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En el disco Estoy bien bien bien (2005), los Victoria Mil acertaban una autodefinición perfecta: "No vivo del rock, el rock vive de mí". Y en este octavo álbum (si contamos la excelente colección instrumental No cantes Victoria), la banda sigue solidificando esa idea: pocos proyectos nacionales combinan longevidad y lucro cesante con tanta convicción, y pocas bandas mantienen la energía creativa en alto después de una década y media. En Muy lejos, el cuarteto apuesta otra vez por la canción flotante y directa, alimentando un período de síntesis que casi podría conformar una trilogía (con Estoy bien... y Están despedidos). La narrativa es en parte manifiesto de la nada ("Las máximas"), en parte crónica disolvente ("Lejos"), en parte flashes oníricos ("De hielo") y en parte drogas recreativas ("Robotino"). Miguel Castro sigue cantando con una especie de desdén dulce y limpio, y los aportes vocales de Julián Della Paolera suman un tono jactancioso y rockero, que trae el eco bravucón de la aristocracia fisurada del conurbano sur. Hay algo de hedonismo lumpen y algo de ciencia bailable, viejas resonancias como dream-pop y krautrock que encuentran la forma natural de reaparecer, y una canción, "El jóvenes", que suena a Calamaro bañado en GHB.






