
Una versión de Gargantía
Las guerras picrocholinas, ópera de Antonio Tauriello / Dirección musical: Santiago Santero, Natalia Salinas / Dirección de escena: Diego Ernesto Rodríguez / Ensamble de música contemporánea del damus (iuna) / Reparto: Alba Castillo, Soledad Cardigni, Natalia Alberó, Lucas Barca, César Riveros, Osvaldo Malizia, Guillermo Asencio, Gabriel Galíndez, Gerónimo Seib / Sala: Centro Nacional de la Música, México 564 / Nueva Función: mañana, a las 20.
Nuestra opinión: muy buena
Después de la muerte de Antonio Tauriello, en abril de 2011, y aun antes de ella, muchas de las piezas de compositor permanecían y permanecen desconocidas. Curiosamente, no son sólo obras de sus últimos años. Hay también algunas que tienen varias décadas, como Culebra de nubes , cuya primera audición Alejo Pérez presentó en su momento en el Teatro Argentino, o Las guerras picrocholinas , que tuvo su estreno mundial en el Centro Nacional de la Música, como parte del Ciclo Iberoamericano de Ópera Contemporánea.
Definida como ópera en nueve cuadros, Las guerras picrocholinas fue el resultado de un encargo de 1974 que nunca llegó a la instancia de la luz pública. La trama toma un episodio de Gargantúa , de François Rabelais, reescrito dramáticamente por Jacques Nichet y Bernard Faivre, que aquí llegó en traducción de Catalina Tovorovski. Aunque la elección de semejante texto haya podido parecer singular en el panorama local y, particularmente, extraña también en la poética del compositor, Las guerras tiene algo muy de su época, para empezar la fricción con el género lírico. En rigor, Tauriello nos entrega una obra de teatro musical: salvo las partes asignadas del coro, todo está hablado en lugar de cantado.
Es curiosa la manera en la que encendió la imaginación del maestro argentino. La guerra entre los pasteleros de Lerné, regidos por Pricochole, y los pastores de Gargantúa activa una cantidad de consecuencias musicales. La desmesura rabelesiana tiene un primer correlato en la profusión tímbrica del orgánico (corno, trombón, clarinetes bajos, flauta en do, cuerdas y un interminable set de percusión), aparte de ambiciosos requerimientos escénicos. Tal vez el propio Tauriello pensó que la obra era una utopía irrepresentable. Santiago Santero -cuya dirección, compartida con Natalia Salinas, fue consistente y sensible- preparó una versión posible; una versión en todo caso más de cámara que no resigna eficacia. Además de aprovechar inteligentemente el espacio, con el público alrededor de la escena, la puesta de Diego Ernesto Rodríguez explota hábilmente el grotesco, aunque en ocasiones (por efecto de la distracción que propicia su actividad incesante) tiende a ahogar a la música. Con su escritura refinadísima (que no desdeña partes improvisadas por los instrumentistas), la partitura de Tauriello es como el fondo de ciertos cuadros: concentrados en las figuras principales, no lo vemos en el primer golpe de vista, pero esas figuras le deben enteramente su carácter al fondo.
En La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento , su fundamental estudio sobre Rabelais, Mijail Bajtin observó: "El Todo, en su «inacabamiento perpetuo», tiene una condición humorística y festiva, es decir que puede ser comprendido bajo sus aspecto cómico". Las guerras picrocholinas persiste también inacabada, en estado disponibilidad. Una disponibilidad, en todo caso, que deriva de la tensión entre el trastorno que la fiesta quiere provocar en el lenguaje musical y la voz de Tauriello, que nunca deja de escucharse.



