
Una "Lulú que hará historia
"Lulú", de Frank Wedekind, en traducción de Tulio Stella y adaptación de Alberto Félix Alberto. Intérpretes: Juan Carlos Dual, Rodrigo Cameron, Mía Maestro, Osvaldo Bonet, Adrián Caram, Jorge Petraglia, María Alejandra Figueroa, Marta Riveros, Roberto Mosca, Yael Ken, Ruth Dobel, Adriana Díaz, Osvaldo Peluffo, Ezequiel Eskenazi Storey, Luis Tenewicki, Graciela Armenia Martínez, Gustavo Ferrari, Alejandro Caprile, Tobías Pratt y César Repetto. Diseño de vestuario: Fabián Luca. Banda sonora, iluminación, escenografía y dirección: Alberto Félix Alberto. Duración: 160 minutos. En el Teatro San Martín. Nuestra opinión: excelente.
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Este postergado estreno generó muchas expectativas y con razones valederas. "Lulú", de Wedekind, es una obra difícil: una pieza de texto, extensa, con una estructura compleja, que necesita un muy buen soporte actoral. Por otro lado, estrenada en 1895, con una división en cuatro actos y cambios de escenografía, requería de una puesta audaz para restarle resabios obsoletos. Estas son las razones por las cuales "Lulú" no suele transitar los escenarios porteños.
En cambio, el tema sigue teniendo vigencia al plantear el rol de una mujer, muy especial, por cierto, dentro de una sociedad prejuiciosa, por un lado, y amoral, por el otro.
Lulú es encaminada hacia la perdición por su padre, quien abusa de ella y la coloca en las puertas de la prostitución. Su belleza y su personalidad la transforman en la pieza codiciada de hombres poderosos o idealistas, que encuentran en ella al máximo exponente femenino, al cual seducir o redimir.
Pero a Lulú, nadie le enseñó a amar y nunca se sintió amada; sólo deseada y explotada. De esta manera, la protagonista se convierte en un instrumento de amor y muerte.
Esta atmósfera de amor y muerte se encuentra en la puesta, en la combinación de rojos y negros, en los climas penumbrosos, en los acordes melodiosos de la banda sonora ("Así hablaba Zaratustra", de Strauss, y los preludios de Wagner: "El oro del Rhin", "La Walkiria", "Los maestros cantores de Viena" y "Tristán e Isolda").
Con una mágica paleta
Pero además, y es necesario entrar a detallar, en la concepción escénica para desarrollar los diferentes ámbitos.
Comienzan las acciones en un extremo pequeño del gran escenario de la Martín Coronado para reproducrir el atelier del pintor. El resto está cubierto por un gran telón negro, que se descorre en la segunda parte para introducir al espectador en la casa de Lulú y Schwarz. Un nuevo desplazamiento, el último, y aparece la lujosa mansión de Schöning y Lulú. Luego mediante el uso del plato giratorio, traslada la acción a una mansión francesa, para finalmente, recurrir al desplazamiento lateral del escenario y transformar, ante la vista del público, un ambiente de alegría y desprejuicio en una sórdida y oscura calle londinense.
Así como se despliega el telón, transcurre la vida de Lulú.
Ayuda a la composición de los climas el trabajo silencioso y muy expresivo de la luces, a las cuales Alberto diseña con la habilidad de un artista.
Ambientada en los años 20, la pieza adquiere valores expresionistas que el director parece haber extraído de los pintores alemanes de la época. Prueba de ello es el diseño del vestuario, impecable, atractivo y sugerente, en la gama de los grises, negro, blanco y rojo, para los protagonistas, alternando, cromáticamente, con el vestuario de otros personajes que sobresalen por los colores cálidos.
Hasta aquí una composición estética atractiva, elocuente, más adecuada para una evaluación pictórica, que subraya la labor artesanal de Alberto.
Pero la emoción, el nervio, la sangre, el director los expuso con una marcación de actores que resultó impecable por los resultados y por la respuesta que obtuvo de los intérpretes.
Cuestión de carnadura
Pocas veces se tuvo la oportunidad de ver a Juan Carlos Dual en un personaje tan a su medida, convincente, al cual encaró apropiadamente con mesura y señorío, manejando sus sentimientos a partir de los silencios cargados de significados.
Vuelve a lucir Jorge Petraglia, en un papel donde juega acertadamente lo perverso, escondido detrás de un siniestro humor y de su falso afecto.
En general, muy buenos trabajos que brillan por la homogeneidad, entre los cuales descolocó el de Roberto Mosca,con un personaje remarcadamente payasesco, del cual se deduce que es una exigencia de marcación más que de composición.
Finalmente, Mía Maestro que deslumbra por el bagaje actoral que expone para sostener este protagonismo tan exigente. A partir de la energía interna hasta el trabajo corporal, se descubre a una intérprete excelente para sobresalir en un escenario. La voz, potente y expresiva -que no necesitó de micrófonos ni de gritos-, cautivó cuando la actriz encaró un tema musical y demostró que en el canto también posee la maestría de una profesional.
Una puesta que será, sin lugar a dudas, inolvidable por sus valores.
Falta de imaginación
Era la noche del estreno. Diez minutos antes de que finalizar la representación, en una secuencia donde Lulú, instalada en un cuartucho de mala muerte de Londres, trae como cliente a Jack, el Destripador, los actores entablan el diálogo en inglés. Más allá de tratarse de un idioma foráneo (al cual el público teatral está muy acostumbrado), las acciones entre la prostituta y el cliente no necesitaban una traducción explícita. A pesar de esto, de la platea surgió una voz potente que pedía la traducción o el subtitulado. La respuesta por parte del público, chistidos y gritos, dejó bien en claro que esta modalidad de introducir diálogos en inglés no molestó a la total mayoría de los espectadores. A pesar de esto, el señor vociferador exclamó: "Alberto, esto no es el Teatro del Sur", comentario que dejó bien en claro que el ataque tenía como destinatario al director de "Lulú": Alberto Félix Alberto.
Este "señor" tenía todo el derecho de retirarse de la sala, pero prefirió no hacer uso del mismo; por el contrario, optó por invadir el derecho de los espectadores de presenciar en silencio el desenlace, y avasalló el de los actores de sentirse respetados en el excelente trabajo que venían desarrollando.
Este gesto de intolerancia por parte de un "invitado" no alcanzó a opacar los brillantes méritos de esta puesta. Es bien sabido, y la historia lo demuestra, que el talento de un artista agita la envidia de los mediocres.





