
Una belleza que perdura
Dicen que cuando Luchino Visconti trabajaba con Nicola Badalucco en la adaptación de "Muerte en Venecia" visitó el Lido en compañía de algunos amigos y permaneció largo tiempo solo, en silencio, contemplando el Hôtel des Bains, aquella playa ancha, blanca y vacía que se extendía a su frente y que la luz quieta de la laguna envolvía en un aire melancólico.
Algún biógrafo imaginó que fue allí donde el maduro creador (tenía entonces 63 años y el prestigio del gran maestro que desde hacía tres décadas había desarrollado una carrera brillantísima en el cine, el teatro y la ópera) evocó su pasado y comprendió que en el film inspirado por la novela de Thomas Mann iban a fundirse esas impresiones y esos sentimientos: los que le venían de la memoria personal y los que le proponía su presente, las inquietudes de los personajes de la ficción y sus propias inquietudes, que en muchos casos eran las mismas: también él había vivido obsesionado por la búsqueda de la belleza y la perfección.
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Quizá durante esos instantes de ensimismamiento concibió algunas de las imágenes que iban a estar, en opinión de muchos, entre las más maravillosas de cuantas había plasmado en el cine.
Quizá también veía ya el rostro de Gustav Mahler definiéndose sobre los rasgos de su actor principal, Dirk Bogarde, y escuchaba interiormente la música del genial compositor austríaco que daría al film su tempo, su atmósfera mórbida, su dejo nostálgico y sus destellos de luz.
¿Por qué Mahler? Thomas Mann ya le había prestado los rasgos del músico (y hasta su nombre de pila) al personaje de Aschenbach, el escritor al que una vaga angustia conduce a esa Venecia marcada, como él, por los signos de una ineludible declinación física y moral y que reaviva en su conciencia el dolor de los fracasos sufridos, del envejecimiento, de la proximidad de la muerte.
Para el realizador de "Rocco y sus hermanos" y "La caída de los dioses", además, Mahler era "el hombre en el que se encarna la voluntad artística más sagrada y profunda de nuestro tiempo". Y Tadzio, el adolescente polaco cuya belleza desmorona los rígidos principios del viajero a pesar de que apenas cruza con él unas miradas, "resume lo que ha constituido un polo de la vida de Aschenbach, un polo que por representar la vida -como alternativa y antítesis del universo rígidamente intelectual y de esa vida sublimada en la que se ha encerrado Aschenbach- termina en la muerte".
En la novela, Thomas Mann describe al hombre con una imagen casi visible puesta en boca de un observador: "Aschenbach ha vivido siempre así, y cerraba fuerte el puño de la mano izquierda, nunca así, y dejaba colgar indolente la mano abierta".
Su obra ha sido el producto del esfuerzo constante, de la disciplina, de la tenaz perseverancia. Sin embargo, la belleza, inconsciente y al mismo tiempo tentadora, está ahí, sin esfuerzo, naturalmente, en la figura del muchacho de sonrisa enigmática y muda. Apolo y Dionisio libran su eterna contienda otra vez.
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Está claro que sin traicionar el original de Mann, Visconti le impuso una mirada proustiana: el cinéfilo habrá visto en la elegancia distante de Silvana Mangano (la madre de Tadzio en el film) el recuerdo que Visconti conservaba de su propia madre; habrá distinguido en el grupo de chicos vestidos de marineros que la severa institutriz guía por los laberintos venecianos una imagen que Luchino guardaba de su familia aristocrática en la niñez, y acaso habrá percibido también que en la mirada del artista hay un doble foco: por un lado se exalta, se perturba, se conmueve con los ojos de Aschenbach, por otro también se evoca a sí mismo en Tadzio, añora su juventud, su abrigo familiar, su frescura. Muchas otras imágenes habrán revivido en la memoria del espectador ahora que está a punto de conocerse en el Teatro Colón la ópera que sobre el mismo libro de Mann compuso Benjamin Britten.
Las que muestran al artista en contacto (y en conflicto) con la vida; las que ilustran el deseo; la pugna entre la razón y los sentidos; la decadencia, la soledad, la muerte; las últimas señales de un universo estético-humanista al que la Primera Guerra Mundial pondrá fin. Porque fueron varios los temas abordados en este film inolvidable que mereció premios, críticas, alabanzas y reproches e hizo gastar mucha tinta a estudiosos, críticos, ensayistas e historiadores del cine.
Pero lo que nunca deja de reconocérsele, además del valor que tiene como confesión estética y sentimental, es el cautivante esplendor de sus imágenes y la feliz confluencia de éstas con la música de Mahler. Esa belleza es de las que perduran.
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