Mr. Robot: una revolución en pantalla donde nerds anarquistas quieren acabar con la desigualdad

La serie presenta una hábil simbiosis entre forma y contenido: habla del fin de la propiedad privada con un lenguaje construido por citas, en un relato que desconoce límites entre lo propio y lo ajeno
Hernán Ferreiros
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8 de diciembre de 2015  

Mr. Robot / Creada por: Sam Esmail / Intérpretes: Rami Malek, Carly Chalkin, Portia Doubleday y Christian Slater / Emite: Space / Los lunes, a las 22 / Nuestra opinión: muy buena.

En "El éxtasis de las influencias", artículo construido con citas de otros ingeniosamente ensambladas para que parecieran el trabajo de un único autor, Jonathan Lethem (escritor norteamericano, publicó La fortaleza de la soledad, entre otros) expone de modo elocuente, en la forma y el contenido, la idea de que toda escritura es una reescritura, que cualquier texto tiene una asignatura pendiente con otro anterior. "La invención no consiste en crear partiendo del vacío, sino del caos", dice Lethem (en realidad lo dice Mary Shelley en su prólogo a Frankenstein, cuyo monstruo, como es sabido, fue creado con partes de otros cuerpos). Y luego, ya para entrar más de lleno en el tema de esta serie, Lethem afirma (en realidad, es el activista del copyleft Kembrew McLeod quien lo asegura) que vivimos en una "cultura de código libre", es decir, que está abierta a ser reapropiada, reversionada, reconfigurada.

Mr. Robot es una ficción que interviene profusamente el "código libre" de nuestra cultura audiovisual: el primer episodio es una reescritura explícita de The Matrix, con sus hombres de negro, su pasaje entre dos realidades y hasta sus diálogos: "Estás aquí porque sientes que ocurre algo malo con el mundo, algo que no se puede explicar, pero sabes que te controla a ti y a todos los que te rodean", dice Mr. Robot (Christian Slater), al citar textualmente al personaje de Morfeo (Lawrence Fishburne) en aquel film. La diferencia entre ambos, por eso se trata de una apropiación productiva y no de un robo, es que usan el mismo texto para hablar de cosas distintas: en este caso, el Sr. Robot no se refiere a la matriz, sino al sistema operativo de nuestro mundo: el dinero. Su propuesta para Elliot Alderson (Rami Malek), quien es hacker por las noches y empleado de una compañía informática durante el día, es que se integre a su grupo de "hacktivistas" llamado Fsociety para introducir un malware en el corazón de la economía planetaria. En concreto, borrar la deuda que el mundo tiene con el megaconglomerado Evil Corp, que controla casi todo.

La serie avanza como un collage de ideas propias y prestadas: la alienación según Taxi Driver, los vínculos engañosos entre los personajes (y algunas locaciones) de El tercer hombre, la incursión física y digital en una corporación como en las primeras novelas de William Gibson, las composiciones de geometría dura del mejor Kubrick y, sobre el final de la temporada, una anunciada sorpresa tomada de El club de la pelea. Tal como señaló Lethem (y el crítico Simon Reynolds, y muchos otros), éste es un rasgo de nuestra cultura y se verifica en la forma de casi cualquier película, videoclip, canción, serie o novela, pero es un relato que a la vez lo hace su tema. Mr. Robot presenta una hábil simbiosis entre forma y contenido: habla del fin de la propiedad privada con un lenguaje construido por citas, sus anarquistas nerds quieren acabar con la desigualdad y desatar el caos en un relato que desconoce límites entre lo propio y lo ajeno.

De mayor a menor, la serie oscila entre una militancia ciberanarcopunk por el incendio de la aldea global, un discurso calculadamente transgresor y cínico ("Steve Jobs se nos muestra como un gran hombre, pero hizo millones con el trabajo de niños") y algunos conflictos estandarizados (asesinatos, venganzas de dealers y otros). En el primero de estos rasgos, y también en el protagonista Rami Malek, está su diferencia. La cara de Malek es la cristalización de la idea de "inestabilidad mental", y es su destreza lo que vuelve convincente la narración paranoica que lleva adelante cada episodio. Slater no es tan competente como el gurú antisistema que se vuelve su mentor, acaso porque el actor no encuentra su singularidad. La serie sí la tiene y es que logra construir una novedad a partir de su impenitente reorganización del pasado.

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