Una banda tan imprevisible como única
Dave matthews band / Músicos: Dave Matthews, en voz y guitarras; Tim Reynolds, en guitarras; Stefan Lessard, en bajo; Boyd Tinsley, en violín; Jeff Coffin, en saxos y clarinete; Rashawn Ross, en trompeta, y Carter Beauford, en batería / Lugar: Complejo Al Río, Vicente López (el sábado último), en el marco del Buenos Aires Summer Break Festival.
Nuestra opinión: excelente
Va camino de convertirse en una sana costumbre. Tres visitas en cinco años y tres conciertos bien distintos: el debut en 2008 en el Club Ciudad, el segundo capítulo en 2010 en el Luna Park y la tercera función el sábado último, en el Complejo Al Río de Vicente López. La excelencia interpretativa es el común denominador de estas intervenciones, pero lo que sucede una vez que estos siete magníficos pisan el escenario es tan imprevisible como único.
Es toda una señal que una banda lleve editados más discos en vivo que en estudio y eso es lo que sucede con Matthews y los suyos, hoy por hoy cabeza a cabeza con la quintaesencia de la gran banda norteamericana: la E Street Band de Bruce Springsteen. Pero a diferencia del clan de El Jefe, DMB no posee grandes hits adheridos a la piel y a los sentimientos de su público. Las canciones, como las listas de temas que diseñan, son sólo una referencia, un punto de partida para bucear cada noche sobre las aguas más profundas de estos siete solistas soberbios, precisos, generosos y poseedores de una característica clave para vibrar en escena: muy buen humor.
En el marco de un festival de verano (con el permiso del calendario) y antecedidos por SOJA, Incubus y los locales Cirse, Léxico y Binaural, DMB condensó en dos horas todo su repertorio escénico. En una hora menos que en su visita anterior la banda de Dave Matthews logró el mismo impacto: llevar de viaje al público, adentrarlo en paisajes musicales bucólicos y abrir una a una las puertas de esa amplitud de géneros que despliegan con intensidad: del jazz al rock, del folk al zydeco y de ahí a las power-ballads.
"Rapunzel" marca el inicio y la enérgica "Don't Drink The Water" el segundo paso. Un bosque y cabezas como las de la Isla de Pascua se suceden en pantalla mientras los músicos aportan un sonido macizo para acompañar esta gema angustiante que habla del desarraigo no deseado.
De tanto en tanto, Matthews abraza una guitarra eléctrica, sin embargo, se siente más cómodo con su arsenal de acústicas. Pero está muy lejos del guitarrista de fogón. Su toque es intenso, fogoso, veloz y expansivo y, como todos en esta banda, generoso. Lo que más placer produce es observar cada pieza del engranaje y para ello nada mejor que las decenas de improvisaciones que abren el juego a solos incendiarios. Cada canción que DMB interpreta la plantea como algo único, como una pieza que apenas hace referencia a la versión grabada. Lo demás obedece a la dinámica del jazz, a exprimir la conversación entre las partes. Pero lejos del virtuosismo circense, lo que el septeto propone es un clima festivo, optimista y luminoso.
Una base funkosa propuesta por Beauford-Lessard puede ser el puntapié para que el violín de Tinsley nos lleve de paseo a los pantanos de Louisiana; una canción que nace como balada para arrepentirse rápidamente puede derivar en un furioso solo de guitarra de Reynolds. Canciones viejas y del disco reciente, Away From The World, como "Mercy", "Rooftop" y "Ants Marching" se suceden en escena. Pero los títulos son sólo parte del ayuda memoria que dispone el septeto para marcar tres y volar.





