
Una afición liliputiense
Para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, soldaditos de plomo
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"Si me obligaran a irme a vivir a una isla desierta llevando sólo una cosa serían mis soldados planos napoléonicos, con Napoleón y su estado mayor", cuenta el ingeniero Cristián Fernández, de 66 años, apasionado de los soldaditos de plomo, que junto con unas 40 personas más, la gran mayoría civiles, forma parte del Club del Soldado de Plomo, fundado en 1974.
Figuras planas y semiplanas empezaron a fabricarse en Europa en el siglo XVIII y en el XIX aparecieron los llamados redondos, es decir en tres dimensiones, que se popularizaron y se impusieron hasta no hace muchos años como el juego preferido de los chicos. Se los llama soldaditos porque éstos fueron los primeros modelos, aunque ahora se use ese nombre para designar cualquier tipo de figuras, y de plomo porque tradicionalmente se hacían, y aún muchos se hacen, de este material, macizos y huecos, aunque en el siglo XX aparecieron de aleaciones como zamac y nuevo metal, resina y plástico.
Ernesto Quiroga Micheo es un médico hematólogo de 82 años que tiene en su escritorio, en vitrinas, alrededor de 14.000.
Con la vista fija en uno de los estantes, uno se transporta hasta una calle de la India, donde se ven a los ciudadanos con sus vestimentas típicas, casas de papel –que el coleccionista armó de la revista Anteojito–, colonos ingleses y, como observando la situación, el mismísimo Mahatma Gandhi.
La colección de Quiroga Micheo es tan ecléctica que también incluye indios atacando una diligencia, egipcios, highlanders escoceses, superhéroes, los generales José de San Martín, Manuel Belgrano, Juan Lavalle y José María Paz, y escenas de campo, con carretas y caballos, realizados por el fabricante argentino Enrique Wernicke.
Una de las puestas en escena más pintorescas es la de cuatro gauchos con poncho y chiripá jugando al truco en un boliche o pulpería. Uno le pone música a la reunión con su guitarra mientras otro baila un malambo, uno empina el codo y el dueño del boliche los mira inquietos, como temiendo que el juego termine en un entrevero.
Y hay lugar para curiosidades: tres soldaditos de uniforme marrón apoyados sobre una base a la que se le da cuerda empiezan a marchar con una sincronicidad increíble, y unos cadetes navales hechos en Japón llevan una gran bandera argentina, pero con un uniforme que acá nunca existió.
Hay algunos coleccionistas, como Cristián Fernández, que llegaron a los soldaditos desde la historia, leyendo Las memorias del barón de Marbot y otras relatos de la época napoleónica. Otros desde el cine y la literatura, como el presidente del Club del Soldado de Plomo, Cristián Pérez Colman. Para otros, los soldaditos siempre fueron, son y serán su pasión, como Eduardo Basseterre o Ernesto Quiroga Micheo, al que estos muñecos llevaron a escribir libros de historia argentina.
Pérez Colman, de 64 años, tiene alrededor de 1000 figuras. Admirador de Sherlock Holmes construyó una habitación con todos los muebles y objetos de una casa victoriana como las descriptas en las novelas de Arthur Conan Doyle: una chimenea encendida (gracias a los efectos de un foco), lámparas de gas y una araña prendidas, una biblioteca, un globo terráqueo, una mesa de luz, un escritorio con un microscopio, lápices y libros, todo en miniatura y, a la vez, proporcionado.
Un dos ambientes exclusivo
Las medidas de los soldaditos de plomo varían según la fábrica y los países de origen. "La alemana Heyde hacía figuras desde 30 hasta 120 milímetros; los franceses e ingleses impusieron los de 54 milímetros, y los españoles, los de 45 milímetros.
"En nuestro país, siempre se prefirieron los franceses, generalmente marca Mignot, y los ingleses, los Britains", cuenta Eduardo Basseterre, vecino de Olivos de 82 años, que tiene un departamento de dos ambientes exclusivo para sus cerca de 50.000 soldaditos, la mayoría del siglo XX y de las dos guerras mundiales, temas a los que el empresario y profesor de historia les dedica gran parte de su tiempo.
Las vitrinas llenas de soldaditos ocupan prácticamente todo el departamento, y los cajones que están debajo están repletos de cajas de zapatos con otros miles. En los estantes se muestran, orgullosos, bien ordenados, impecables, formados en desfile, la Escuela de Aviación Militar, la Escuela Naval Militar y el Colegio Militar de la Nación, pero tal vez el que más impresiona por su número es el desfile de la reina Isabel II de Gran Bretaña con la Guardia Mayor.
Tal es su pasión por los soldaditos que una vez llegó a comprar una juguetería entera: "Era un negocio que estaba cerrado desde hacía años. Pasé, pagué lo que me pedían y vendí un tercio de los soldaditos. Con lo que gané pagué los otros dos tercios", recuerda divertido.
Los que quieren saber más acerca de los soldaditos de plomo podrán acercarse, desde el lunes 30 hasta el viernes 3 de septiembre, hasta la Universidad Católica Argentina (Alicia Moreau de Justo 1300) y visitar la muestra La gesta de Mayo a través del coleccionismo de los soldaditos de plomo. Más datos, www.uca.edu.ar o 4349-0200.




