
Una propina de Anton Bruckner para premiar a Hans Richter
Allegro por Pablo Kohan
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Schubert y Mozart podrían haber competido para ver quién componía más rápido. Y en contra de lo que la velocidad podría sugerir, nadie argüiría, precisamente, que en sus obras se pueden percibir pobres acabados de urgencia. En el rincón opuesto, reina Anton Bruckner. Ese sitial, ciertamente hipotético y no más que eso, se cimenta sobre dos pilares. Por un lado, el gran compositor austríaco avanzaba lentamente con una escritura lenta y trabajosa. Pero además, completada la composición, su eterna inseguridad le hacía ver ese producto final como poco feliz. Con cada una de sus sinfonías le pasó lo mismo. Más temprano o más tarde, antes o después del estreno, alguna circunstancia lo movía a emprender los cambios y la reescritura. Esa obstinación dio lugar a que de cada una de ellas –con la excepción de la última, la novena, que no alcanzó a concluir– haya más de una versión. En realidad, ese afán por encontrar una versión satisfactoria era una manifestación más de una personalidad extremadamente apocada, muy sujeta y pendiente de la opinión ajena y que, a la luz de lo valioso de su creación, sólo tenía explicación en una mentalidad muy peculiar. Criado en un ambiente provinciano, simple e inocente en sus modos de relación, nunca se adaptó a las maneras de la gran ciudad. En 1881, en Viena, antes del estreno de la Sinfonía Romántica, la cuarta, ni más ni menos que con la dirección del gran Hans Richter, Bruckner mostró, una vez más, su carencia de tacto. Aunque su inocencia, en este caso, despierta ternura. Luego del último ensayo se acercó al podio en estado de absoluta felicidad. Queriendo recompensar a Richter, le puso una moneda en su mano y le dijo: "Vaya y tómese una cerveza".
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