
Vestidor al desnudo del drama humano
Nuestra opinión: Muy buena
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"El vestidor", de Ronald Harwood. Intérpretes: Federico Luppi, Julio Chávez, Mónica Galán, Elvira Onetto, Jorge Ochoa y Nancy Dupláa. Escenografía y vestuario: Díaz Mendoza. Iluminación: Gabriel Cavia. Dirección: Miguel Cavia. Duración: 111 minutos. En La Plaza.
No se podía evitar que las imágenes de Albert Finney y Tom Courtenay sobrevolaran en los días previos al estreno. La actuación de los protagonistas de la versión cinematográfica de "El vestidor" había dejado su marca. Pero en cuanto el telón empezó a descorrerse, otra realidad cobró vida propia sobre el escenario de la sala Pablo Picasso y las imágenes previas se esfumaron como en un acto de magia.
Allí se iba a dar una extraña paradoja entre dos seres, distintos desde todo punto de vista: el señor y su sirviente. En este caso, la tarea del vestidor está destinada a cubrir las miserias humanas que un actor, viejo y enfermo, se empeña en desvestir. Casi como vestir al desnudo.
Esta joya dramática del sudafricano Harwood, donde sobresalen el humor, la ironía y la riqueza conceptual, puede leerse como la relación amorosa de un servidor hacia un gran señor. Un amor muy especial, teñido de pureza y alimentado por la admiración, que se reproduce fuera de las luces destellantes y ficticias del escenario.
Allí está el actor, director de compañía, soportando la decadencia física, los miedos, la enfermedad y el dolor por la guerra; agobiado por la edad y por la exigencia de dar en cada función más de sí mismo.
Frente o junto a él, el vestidor, un hombre simple e insignificante que revive cada vez que tiene que cumplir con la sagrada tarea de ayudar con el vestuario, recordar parlamentos para enganchar la memoria del actor, repetir la rutina del maquillaje, ser un bálsamo de humor para despejar la depresión, la taza de té para tranquilizar, la mirada cargada de sentimientos para confortar. Esto y mucho más.
Si el actor es la gran figura, el vestidor es el protagonista, y entre los dos se establece un duelo actoral del cual el único y gran ganador es el espectador.
Apenas dos horas
Cuando se habla de duración nunca se menciona la sensación psicológica. En este caso, las casi dos horas que duró el espectáculo fueron escasas para disfrutar del placer de participar emocionalmente en la ceremonia teatral que ofrecieron Federico Luppi y Julio Chávez.
Los personajes ofrecían bandejas de tentaciones actorales y los dos, a su manera, las aprovecharon.
Luppi, como nunca, puso el cuerpo para señalar la decrepitud física y mental y al mismo tiempo la emoción para conjugar las miserias de un hombre que, en el ocaso de su vida, tiene la lucidez para contemplar su propio fracaso existencial. Uno de sus más logrados trabajos teatrales, por no decir el mejor.
Julio Chávez finalmente alcanzó el personaje que le permite desplegar sutilezas, humor, violencia, compasión. Una delicada y conmovedora composición, sin caer en la machieta, de ese ser desvalido que vive y respira por el otro, hasta que el último hálito lo condena a la frustración y al dolor.
En este jugoso duelo entran a jugar otros personajes, interpretados correctamente, a pesar del poco lucimiento que les permite el autor. Pero merecen participar del reconocimiento. Mónica Galán como la esposa que no comparte el talento actoral del marido; Elvira Onetto, la rigurosa jefe de escena, yNancy Dupláa, que, en su debut, se esforzó en componer un personaje. Jorge Ochoa tuvo un doble papel, actor y bufón, al cual les sacó todo el jugo.
Finalmente, la doble labor del director, que acertó en la marcación de los actores y elaboró una puesta práctica para transitar tanto los camarines como los entretelones y, al mismo tiempo, para transformar una realidad en otra bien diferente, que nunca se ve en el escenario.
Esta conjunción de aciertos permitió que, como pocas veces últimamente, se pudiera salir de la sala sintiendo que se había alcanzado el disfrute que sólo ofrece el buen teatro. El espectador, agradecido.




