Una mosca sin vuelo

El grupo de Ramallo tocó por primera vez en Obras
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30 de octubre de 2000  

Después del vendaval de noticias extranjeras que llegaron durante todo el año aclamando a La Mosca como la banda del momento en Europa; después del casi medio millón de placas vendidas en el Viejo Continente de su último álbum, "Vísperas de carnaval"; después de los cantitos en la cancha con su hit "Yo te quiero dar"; después del huracán mediático que hizo volar alto a La Mosca y permitió el arriesgado proyecto de tocar, por primera vez, en el templo del rock -aunque en los últimos años esta definición ha quedado un tanto añeja-; después de todo, al grupo de Ramallo le llegó la hora de mostrar sus virtudes y defectos en su país. Más precisamente en la Capital Federal, donde nunca habían realizado un show medianamente grande.

Y allí se hicieron presentes algunos pocos fans de la primera hora, vejetes con cara -y por qué no, compañía- de trampa; familias tipo argentinas -padre, madre, nene y nena, todos fervientes consumidores de Susanas y Tinellis-, niños de entre tres y cinco años, cuyas primeras palabras parece que fueron "yo quemaré tus cartas" -incluso mucho antes que mamá y papá-, y aquellos curiosos que, a lo largo de este último año, no lograron entender por qué ese combo de once músicos se hizo tan popular en España e Italia.

Y allí también estaba Guillermo Novelis -voz y rostro de la banda-, con sus anteojos gigantes y su acento casi español de tanto y tanto girar por la madre patria. Y luego del primer combo de canciones -que incluyó dos de sus hits: "Yo te quiero dar" y "Cha-cha-cha"-, la propuesta del concierto estaba definida. Una banda que suena ajustada, que conoce sus limitaciones y no intenta más de lo que puede, acompañada por un cantante al que el escenario de Obras quizá le haya quedado un tanto grande.

Causa impresión ver en vivo y en directo al cantante: es pelado y no se parece absolutamente en nada al Indio Solari.

Una fiesta para invitados de lujo

Con un estadio medio lleno o medio vacío -según las preferencias del lector-, la banda se largó con su repertorio de ska, reggae y pop festivo, apoyado por varios músicos invitados de lujo. Primero subieron los Super Ratones para aportar coros -"las mejores voces del país", se entusiasmó un Novelis notablemente sobreexcitado por el marco-. Luego le tocó a Juanchi Baleirón y Diego "Chapa" Blanco, de Los Pericos. Hasta aquí, sin sorpresas. Pero cuando la lista de temas marcó la hora de "Flores amargas", casi sin querer y sin anuncio previo, aparecieron Diego Arnedo y Ricardo Mollo. Sí, sí, las dos terceras partes de la aplanadora del rock.

El enganche, ahora sí, fue toda una sorpresa. Sin ningún tipo de tapujos, "Flores amargas" se convirtió en "El reggae de paz y amor", luego en "La rubia tarada" y poco después en "Mejor no hablar de ciertas cosas".

Definitivamente causa impresión ver en vivo y en directo al cantante: es pelado y tampoco se parece absolutamente en nada a Luca Prodan. Mejor no hablar de ciertas cosas.

El final del popurrí de Sumo encontró a Mollo sacándole humo a la guitarra -como siempre-, con once músicos detrás, apoyándolo en pura distorsión. ¡Rock & roll, yeah! Aplausos, gritos y el susto de más de un padre al ver cómo les quedaron los pelos de punta a su esposa y sus hijos.

"Gracias Oscar Mollo", se equivocó Novelis, una y otra vez. ¿Habrá sido la emoción? Ya cerca del final, también subieron los Kapanga para acompañar al combo de Ramallo.

"Tranquilo Venancio" y "Sin carnaval" fueron los temas previos a los -obvios- bises: otra vez "Yo te quiero dar" y "Para no verte más", esos hits que explotaron en el verano europeo y que apenas provocaron un chasquido en la Argentina.

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