
Viven en Cotiza, un barrio pobre de Caracas, y aunque a veces se visten con Dolce & Gavanna y tienen fotos con la actriz Mia Maestro, los raperos de guerrilla seca y vagos y maleantes no olvidan que es un su barrio
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Vamos bajando por la estrecha calle Carabobo del barrio San José Cotiza, de una fama roja ganada a punta de plomo a discreción, y la señora de pie en la acera hace señas con el brazo diciendo que no, que por ahí no. Su gesto, pese a la buena intención, es como el de una máscara vacía. Es frío. Sabe que de poco valen las señas cuando alguien cae en esta boca de lobo. Allá, donde el asfalto se dobla en una esquiva salida, ya es mucho lo que ha pasado.
Lo que no ha visto la doña por el ahumado de los vidrios es que en el asiento del copiloto va sentado el santo y seña de la zona: el Nigga. Un tipo de bigotico latino y ojos que traslucen una violencia sosegada y madura: cabeza fría y mente ágil. Un malandro caraqueño en sentido pleno del concepto; un tipo al que le han tocado las cosas duras y que ahí está de pie, dando la pelea.
El Nigga se asoma a la casa del Budu: "Si éste no anda amotinado podemos hablar aquí". Sin cruzar palabras, con sólo verse a las caras sabe que somos bienvenidos. El Budu está en su faceta de padre barbero y Jackson va quedando como su pequeño clon, un mini me afeitado al rape con estruendoso hip-hop como banda sonora de fondo. En una de las paredes, apenas a la entrada, está montada una fotografía del rodaje de la película Secuestro Express: son el Nigga y el Budu acompañados de la actriz Mia Maestro (la hermana de la Kahlo, en la Frida de Salma Hayek). Que no haya dudas pues, aquí no hay cuento: estos señores hace rato que van de artistas en serio.
La relación de juan carlos echeandía con el rollo del hip-hop era escasa, por no decir que nula. Hasta el momento que se planteó que era hora de experimentar con algo más personal, con un mejor motivo para aprovechar su solvente manejo de los códigos audiovisuales más allá de las maquinaciones del oficio de realizador de comerciales. En esas andaba cuando alguien lo asomó al universo de los raperos callejeros y allí se topó con una movida poderosa y quedó enganchado. "Decidí comprar una cámara de video", cuenta. "Empecé a grabar en el año 2000 a los raperos y breakdancers en el paseo Los Próceres (y aquí la paradoja: éste es un monumento a los héroes de la Independencia). Decido ahondar en la investigación, conozco a los personajes, entro en la esencia del hip-hop, voy a los barrios, veo cómo y dónde viven y empieza a tomar sentido para mí todo lo que ellos rapean. También voy a Nueva York y me entrevisto con Ernie Paniccioli, un fotógrafo y cronista del hip-hop...".
Echeandía ya estaba metido hasta el cuello. Ahondó en los bajos fondos y emergió transformado en otro con Venezuela Subterránea, un soberbio documental de altísima factura que recoge con acierto y crudeza la realidad de esta ruda poesía urbana en la que riman palabrotas con vivencias extremas de balazos rompiendo carne, de jerga carcelaria con rebuscadas líricas y mucho humo dulzón de la matica aquella.
El documental, quién lo diría, encontró palco y público al ser proyectado con inusitado éxito en la venerable sala de la Cinemateca Nacional y desde ahí ha girado estos años por festivales muy lejos de casa: el de Cine Negro de Los Angeles, el de Cine Latino en Toronto, el Cinesul de Rio de Janeiro, el de Málaga y el de La Habana.
El siguiente paso era obvio: había que editar una banda sonora y cuatro exponentes –Vagos y Maleantes, Guerrilla Seca, Dr. Scratch y 187– entraron al estudio de Dj Trece, pionero por estos lares del rapeo en formato profesional, y en febrero de 2001 salió a la calle el compacto homónimo: Venezuela Subterránea, esta vez en soporte digital. Un batacazo discográfico en un país que poco apuesta al talento musical emergente, donde hacer un compacto es una gesta heroica. Juan Carlos Echeandía ya era otro: empezaba a convertirse en el capo mayor del hip-hop business en estos lares: "Dejé de ser un productor y un documentalista en ciernes para convertirme en empresario del hip-hop en Venezuela".
Con el compacto se creó Subterráneo Records y finalmente todo el proyecto se concentró –en sociedad con A&B Producciones– en la firma Venezuela Subterránea. El éxito del disco se reflejó incluso en la velocidad con la que fue acogido en el circuito de la piratería. Y la combinación con el documental reveló la existencia de un mundo en el barrio más allá de la salsa y esa aberración a la que llaman "tecno-merengue". Echeandía se convirtió en manager de las cuatro agrupaciones y el arduo trabajo condujo a un momento en el que había que escoger: se quedó con quienes demostraron el mayor potencial, Vagos y Maleantes y Guerrilla Seca. La elección fue acertada.
Sin la maquinaria correspondiente, la pequeña disquera colocó a los suyos en las emisoras de radio y rápidamente los raperos comenzaron a ocupar páginas en los diarios. Y no precisamente en la crónica de sucesos, donde más de un vecino creyó que iban a terminar estos tipos. Con ellos, mejor dicho, gracias a ellos, el hip- hop asomó la cabeza y le dio un empujón a la puerta que años antes había entreabierto el desaparecido colectivo La Corte: "He hecho que los grupos se expongan", dice Echeandía: "Nos parece que esa diferenciación tan grande entre el mainstream y el underground termina siendo dañina. El rapero necesita esa base mediática justamente para difundir su mensaje sin que ello implique perder un ápice de lo que son. Ellos siguen conservando la misma esencia desde el momento en que los conocí. Y esa es parte de la magia de todo esto".
Vagos y maleantes ya tienen papidandeando, el disco con el que soñaban en aquellos tiempos –han pasado unos diez años desde que el hip-hop les taladrara el cerebro– cuando rapeaban en la calle emulando con la boca el sonido del beat. Mucho barro ha arrastrado la lluvia por estas calles desde entonces. El Budu y el Nigga han visto su imagen –y la de los colegas Guerrilla Seca– en estampas de su vida diaria y también enfundados en Dolce & Gabanna y Armani, colgando, por ejemplo, en las paredes del Museo de Artes Plásticas Jacobo Borges: "Como propuesta museográfica, Venezuela Subterránea. Hip hop: Imagen, música y poesía callejera, nos plantea algunos desafíos de carácter ético, especialmente si nos colocamos al trasluz de lo que estas expresiones nos quieren desvelar con un discurso que desmantela –sin ningún tipo de eufemismos y a viva voz– una realidad que puede ser muy dura, pero que hay que ver y escuchar", teorizó en su momento Xiomara Jiménez, curadora de la muestra exhibida en noviembre de 2002.
Y esa realidad no es otra que la violencia apabullante de los barrios caraqueños. La verdad de la marginalidad urbana salpicada de sangre, las insólitas historias de la gente que menos tiene, los balazos, el orgullo del malandreo, el aplique de la policía, las proyecciones de un futuro de excesos y derroche y los riesgos de hacerse la vida con el jibareo, la venta de monte y enervante polvo blanco. Todo esto palabreado en sabroso tono, con verbo crudo y buena rima en un flujo cadencioso sobre una endiablada base de salsa brava y beats construida por Dj Trece –a la que nombraron salso-hip-hop– tomando prestado elementos de temas de Eddie Palmieri, la Orquesta Zodiac y el Ziguaraya de Lino Frías en versión de Oscar D’León. En Papidandeando, expresión de la jerga carcelera que se refiere a la ansiada vida de derroche, mujeres y buena pinta, aportan sonido músicos de talla grande como el percusionista Nené Quintero, el flautista Huascar Barradas, la cantante de jazz María Rivas y otros de nuevas camadas como Annabella "Bélica" Almenar y el guitarrista Eric Colón.
Luego de fotografiarlos con su exquisita mirada acostumbrada más bien al glamoroso mundillo de la moda, sin saberlo Fran Beaufrand recogió en una frase lo que ha pasado entre algunos conspicuos representantes de eso que llaman –a falta de mejor descripción– "la gente bien" del Este caraqueño: "Ellos son mis malandros favoritos".
Quién sabe si desafortunadamente para ellos, pero esto no es Manhattan ni el barrio de donde vienen es el Bronx. De haber sido así, a estas alturas Vagos y Maleantes ya estarían montados sobre una pequeña montaña de billetes verdes enseñando sus poderes en pleno papidandeo. Esto, mi hermano, sigue siendo Caracas. Y aunque en algunas ocasiones están en especialísimos guest lists, el Nigga sigue de empleado en un hospital de Cotiza y al Budu con todo y su fiero aspecto de estrella del hip-hop, aún se le puede ver tomando el autobús para llegar a casa. "La gente ve que de repente estás sobre tremenda tarima y te aclaman y todo eso. Y la realidad de la vida es que después del toque te dejaron en Cotiza y subiste pa’ tu barrio", reflexiona el Budu. Y su socio completa la idea: "Eso es lo contradictorio de esta vaina".
Es sabido que los raperos cultivan la pose del tipo malo, que se regodean en historias de crimen y pistolones escupiendo plomo. El Budu y el Nigga no andan de pose: son del propio barrio y saben de lo que están hablando. Y cuando se auto nombran criminales es porque han caminado –con suerte, hay que decirlo– por ese lado de la raya donde no se muere a sombrerazos: "Cuando rapeábamos en la calle no teníamos apoyo. Queríamos hacer un disco y vendíamos droga para pagar el estudio. Una vez la policía me allanó la casa. Tuvimos muchos problemas con eso, pero lo superamos", advierte el Budu: "No me quejo de la droga, me pagó el estudio al principio, me dio el televisor, el VHS, me dio gustos y la supe aprovechar. Monté una bodega, un carro de perros calientes. Y me salí a tiempo. Creo que si el Nigga y yo no hubiésemos hablado una noche de retirarnos, ahora estaríamos presos o quién sabe".
El Nigga recuerda el momento: "Un día que estábamos fumados hablé con este güevón y le dije que hasta aquí, que lo nuestro era la música y que no podíamos seguir con eso. Además cuando estás vendiendo sabes que estás haciendo mal, es eso que llamamos conciencia de la droga, sabes que es un negocio maligno. Después que lo dejamos los momentos fueron malísimos: de un día para otro no tienes ni con qué comprar cigarros. Y mira, resultó que la música sí era lo nuestro".
Como salvados en el momento preciso, al día siguiente de esa conversación, la policía allanó la bodega del Budu justo después de vender lo último que le que quedaba de mercancía ilegal. Y en ese mismo momento el Nigga iba rumbo a la casa de su socio cargado como para que le echaran unos cuantos años, pero alguien le avisó que se diera media vuelta. Hasta el sol de hoy. El negocio quedó atrás, pero el malandreo no: "Espero nunca meterme en problemas", advierte el Nigga: "pero sigo siendo un malandro. Ser malandro es una actitud, una cultura, es un montón de vainas. Para ser malandro tienes que aprender, estudiar en la cárcel o en la calle. A mí me tocó en la calle". El Budu ahonda en el tópico: "En las canciones contamos anécdotas, cosas que hemos visto y un poco de las que hemos vivido. Hay muchos chamos cantando vainas por ahí, dándoselas de malos, pero el tipo que se siente malandro no dice nada, deja las cosas a tu imaginación. Aquí en el barrio las vainas son duras, pero no hay nada mejor que resolver un problema hablando, que saber expresarte, saber respetar. También eres malandro cuando respetas a las personas. Lo otro no es más que ser un bocón".
Del jibareo y del polvo blanco queda la experiencia. Pero de la yerba han hecho un culto y la homenajean con el tema "Ziguaraya": "Para mí sería estúpido decir «deja la droga» porque yo soy un fumón", suelta el Budu: "Claro, que a los chamos no les estamos diciendo que fumen. Lanzamos «Ziguaraya» porque es como un himno y siempre tendremos una canción para la ziguaraya porque para mí es mucho. Yo soy un tipo muy amotinao y cuando fumo me calmo y veo las cosas claras". El Nigga concede que hay algo delicado en hacer apología a la marihuana: "Sí, pero esa es una realidad. Está en tí si lo haces o no. Yo no te estoy dando el tabaco. Hoy en día ya no fumo porque necesito estar sano. Pero si me preguntas si es malo o es bueno, te digo que me pareció bien, pero tú sabrás si fumas o no".
Juan carlos echeandia asumio con absoluta seriedad el riesgo con estos personajes salidos de una órbita distinta a la suya. Y las cartas le han dado un buen juego: "El balance es positivo. Aquí hay una apuesta más salpicada de ilusión y sueños que de perspectivas de negocio. Sin embargo, el disco se vende y los grupos son cotizados. En términos muy modestos está saliendo bien, ellos cobran sus regalías y tienen un promedio de tres toques mensuales, además de una gira que están haciendo por las cárceles. En lo personal ha sido un cambio de vida radical, de tener una estabilidad económica relativa y un trabajo que dominaba y me aburría, pasé a meterme en esto que es tan exigente y que no conocía, pero que me ha hecho crecer como ser humano".
Difícil ha sido. Y no sólo por la naturaleza conflictiva de los artistas. En cierto momento la fama los envenenó: "Se perdió la inocencia y eso puede poner en peligro el proyecto. Además, aquí el dinero y la fama son relativos, porque ellos siguen viviendo en su barrio. El reconocimiento público no fue bien absorbido por algunos de los artistas y nos tocó enfrentarlo con ellos. Tienes que hacerle entender a los grupos que lo que hacen es arte, pero también es un oficio. Y que la fama y el dinero son una ilusión".
Para Papidandeando el cineasta Jonathan Jakubowicz dirigió el video del sencillo "Guajira", que entró en la rotación de MTV, HTV y el canal local Puma TV, y en el cual el Budu logró hacer realidad una de sus fantasías eróticas: besarle los pies a la locutora y animadora Erika De La Vega, famosa estrella mediática venezolana de la cual el rapero se confiesa furibundo enamorado: "Cuando la tengo al frente por más de cinco minutos, joe, no sé ni qué decirle, me quedo como mudo...".
Ese clip los llevó a otra dimensión: "El documental y el video los vio Elizabeth Avellán, la esposa y productora de Robert Rodríguez y a los Vagos los eligieron para una película que tenían planeada", explica Echeandía. Se trata de Secuestro Express, un largometraje dirigido también por Jacubowicz que filmaron en Caracas: "Protagonizan con Mia Maestro y compartieron roles con Rubén Blades. Ellos, que vienen de la nada, se ven mudados a un apartamento en el Este y a tener asistentes personales. De pronto pasaron a vivir tres meses como en Disneylandia y se comieron el cuento. En esos días andaban en una nube y al terminar el rodaje bajaron a tierra. La experiencia de la película reafirmó al final mi amistad con ellos y también nos llevó a una relación más profesional".
Para el Nigga era algo ya soñado: "Siempre quise trabajar en cine, sentía que tenía aptitudes para actuar. Y conocer a Rubén Blades y trabajar con él, para mí, el Nigga de Cotiza, fue un lujo. Con él, con Mia y con toda esa gente, fue una experiencia arrechísima. Lo más importante fue volver a tener la oportunidad de demostrar tu talento, que ha valido tantos años de trabajo". El Budu también lo tenía en mente: "Era uno de nuestros sueños de pelaos. Le eché bolas y Mia nos ayudó mucho, a mí en particular en la escena más difícil, en la que tenía que intentar violarme a la jeva. Fue tremenda experiencia y creo que por ahí puede venir otra película".
Al Budu le agradó esa Disneylandia y decidió que era hora de salir de casa. Rentó un apartamento en Altamira –al Este de la ciudad– y de pronto, sin su gente, sin su vieja y con los vecinos que lo miraban con susto, en menos de un mes volvió a lo suyo: "Se me hizo difícil además de todo porque tengo cuatro chamos y tengo que responderles. Volví al barrio y resultó mejor porque alimenta mis líricas. Aquí hay un tipo, Zamuro, al que le dieron siete tiros. Le pusieron un clavo en la pierna y el tipo se sacó el clavo para venderlo y comprar piedra (crack). Eso tú lo cantas y la gente te para bolas. Cuando regresé al barrio la mente se me abrió otra vez. ¿De qué carajos voy a rapear yo viviendo en el Este?".
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