Viva la Pepa... Robirosa

La artista plástica y su familia, con restaurante muy particular
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21 de mayo de 2003  

"¿Por qué no se anima con un trago Pepa? ¡Mi fórmula secreta! Almíbar de frutos rojos (arándano, fresas y moras), jengibre, pimienta, ají chile y vodka. Incluso, no necesita tomarlo en la barra, puede llevarlo a la mesa", recomienda Juan Robirosa, estudiante de Arquitectura, entusiasta del saltimbocca de lomo y barman de la Pepa de los Robirosa.

El local ocupa un enorme espacio que integra bar, restaurante y galería de arte, en una construcción de Palermo Viejo obra del arquitecto José Ignacio Miguens, padre de Juan e hijo de la pintora Josefina Robirosa.

"La idea es hacer que el recién llegado sienta que acaba de entrar en el living de la casa de una familia (los Robirosa, claro), donde los miembros le salen al encuentro para mostrarle sus ocurrencias (fotos, esculturas, pinturas), las obras de arte que pueblan las paredes, y celebrarlo con tragos irrepetibles y suculentos engendros ", explica el arquitecto Miguens, adicto a los ñoquis de zanahoria.

El proyecto revoloteó durante mucho tiempo en las reuniones familiares en la casa de Josefina, en San Telmo, en la casona de Palermo, donde Jose Ignacio vive con su familia desde hace 25 años, o bien durante las vacaciones en La Pedrera, en Uruguay. Un día, María Miguens (hija de la pintora, fanática de los pinchos de pollo y encargada de prensa del emprendimiento) le comentó que Bill Gates había sufrido una pérdida de 28.000 millones de dólares virtuales a raíz del atentado a las Torres Gemelas. "Pensé que con ese dinero podría darle de comer a toda Africa. Pero días más tarde, sin que mediara ningún tipo de reflexión, surgió en mi mente la idea de que todos mis ahorros, acorralados en un banco, también eran dinero virtual. Entonces decidí invertirlos en hacer realidad el viejo sueño con el que chacoteábamos desde siempre: comprar un local y hacer el bar", cuenta Josefina.

Durante la última Navidad, en La Pedrera, expuso la idea, que fue aprobada calurosamente por toda la familia. "¡Era la gran aventura! Todos invertimos lo que teníamos en vajilla, mesas, sillas, enseres, etcétera. Nos hicimos expertos en pelear ofertas en remates y en descubrir y peregrinar hasta reductos escondidos para conseguir mejores precios", se entusiasma María Torcello, hija de María, también adicta a los ñoquis de zanahoria y notable escultora. Tiene dos obras expuestas en la Pepa.

Los chicos, también

Los inversores más jóvenes son Santiago y Joaquín Miguens, de 15 y 14 años (hermanos de Juan y fanáticos degustadores del saltimbocca de lomo), que apostaron al proyecto arriesgando el dinero de un fondo que su abuelo, el sociólogo Juan José Miguens, les regaló para que financiaran sus estudios. "Algunas noches nos quedamos hasta tarde, esperando que llegue Juan para preguntarle cómo anduvo el negocio y cuántas mesas se ocuparon. Tenemos que cuidar nuestra inversión", apuntan muy serios los hermanos.

La programación de los platos está a cargo de Cristian Mazzucchelli, nutricionista y novio de María Torcello. El abogado Eduardo Roca, marido de María Miguens (confiesa debilidad por la entrada de langostinos) es el asesor legal de la empresa: "Aunque por el momento cruzo los dedos, no me dan mucho trabajo. Se divierten, disfrutan, pero, sobre todo, quieren".

Otro personaje es Máximo Torcello, hermano de María, integrante de la Selección Nacional de Voley, entusiasta de los pinches de pollo, y uno de los mozos que atienden el local, "siempre y cuando no tenga entrenamiento", aclara.

"En cuanto a mí, no tengo un rol determinado en la Pepa. Apoyo afectivamente al grupo y, cada tanto, con la autorización de Martín (el chef), me adueño de la cocina y les preparo un plato. Mi última obra maestra: pastas con salsa de zucchini al pesto", comenta Clara Insúa, esposa de José Ignacio.

Una de las grandes atracciones del restaurante es la puerta: un enorme rectángulo de cinco metros de alto decorado por Josefina Robirosa. "Fue una de las obras más peligrosas que hice en mi vida. Trabajaba trepada a una escalera de tres metros y medio y, como sufro de vértigo, no las tenía todas conmigo. Y ciertas pinceladas extrañas que aparecen en la parte más alta no son producto de una creación acalorada, sino de mi angustia por bajar", ríe Josefina.

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