén", dice con orgullo.
Comprar... y vender
En realidad, la feria es un circuito de ida y vuelta, porque no sólo se puede ir a comprar, sino también a vender. "Muchos vecinos se acercan con objetos en desuso para venderlos –explica Biscione–, porque están redecorando la casa, quieren renovarse y se deshacen de casi todo. A veces el puestero compra, pero también se llega a acuerdos, una especie de canje de unas piezas por otras."
Lo cierto es que hay para todos los gustos. Sergio Sandes, frente a su puesto, muestra su arsenal: un reloj antiguo de mateo; la brújula de una torpedera estadounidense de la guerra de Corea; una estufa enlozada de 1920, y el sillón de un peluquero de los años 30 que el dueño llevaba personalmente a la casa de sus clientes.
Alto en el camino
Después de recorrer esta suerte de cambalache lleno de sorpresas seguramente habrá que tomarse un descanso. A un paso de la feria, hay dos opciones. Una es Bike & Coffee, un bar con onda que funciona en el andén de la estación. La otra, Perú Beach, cruzando Elcano, con impecable vista al río y todo el desenchufe a mano.
<b> Datos útiles </b>
Solidaridad
La feria va mucho más allá de las antigüedades. Desde hace un tiempo, en forma conjunta, sus miembros colaboran con Casa Galilea: entregan unos 300 kilos mensuales de alimentos para el comedor de la entidad. Además, ayudan al merendero de la iglesia de la zona.
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