Víctor Kossakovsky: "la duda es lo más importante"
Su documental ¡Vivan las antípodas! indaga en las similitudes y diferencias de personas que viven en puntos opuestos del globo
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Se proyecta en el Malba todos los viernes, a las 22, y en el Gaumont, todos los días, la última realización del director ruso Víctor Kossakovsky ¡Vivan las antípodas! El documental busca esos opuestos a los que alude el título alrededor de nuestro planeta. Kossakovsky nació en San Petersburgo en 1961 y estudió cine en la célebre escuela VGIK, con sede en Moscú. Un par de años después sus documentales comenzaron a presentarse en festivales y lo afirmaron como uno de los más importantes realizadores contemporáneos. La película inauguró la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata, donde la nacion dialogó con el director acerca de esta singular experiencia fílmica.
–¿Cómo se decidió a realizar ¡Vivan las antípodas! tras años de hacer un cine intimista?
–Creo que hay dos maneras de acercarse a la realidad, una es como si mirásemos una gota de agua pensando que todo esta allí condensado, y la otra es a la inversa: intentando abarcar el mundo para encontrar el detalle. Por desgracia, atravesamos un período de gran intolerancia, con muchos odios raciales y guerras. Nos falta aceptar la mirada del otro.
–¿Cómo la llevó a cabo?
–Encontré a dos hermanos en la Argentina, en un pequeño y perdido paraje entrerriano, y me puse a pensar en qué había del otro lado del planeta como si trazáramos una línea recta por adentro del globo terráqueo. En la mayor parte de los casos no hay antípodas, sólo hay agua. Pero aquí sí, un chino en Shanghai que comparte con ellos la manera universal del ser humano, la sensibilidad y la bondad. Las otras antípodas son España y Nueva Zelanda, Chile y Rusia y, por último, Botswana y Hawai.
–¿Tan fácilmente se le ocurrió?
–En realidad surge de una historia de amor real vivida por un científico que conocí a bordo de un rompehielos en el Ártico. Este hombre también era cocinero. Una vez me contó que su novia también era científica, pero en ese momento estaba en la Antártida, en el extremo opuesto. Todo esto sucedió hace treinta años, con lo cual la única forma de comunicarse con ella era tenerla en sus pensamientos. Trabajando con mi cámara en ese continente blanco pensé por primera vez en las antípodas.
–Su cine pareciera mostrar siempre la ambigüedad que existe en el mundo.
–Tal vez sea el más optimista de los pesimistas, o al revés. Creo que la duda es lo más importante, con lo cual considero que los documentales hay que hacerlos cuando uno no tiene definida la relación con la otra persona y encuentra cosas que le gustan y otras que no.
–¿Y lo consigue intuitivamente, como planteaba Andréi Tarkovski, o desde un lugar más estructurado en el relato, como podía ser el cine de Dziga Vértov?
–Estoy muy contento de que haya referido a esos dos nombres porque si miramos sus películas podemos pensar cuánto hay de documental y cuánto de ficción en cada una. En primer lugar son obras de arte. Si miramos una película de Vértov podemos decir: "Son documentales", pero al tratar de recordarlas no es demasiado claro y ponemos en primer término las imágenes. En cambio, si nos detenemos en Tarkovski podemos decir que son ficciones pero, asimismo, son documentos del intelecto, del pensamiento y de un momento que ya pasó. Pero creo que falta un nombre.
–¿Cuál?
–Charles Chaplin. Pero claro, a cada uno le falta algo del otro. Creo que la combinación de los tres haría el cine ideal.
–¿La ética y la estética son divisibles al momento de la labor documental?
–Todas las artes tienen esta relación de ética y estética que considero inseparable. Seguramente en la música uno debe conocer mucho más para poder percibir la ética existente en una composición, pero en el caso del cine es mucho más fácil aunque el público no lo perciba tan claramente en el caso de las ficciones. En un documental se están tomando decisiones que son indivisibles ética y estéticamente. Cuando colocamos la cámara sólo hay una posición que es la correcta en relación al personaje.
–¿Qué recuerdos tiene de su rodaje en la Argentina?
–Fue una experiencia maravillosa trabajar en Entre Ríos. Asimismo, la labor con los dos hermanos entrerrianos que articulan y protagonizan parte del film cambió mi vida y son una huella imborrable en mí. Cada día que pasaba con ellos los quería más. Convivimos dos semanas y luego me comentaron al teléfono que fue una experiencia imborrable, y para mí también. Nos hicimos muy amigos y hablamos regularmente. En la Argentina percibo un similar sentido del humor, una clara falta de organización y una relación muy especial con el tiempo. Pero no hay que preocuparse, pienso que los rusos y los argentinos nos parecemos demasiado.




