Uso y abuso de las palabras

Desde la prehistoria hasta nuestros días, tanto en un pasillo cualquiera como en estrados de líderes políticos, los parlanchines se multiplican en todo tiempo y lugar
Alejandro Schang Viton
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21 de julio de 2012  

En el principio fue el verbo. La humanidad creció con él y aún necesita de las palabras. Tanto en la guerra como en el amor, las palabras son tan fundamentales como en el juego, el negocio, la religión o la política. Sin embargo, el uso y abuso, muchas veces, convierten las palabras en una verdadera tortura, desde los primeros balbuceos emitidos por el hombre en las cavernas hasta el último noticiero vespertino.

Una veintena de siglos atrás, el filósofo griego Epicuro decía: "La manía de hablar siempre y sobre todo tipo de asuntos es una prueba de ignorancia y de mala educación, y uno de los grandes azotes del trato humano".

Hoy, numerosos oradores parecen ignorar aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno, y acudiendo a la mediática muletilla a ver... prosiguen con su catarata oral, preguntándonos, muy de tanto en tanto ¿entendés?, y volviendo a preguntarnos, esta vez con un ¿sí? para comprobar el grado de atención que demostramos ante este interlocutor supuestamente válido o simplemente circunstancial.

Mientras, el parlanchín prosigue con el relato, cuyos detalles, sumados a los gestos, anuncian un final lejano que nos apartará de nuestro interés, ya bastante alicaído.

De qué hablan los que hablan

La cruda y árida experiencia demuestra que todo asunto es tema para el conversador compulsivo: el tiempo, la inseguridad, la inflación, el fútbol, cómo está todo, las peleas de las divas...

El lunfardo los inserta en la categoría de charleta o charlatán, definido por el especialista José Gobello como "el que habla mucho y sin sustancia", término que parece descender de la voz ciarlattoa, con la que los italianos identifican a los que hablan continuamente. También se sospecha que el origen gira alrededor de ciarlare, charlar, y de Cerretano, el nombre de un pueblo de Italia famoso por sus curanderos.

En tanto, otros estudiosos consideran que la voz charlatán deriva del francés charlatan , "vendedor de medicinas que anunciaba su presencia con música y un pequeño espectáculo". El más conocido de París, aseguran, fue Tabarin, que tenía montado su pequeño escenario en la Place Dauphin allá por 1618, y cuya Comedia del Arte y sus farsas inspiraron algunas obras de Molière.

Las palabras l abia y facundia también tienen que ver con lo oral. Facundia, según el Diccionario de la Real Academia Española, es "afluencia, facilidad en el hablar". Así, facundo es, sencillamente, un hablador espontáneo e incansable. Nuestra historia contemporánea es harto fecunda en facundos. Su fama y su desconfianza crecieron juntas.

Hace siglos, el marino, escritor y político británico sir Walter Raleigh decía: "Hablar mucho es señal de vanidad; porque el fecundo en palabras es escaso en acción". Montesquieu fue aún más duro: "Entre menos piensa el hombre, más habla".

Nacidos para hablar

El biógrafo de Fidel Castro, el polaco Tad Szulc, escribió en 1986 que, hasta ese momento, el revolucionario cubano había pronunciado un poco más de 20.000 discursos. Y agregaba que en enero de 1968, Fidel Castro disertó durante casi 12 horas, y sólo hizo un breve intermedio al finalizar las primeras seis horas. Treinta años después, Castro, quizá debido al peso de los años, fue un poco más breve en una disertación ante los diputados de la Nueva Asamblea Nacional, tras ser reelegido como presidente hasta 2003. Habló apenas siete horas y cuarto.

Por su parte, el presidente venezolano Hugo Chávez, el 15 de enero de 2012 inició su disertación ante los miembros del Parlamento prometiendo ser breve, ya que "los largos discursos tuvieron sentido al comienzo de la revolución" y que "un discurso de seis horas es un abuso". Según la televisora oficial, este fue el discurso presidencial más largo de un presidente venezolano ante el Parlamento: duró nueve horas y media.

Mientras tanto aquí, el 1º de marzo último, la presidenta Cristina Fernández habló durante más de tres horas, mensaje en el que informó el rumbo económico basado en el control de las importaciones y el impulso del mercado interno, pero olvidó mencionar la apertura oficial del 130º período de sesiones ordinarias, como acostumbra el protocolo, ante la Asamblea Legislativa. Pero este discurso llevó a la fama a Mabel Remón, intérprete de sordos e intérprete oficial de la presidenta de los argentinos, que tuvo la difícil tarea de contar gestualmente las palabras emitidas en esa ocasión. Sin embargo, Remón comentó que éste no había sido el más largo de los discursos presidenciales. "El de Tucumán en el año del Bicentenario fue más largo", comentó.

Evo Morales tampoco se quedó atrás. El 6 de agosto de 2007, el presidente boliviano habló durante casi cuatro horas en la Casa de la Libertad de Sucre, ante el Congreso Nacional. Algunos de los presentes se valieron del poncho para aclamarlo y otros para dormir una siesta.

Pero el récord lo conserva el francés Lluis Colet, que a sus 62 años emitió el más largo discurso de todos los tiempos sin interrupción: 124 horas. Ex guía del Museo de las Artes y Tradiciones Catalanas, durante cinco días y cuatro noches estuvo hablando desde una radio municipal sobre distintos temas, alternó textos de autores jóvenes y propios, y dedicó un gran espacio a Salvador Dalí y a su obra pictórica.

El orador no durmió en esas jornadas y se alimentó con comida ligera.

Todo lo contrario

Casi un haiku, el discurso más breve, en cambio, pertenece al español Juan Carlos de Borbón, emitido por televisión durante la madrugada del 24 de febrero de 1981. En menos de 20 segundos rechazó "cualquier intento de golpe de Estado".

De algunos viejos discursos, en cambio, hoy tan sólo ha quedado una oración, como es el caso del de John Fitzgerald Kennedy el 20 de enero de 1961, día de su investidura presidencial, cuando expresó: "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregúntate lo que tú puedes hacer por tu país".

También es para el recuerdo la frase del primer ministro británico Winston Churchill, mencionada el 13 de mayo de 1940, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. "Sólo tengo para ofrecerles sangre, sudor y lágrimas" fue la frase tomada de Theodore Roosevelt. Sólo un poco menos recordada, también persiste: "Yo tengo un sueño", inicio del texto con que Martin Luther King expresó su propuesta política, el 28 de agosto de 1963, ante 200.000 personas.

Oremos.

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